4 de noviembre
ALICIA
Carla quería que fuéramos a comprar ropa para el bebé, merendar en su piso, el que una vez fue nuestro hogar, y charlar como en los viejos tiempos.
La vi frente a mí, con su incipiente tripita, mostrándome emocionada las fotos de una ecografía, en las que yo apenas distinguía un cacahuete, y no fui capaz de decirle que no.
Aunque sabía que, al pedirme que las acompañara, se refería a ella y a Lucía.
Y eso implicaba pasar la tarde sorteando la barrera invisible que se interpone entre las dos desde que está con Santi.
Tras las compras, dejamos las bolsas sobre la mesa del comedor. Me hundo en el sofá, muerta de cansancio. Lucía se sienta a mi lado y exclama:
—¡Qué buenos recuerdos me trae estar aquí las tres otra vez!
Carla deja unos pastelitos decorados con motivos de Halloween en la mesa de centro.
—¡Vamos a celebrarlo!
Me llevo uno a la boca; necesito azúcar.
—Mmmm…te ha quedado muy esponjoso.
—¡Carla!, ahora Alicia no querrá probar mi tarta —se queja Lucía.
La saca de la nevera, ilusionada y corta una porción.
—A ver qué te parece.
—¡Has mejorado mucho desde la primera! Al menos en la presentación —le digo entre risas.
Ellas también se ríen al recordar la que preparó para uno de mis cumpleaños. Era una masa irreconocible y estaba más seca que la suela de un zapato. Nos divertimos mucho aquella tarde, apostando quién de mis invitados fingiría mejor que le gustaba.
—Oye, Carla, enséñanos la tripa —le pido al verla incorporarse. Sé que está deseando mostrárnosla.
Ella se sube el jersey con una sonrisa, dejando ver la curva.
—¿Cómo ves a Marcos? —pregunta Lucía mientras le acaricia la barriguita.
—Feliz. Todo está siendo tan bonito con él que me da miedo que se rompa.
—No sabotees el presente. «La felicidad está hecha de instantes; tómalos a manos llenas» —enuncio, dándole un beso en la mejilla.
—Qué reflexión más bonita —comenta Lucía, mirándome con ternura.
De pronto, recuerdo quién me la leyó de uno de sus libros preferidos: Santi. Cambio de tema.
—¿Sigues en la misma empresa? ¿Estás más contenta?
Desde que Lucía terminó Psicología, ha ido encadenando trabajos; se queja de que la explotan y que están muy mal pagados. Carla suele decir, con algo de sorna, que es porque a su hermana no le gusta trabajar; yo creo que aún no ha encontrado su lugar.
—Me cambié. Por cierto, ¿Qué tal con el compañero de piso de Marcos? —pregunta, sonriendo con complicidad.
Carla mira primero a su hermana y luego a mí.
No es un secreto: ya sabe que tengo algo con Isaiah.
Le dije que si pensaba que debía dejar de verlo porque ella solicitó que también testificara en el juicio, lo haría.
Pero me respondió que me veía mejor, saliendo más, y que lo importante era recuperar el ánimo.
—Ya sabes —me advierte Carla—, hasta que se celebre el juicio, nada de publicaciones en redes ni exponerse en lugares públicos. No queremos comprometer su testimonio. Necesitamos que quede claro que aquella puñalada te podía haber costado la vida.
—Él no tiene redes sociales y yo ya no las uso. De todas formas, es solo para distraerme…es que está muy bueno —me justifico, encogiéndome de hombros, con el gesto de quien alega que actúa con una pistola en la cabeza.
—Carla, no te preocupes por la exposición pública —se ríe Lucía—. No tienen intención de salir de la cama.
Cita mis propias palabras sobre vivir el presente, que son también las de Santi y las de un gurú de la felicidad. Le sonrío y ella me abraza con fuerza. Su fragancia dulce y empolvada, con notas de vainilla y ámbar, me envuelve como una manta de angora.
—Ay Alicia, te he echado de menos. Tenemos que vernos más —dice.
«Sí, y solo por este momento ya ha valido la pena quedar hoy» .
—¿Os acordáis del viaje a Estocolmo? —pregunta de repente Carla, señalando el troll con la bandera sueca en la balda.
Ese viaje fue muy accidentado. Nos perdimos, no llegamos al concierto y, para colmo, sufrí una indigestión. Aun así, lo pasamos de maravilla.
Carla se echa a reír al recordar cómo acabamos en una granja en lugar del hostal que habíamos reservado.
—Fue gracias a la “pericia” de Alicia —apunta Lucía—: Nos dijo «Dejadme a mí con el GPS, que no tenéis ni idea».
—¡No es cierto! —protesto, riendo—. La culpa fue del idioma, ¡con tantas å, ä y ö!
—Sigo pensando que no se pronuncian así —responde Carla entre risas.
—¡Y la cara del granjero! —añado—. Nos presentamos con las maletas, arregladas y maquilladas, convencidas de que saldríamos a bailar nada más dejarlas.
—¡Fue tan cómico! —exclama Carla, secándose las lágrimas—. Su hijo, que no tenía desperdicio, nos escoltó hasta la carretera principal. Éramos unas pardillas. Teníamos que haberlo invitado a tomar algo.
—Y a otras cosas —bromea Lucía, dándome un codazo.
—¡Lucía! —protesta Carla, fingiendo escandalizarse ante la insinuación de su hermana pequeña.
—¡Qué! —replica con gesto inocente—. Tú estuviste días enseñándonos la foto con el vikingo. Y no encargaste un póster a tamaño real porque te dio vergüenza.
Las tres estallamos en carcajadas. Por un instante, todo vuelve a ser como antes, como si nada hubiera cambiado. Una punzada de nostalgia me atraviesa; esa sensación de que cualquier tiempo pasado fue mejor. ¿Sabremos construir un futuro igual de bueno?