En tiempo de juego 29 de octubre
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29 de octubre

ALICIA

Lo adiviné por su expresión. Estaba a punto de sacar el tema y arruinar nuestro encuentro. Me adelanté y le dije que hoy no podía hablar de eso, que si insistía tendría que irme a casa. Respondió con un simple «Ok».

Ahora paseamos por un parque, un oasis verde construido sobre un enorme depósito de agua que abastece al centro y al sur de la capital.

Murph gira la cabeza, atento a la mano con la que sostengo la piña, como si decidiera si es algo digno de su interés.

La lanzo tan lejos como me permite el brazo.

Él sigue la trayectoria con ojos perrunos y cuando ve que el fruto aterriza detrás de unos arbustos, se da directamente por vencido.

Se acerca a mí para frotar su hocico contra mi pantalón en lo que interpreto como un gesto de afecto. Isaiah suelta una risa ligera.

—Lo tengo comprobado, o se la tiras a menos de un metro, o ni se molesta. Supongo que si yo tuviera ochenta años, el equivalente humano de sus once tampoco correría detrás de algo no comestible. Prueba con esto.

Me entrega un hueso de un marrón apagado, nada apetecible para el paladar humano. Murph se sienta de inmediato y clava la mirada en él, como si su mundo se redujera a ese trozo de cuero vacuno.

—¡Creo que lo quiere ya! —exclamo, sorprendida por su postura firme, casi militar. Tiene una intensidad que me intimida; nunca había tenido un contacto tan cercano con un animal.

—Pon el hueso en el suelo y ordénale que se quede quieto. Esperará hasta que le des permiso. Es lo que yo hago.

—¿Eso no es maltrato animal?

—No. Para él yo soy el líder de la manada y…

Su explicación la interrumpe mi carcajada.

—Déjame terminar —intenta fingir indignación—. Un buen líder nunca maltrata; si lo hiciera, sería un dictador. Ese ejercicio es adiestramiento, una forma de educar su paciencia para que no se vuelva demasiado caprichoso.

Murph jadea y una gruesa gota de baba cae al suelo desde sus colmillos. Me agacho y replico:

—Con ochenta años creo que tiene derecho a no esperar más.

Él coge el hueso y mueve la cola, contento.

Luego se tumba y mastica la golosina, sosteniéndola con sorprendente destreza entre sus patas delanteras.

Murmuro que estos animales son mejor que cualquier medicina.

Mientras disfruta del banquete, Isaiah y yo nos sentamos en un banco.

Me apoyo en su pecho y entrelazo mis dedos con los suyos.

—¿Usas crema de manos?

—¿Debería? —Enarca una ceja con curiosidad.

—Si no quieres que tus pacientes piensen que los trata un lagarto, sí deberías.

—A mis pacientes los toco con guantes, y a ti te ahorro el peeling para quitar las células muertas —responde, acariciando mi cara con sus manos, inconfundiblemente masculinas por su tamaño (la aspereza de la piel es más fruto de la dejadez).

—¿Nos vamos? Me estoy pelando, pero de frío.

—Si no te importa, me gustaría hacer una parada de camino. Dentro se está mejor —contesta, dejando un rastro de misterio en sus palabras.

Nos detenemos frente a una puerta enrejada.

Un cartel indica que entramos en un lugar sagrado: la iglesia de un antiguo monasterio de clausura en pleno centro de Madrid.

Isaiah ata la correa de Murph a un barrote de la puerta de entrada y le pide que espere.

Desde dentro nos llegan cánticos que resuenan con bastante armonía, ayudados por el eco.

—Durante el culto no podremos visitar la iglesia —le advierto al verlo entrar tan decidido.

—Chsss, lo sé. ¿Lo escuchamos? Solo llevan cinco minutos.

Me pregunto si no habrá querido decir que solo quedan cinco minutos.

Nos sentamos junto a una pareja de jubilados de baja estatura y aspecto amable.

La mayoría de los feligreses son mayores, aunque en los primeros bancos, frente al recargado retablo de pan de oro, una familia acompaña el canto del coro de las monjas.

Este lugar me transporta a la capilla del colegio católico al que asistí en Toledo hasta los quince años.

Los sermones de las religiosas tenían un efecto sedante tan potente como mis pastillas, pero en su conjunto debieron ser efectivos ya que nunca perdí del todo la espiritualidad.

Más tarde, rezaba a Dios a diario, reconozco que más como si de un amuleto se tratara.

El pobre tuvo que aguantar de todo: desde irrelevantes súplicas adolescentes hasta otras menos triviales relacionadas con la salud de mi madre.

Desde Londres, cuando alguien menciona a Jesús, solo me viene a la cabeza mi excéntrico profesor de pintura, de nombre Jesús María.

El Cristo al que rezaba ha perdido el rostro, como si me hubiera dado la espalda por mala persona.

Durante la eucaristía, recito oraciones a trompicones y me levanto a destiempo.

Isaiah, en cambio, sigue el ritmo litúrgico sin problemas.

En mitad de la prédica, una frase del párroco me sacude: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

Jesús se refería a los soldados que lo crucificaron, pero hago mías esas palabras y pienso que quizá Dios sea el único que me haya perdonado; y que lo que pasó en Londres se ha convertido en una idea fija que devora, consume y define cada minuto de mi vida.

Al salir, Isaiah saluda a una pareja que parece conocerle.

Me pica demasiado la curiosidad como para no preguntarle antes de llegar a la calle, si viene mucho.

Él contesta que suele asistir los domingos.

Hace tiempo, habría iniciado un acalorado debate sobre la existencia de Dios y los argumentos a favor y en contra.

Ahora me limito a comerme un trozo de pan de la barra que hemos comprado para acompañar la comida.

Cuando llegamos al piso de Isaiah, no queda ni el currusco; Murph y yo teníamos un hambre canina, sobre todo yo.

Veo a Isaiah quitarse las deportivas antes de entrar.

Eso me gusta. Yo adopté esa costumbre en Japón, donde aprendí que gran parte de la suciedad de casa viene de las suelas de los zapatos.

Isaiah me pide que descanse mientras prepara la pasta.

Me tumbo en el sofá y no sé qué extraño batiburrillo mental se forma en mi cabeza con macho alfa, obediencia, santidad y celibato; el resultado es que sujeto a Murph por el collar y lo llevo al dormitorio de Isaiah, empujándolo con lo que queda del hueso.

Después, me lavo las manos a conciencia para librarme de sus babas y me asomo a la cocina.

—¿Te importa si empezamos por el postre? —pregunto con tono zalamero.

—¿No te decían tus padres eso de que luego se te quita el hambre?

Sin girarse coloca una olla con agua sobre su moderna vitrocerámica.

—Sí, pero este postre abre el apetito.

Se da media vuelta, sonriendo, y me sigue el juego.

—Es tarta de queso; no es precisamente liger…

Le he bajado la cremallera del vaquero y metido la mano por la bragueta.

—¿Dónde está Murph? —pregunta, alterado por mis movimientos.

—En tu habitación. Vamos al salón.

Dada mi tendencia al desastre, prefiero no arriesgarme a mezclar partes íntimas con fogones y utensilios cortantes.

Antes de llegar al sofá, me arrodillo frente a él y lo insto a que coloque su mano sobre mi cabeza.

Tira de mí hacia arriba para besarme. La postura me da igual, tengo claro el objetivo.

Lo empujo suavemente hasta que se tumba.

—Ali…cia… —murmura.

—Shhh, ¿no decías que eras el jefe de la manada? Pues esto solo cambia una letra —le sonrío mientras él ríe entre jadeos.

Elevo la mirada, disfrutando de su hermoso rostro ligeramente inclinado hacia atrás sobre el reposabrazos.

Tiene los ojos semicerrados y los labios entreabiertos.

Ante esa visión celestial, no puedo más que entregarme con devoción a la tarea que me ha encomendado el señor (el señor Isaiah Martín, no seamos retorcidos).