22 de octubre
ALICIA
Oscuridad. El hombre que van a juzgar por mi agresión no es el asesino a sueldo que contrató James.
Palpitaciones. Si lo fuera, ya lo habría delatado.
Lleva meses en prisión, no tiene nada que perder y sí mucho que ganar si habla.
Estoy dentro de una caja oscura, un ataúd de madera saturado de olores: la intimidad de los flujos corporales, el rastro de mi perfume y el inconfundible aroma a leña quemada.
Este último olor me orienta. Sigo en la habitación de la casa de Marcos Sandoval, el mejor amigo de Isaiah.
Enciendo la luz y aparto de un tirón la pesada manta de lana.
Corro hacia la vieja ventana de madera, despojándome del camisón.
La manilla está atascada. Fuerzo. No cede.
Me aferro a una rendija de la ventana por donde se filtra el aire de las montañas.
El frío en mis fosas nasales me confirma que el oxígeno sigue llegando a mis pulmones.
Permanezco en la extraña postura que uno se ve obligado a adoptar al pegar la nariz al marco de una ventana, hasta que el ritmo de mis respiraciones se ralentiza.
Solo entonces me acerco al radiador para cerrarlo.
Cuando la habitación se enfría regreso a la cama sin apagar la luz.
Antes de cerrar los ojos, miro el móvil. Tengo un mensaje de Isaiah.
«Tenías razón, la cama es pequeña. No quise despertarte. Si lees esto, ven a la mía. Un beso».
La cama es individual y dormir conmigo es un infierno, me muevo más que mi antigua profesora de zumba. Ir ahora con él es imposible. Me esperan muchas vueltas antes de caer rendida.
Aunque no he dormido profundamente, finjo despertar. En realidad, he oído los pasos sigilosos de Isaiah al entrar en mi habitación. Me besa, dejando tras de sí el edulcorado aroma de un jabón de almendras.
—Buenos días. ¿Olvidaste la luz encendida? ¿Funciona la calefacción? —inquiere, tocando el radiador.
—Demasiado temprano para tantas preguntas.
¿Por qué no puedo decirle que me ahogaba?
Alicia, si te sinceras, empañarás este momento y los que vengan.
A nadie le gusta escuchar las penas ajenas, salvo a los psicólogos, y solo porque les pagamos por hacerlo.
Es una opinión de mi padre (y mía) con la que Lucía, mi amiga psicóloga, no estaría muy de acuerdo.
Isaiah, ajeno a mis elucubraciones, levanta la manta para echarse a mi lado. Instintivamente cruzo los brazos sobre mis pechos desnudos, como si hace unas horas no se los hubiera ofrecido sin reservas.
—¿Y el pijama?
—Tenía calor. Te pasaste arropándome.
Me siento en la cama, cubriéndome con la manta, y recojo el sujetador con gesto pudoroso.
—¿De verdad estás bien?
El sujetador se queda a medio abrochar porque acabo de explotar en un «sí» que ha sonado a un «no».
—¿Es por lo de anoche?
—¡No! Es que… —Cierro los ojos, dejando escapar solo las lágrimas.
No puedo decirle que James, el novio de Nora, la chica que maté un viernes trece, mandó a un hombre tras de mí meses después.
Tampoco que, aunque las pastillas que tomo borraron el rostro de mi atacante y todo lo que ocurrió esa noche, dudo que el detenido por la policía sea quien James contrató.
Y mucho menos puedo explicarle que no deseo que encuentren al verdadero culpable porque se sabría lo que hice en Londres y, además, James, que sufre por mi culpa, acabaría en la cárcel.
Sin embargo, la posibilidad de que el hombre encarcelado pague por un crimen que no cometió no deja de angustiarme.
No sé por qué tengo la impresión de que un resumen así bastaría para que Isaiah saliera corriendo de esta habitación con un serio descalabro mental.
—¿Sigues preocupada porque el detenido no sea quien te apuñaló? ¿Carla lo sabe? —pregunta, sin apartar los ojos de los míos.
Mierda. Recuerda lo que le dije en aquella cafetería. No contesto.
—¿Lo reconociste cuando te lo mostró la policía?
Desvío la mirada.
—¿Por qué crees que no es él? —insiste y ojalá no lo hiciera—. ¿Has recordado algún detalle que te haga dudar?
—¡No recuerdo nada! —grito a la defensiva—. ¡Esa noche está en blanco! ¿Lo entiendes? ¡B-l-a-n-c-o! —Señalo mi sujetador con poco acierto, es blanco azulado porque separar la colada por colores me parece un engorro—. Hablemos de otra cosa, por favor —le ruego con las lágrimas brotando.
Es evidente que con él me muestro más vulnerable de lo que me gustaría.
Acaba de presenciar, por segunda vez, cómo termino moqueando.
Quizá, de forma inconsciente, sí crea que existe una conexión entre nosotros por habernos reencontrado.
Esa conexión que en aquella cafetería le negué.
Él se echa a mi lado y me abraza antes de decir:
—Marcos me ha preguntado quién lo obligó a bajar muerto de frío hasta el baño de abajo porque decidió darse una ducha a medianoche. Le dije que fui yo.
Tengo la sana costumbre de ducharme inmediatamente después del sexo, sin importar la hora. A Santi le parecía poco romántico, decía que salir de la cama corriendo lo hacía sentirse un gigoló.
Más calmada, porque ha dejado el tema, me inclino para besarlo. En el movimiento, mi nariz choca con su ojo.
—¿Te he hecho daño?
—No —contesta, aunque su pupila llorosa lo contradice—. ¿Te ha fallado el codo?
—La muñeca. Me la rompí hace tiempo.
Isaiah la examina. Suspiro. Hoy no voy a salir del papel de desvalida en el que me he encasillado.
—Te falta movilidad. ¿Cómo te la fracturaste?
—No puedo ofrecerte una versión romantizada de la caída. Ocurrió en el baño. El suelo estaba recién fregado, con demasiado jabón, y para evitar golpearme la cabeza contra el bidé, frené apoyando todo mi peso en la mano.
—Desde luego mejor la muñeca que la cabeza.
Me besa en la frente y menciona que improvisará un vendaje para aliviar la tensión en la articulación. Le doy la mano contraria para salir de la habitación. Si me aferro muy fuerte a él, quizá pueda brindarme oxígeno en caso de ahogo.