11 de noviembre
ISAIAH
Alicia da por zanjada la conversación con gesto airado después de que le recuerde que prometió revisar los vídeos de Rosa.
Lleva días diciéndome que lo hará, y la espera empieza a pesarme.
Sin embargo, cada vez que toco el tema percibo la angustia que se refleja en su rostro y dudo en insistir.
Como de costumbre, desvía la atención y me pide que le enseñe en mi móvil el espacio virtual para pacientes con dolor crónico y enfermedades raras que creamos para acompañarlos, darles voz y ayudarlos a que la enfermedad no los defina por completo.
—¿Con qué médicos colaboras? —pregunta interesada.
—Por ahora con ninguno. La monté con mi amigo Sergio. Tiene dolor crónico y pasó años de hospital en hospital.
—¿Lo ayudaste?
—Más bien él a mí.
Está preciosa con el pelo suelto, leyendo concentrada.
Se queja cuando la beso. Murph lanza un ladrido: el beso le resulta igual de apasionante que a mí.
Lo saco del dormitorio meneando el rabo; cree que vamos a pasear.
Alicia arruga la frente, apiadándose de él, pero luego entre risas revoltosas, se deshace rápidamente del pantalón y la camiseta, exagerando su deseo (o quizás no).
En ropa interior coge un libro de la estantería.
Agarro su cintura y, con fingida seriedad, la prevengo:
—No me desordenes los libros, por favor.
—¿Por qué?
—Están por orden alfabético. Idea de Marcos.
Me mira estupefacta.
—¿Y si cambio alguno de sitio?
—Me enfado.
—¿Enfadado y por el desorden? ¡No me lo creo!
Mueve dos libros. Los devuelvo a su lugar.
—Señorita Rivas, sin tocar.
Con ojos pícaros se recuesta entre mis sábanas y me arrastra con ella.
Le beso la nariz antes de rendirme a esos labios tan apetecibles.
Mientras mi boca los disfruta, un pensamiento intrusivo se abre paso: conseguir que Alicia hable con Rosa.
Ese propósito se disuelve en cuanto su desnudez me reclama.
Cualquier otro plan, como buscar sus informes o hablar con sus padres, desaparece.
Sus pezones erectos me desconectan de todo, salvo del ahora.
Trazo círculos lentos y húmedos alrededor de ellos.
De pronto, empuja mi cabeza hacia abajo. ¿Quiere que pare? Alzo la vista.
—Sigue —ordena.
Ahora comprendo la devoción de mi perro por obedecerme. Vuelve a presionarme. Desciendo besando su abdomen hasta la tela que cubre su pubis.
—¿Necesitas una exploración? —bromeo, levantando el elástico de su braguita.
Me lanza una mirada felina y se la quita. Mi rostro desaparece entre sus muslos. Exhala con fuerza y arquea el cuerpo mientras me acaricia el pelo con una mano. Oírla gozar me produce un placer intenso. Continúo con dedicación hasta que se estremece. Cuando recupera el aliento, sonríe:
—Si así es como te enfadas, pondré a prueba tu paciencia más a menudo.
Me sujeta la mano con la que acaricio la piel de su cadera. No sé cómo pasé este tatuaje por alto la primera (y única) vez que la vi completamente desnuda; quizá por lo diminuto que es, o porque me cautivaron otros rincones de su cuerpo, los mismos que ahora me han vuelto a atrapar.
—¿Es el símbolo del infinito? —pregunto, más por iniciar la conversación que por confirmarlo.
—Ajá.
Entonces fue real. Aquella noche, cuando me agaché bajo los soportales de su edificio para valorar sus heridas, susurró: «dijo infinito». La misma frase que más tarde resurgió en mi sueño, justo después de atenderla.
—¿Y por qué ese símbolo?
—Porque seremos inmortales, ¿no te acuerdas? A través de nuestros genes y nuestras ideas viviremos en las siguientes generaciones. —Me guiña el ojo.
—Ah… ya. —Paso la mano por mi pelo, dudando si continuar—. Sé que prefieres no hablar de aquel día, pero al ver tu tatuaje he recordado algo y puede que sea importante. Cuando me agaché para atenderte en enero te oí decir: «dijo infinito».
—¿Sí? Ni idea, estaría delirando.
—¿Pero por qué «dijo»? —insisto con cautela—. ¿Hablabas de alguien en concreto?