21 de octubre
ALICIA
Mientras admiramos el paisaje desde la peña, con el pueblo de El Escorial desplegándose entre bosques de robles y encinas, comento que este lugar fue en su día un altar celta dedicado a Marte, donde se practicaban sacrificios rituales.
—¿No lo mandó construir Felipe II para supervisar las obras del monasterio? —dice Marcos, escéptico.
—No, leí que la teoría del altar prerromano ha cobrado fuerza desde que encontraron otros altares similares en la zona.
Carla e Isaiah asienten interesados; Marcos se agacha para atarse los cordones de las botas. Se confirma mi sospecha: Santi debió de compartir con él su enfado cuando me marché sin avisar de Londres.
*
Durante la cena, pido un café al camarero. Carla, alarmada, me recuerda que la cafeína me quita el sueño. Desconoce que esta noche tengo planes, o los tenía hasta que Isaiah pidió un poleo menta. Una infusión envía un mensaje claro: quiere dormir.
Resignada, entro en mi habitación y me ducho sin prisas, dejando que el agua afloje mis piernas. Aún me estoy secando cuando escucho un golpe suave en la puerta y oigo que pronuncian mi nombre. Es Isaiah, hay cautela en su voz:
—Me da miedo anunciar que soy yo, por si me das otro portazo.
—Para darte un portazo, primero tendría que abrirte.
Lo oigo reír. ¿Le voy a dejar pasar porque su olor me transporta a unas vacaciones junto al mar?
¿O porque me gusta hablar con él cuando no adopta la actitud de «voy a arreglarte la vida»?
¿O porque llevo más de un año en barbecho?
¿O porque pretendo hacerme daño demostrándome que nadie me hará sentir como Santi?
Guardo el envase vacío de la bebida energética, me lavo los dientes, me perfumo y me visto a toda prisa, aunque el reloj parezca opinar lo contrario.
Corro a la puerta sin tener del todo claro por qué le abro, más allá de que llevo semanas deseando acostarme con él.
Apoyado en el quicio de la puerta, no parece ser consciente de lo irresistible que está con esa sobrecamisa gruesa y vaqueros.
Su pelo, todavía húmedo de la ducha, solo le añade atractivo.
Es un cowboy salido del estado de Montana, o de algún lugar donde todavía existan hombres con algo de encanto rústico, de esos que consiguen partir leña con un hacha.
—Empezaba a pensar que lo de la puerta no era broma —dice, con una sonrisa sugerente.
Me esfuerzo por sonar despreocupada cuando le digo que pase, como si no hubiera temido que se cansara de estudiar las vetas de la madera.
Deja sobre la mesita su reloj, ese armatoste capaz de medir el tiempo cronológico, el atmosférico y casi el gramatical, y se sienta en la única silla.
Extiende su brazo. Le señalo que ahí no hay espacio para mí, como si él no lo supiera.
Con media sonrisa, me acomoda sobre su pierna izquierda y me envuelve cariñosamente con sus brazos.
—¿Se te ha subido la infusión a la cabeza? —pregunto en tono ligero, escondiendo mi rostro entre su hombro y el borde inferior de su mandíbula.
—¿Me olfateas como mi perro? —bromea al verme inspirar con fuerza.
—Hueles muy bien.
No me separo tratando de memorizar la mezcla de olores: la menta de la infusión, el toque oceánico de su desodorante y algo que recuerda al cloro de piscina, aunque sé que es solo una evocación olfativa.
Sus manos descienden hasta mi cintura y entonces nota el temblor que recorre mi cuerpo.
Su cara de preocupación me obliga a mentir.
No quiero confesarle que ese movimiento involuntario es consecuencia de mi deseo.
—La habitación está fría.
—Solo quería hablar —contesta, apartando un mechón de mi frente.
¿Hablar? ¿Está mal de la cabeza? Frente a mí tengo unos pectorales que llevo venerando como si fueran una deidad griega desde la piscina.
Solo me falta construirles un altar. Le doy un beso intenso, luego saco una manga de la sobrecamisa y tiro del dobladillo de la camiseta, incitándole a quitarse ambas prendas.
Terminan en el suelo de cualquier manera.
No me sorprende, ya me advirtió de su tendencia a dejarlo todo desperdigado.
El calor que asciende desde mi sexo es imposible de ignorar. Me deshago de la camiseta dejando al descubierto dos miradas encendidas: la mía que quema, la suya en llamas. Envalentonada, lo guío hasta la cama.
Me arrodillo sobre el colchón e intento desabrocharle los vaqueros, pero se resiste (o más bien lo hace su pantalón).
Toma el relevo con una lentitud exasperante para mis ganas.
Creo que sonríe; no puedo asegurarlo, su ropa interior verde militar ha acaparado mi atención.
Apoyo la mejilla a la altura de su pecho, donde calculo que late su corazón.
Necesito escuchar ese ritmo tranquilizador y, de paso, acercarme a lo que se adivina bajo su bóxer.
Me acaricia el cabello con una suavidad que me incomoda; ni la quiero ni la merezco. Me separo.
—¿Tienes preservativos? —pregunto directa, con la intención de acortar preliminares innecesarios.
—En mi habitación. Ahora vuelvo.
Se vuelve a colocar los vaqueros que tanto costó quitar. Bendita paciencia. Juraría que hay deseo en sus ojos, pero ¿y si me equivoco y de verdad solo quería charlar?
Tras una eternidad, regresa y me abraza por la espalda, apartando mi melena hacia un lado para rozar con su nariz la piel detrás de mi oreja.
Con delicadeza, traza un camino de delicados besos desde el nacimiento de mi cabello hasta mi hombro.
Muy romántico... ¿Pero va a tocarme las tetas ya?
Madre mía, él regalándome afecto, y yo pensando en que me agarre de la cintura y me penetre sin miramientos.
El peso que cargo desde el atropello me ha embrutecido.
Si no detengo estos pensamientos, caeré en la espiral de culpa de siempre. Es hora de tomar medidas drásticas.
Me desabrocho el sujetador y lo dejo caer.
Sus manos se aventuran desde mi espalda hacia mis pechos.
Sonrío, satisfecha: el refrán «Las manos siempre van al pan» nunca falla.
Le permito entretenerse un poco, luego agarro su mano con descaro y la guío hacia el hueco entre mi pantalón y las braguitas.
Su erección, creciendo contra mi espalda, me excita y acelero el ritmo.
Me giro y busco sus labios con exigencia.
Él responde acariciándome el trasero mientras su boca entreabierta humedece la mía.
Mi sexo acaba de tomar el control. A decir verdad, lo tuvo desde el principio, y el prolongado ayuno al que se ha visto sometido explica mi premura.
Su pantalón y el resto de su ropa terminan en el suelo.
Recostada en la cama, lo contemplo tal y como llegó al mundo. Es tan guapo que me viene a la mente aquella frase bíblica: «Dios creó al hombre a su imagen y semejanza» (no descarto que la abstinencia sexual me haya llevado a pensamientos algo desmesurados).
Tiro de él hacia mí, contra mis pechos. Sus labios encuentran mis pezones y, en sus respiraciones profundas, percibo su esfuerzo por mantener el control…
control que yo estoy decidida a arrebatarle.
Le impongo un ritmo que le resulta vertiginoso, porque enseguida se recuesta de costado y apoyando la cabeza en su antebrazo, deja que sus dedos serpenteen despacio por mi rostro.
Cuando su pulgar roza mis labios, los entreabro para dejar que se deslice en mi boca.
La conexión lengua-dedo-sexo es inmediata, un latigazo de placer sacude mi cuerpo.
Adiós bragas. Elevo las caderas para quitármelas.
Entonces pregunta, con una voz grave que debería excitarme, pero ahora me desconcentra:
—¿Te apetece?
«¿No acabo de desnudarme?» Lo beso con brío y lo atraigo hacia mí con tanto impulso, que casi lo tiro de la cama (por el otro lado).
Si voy a romperlo, que sea después de sentirlo.
No quiero más paréntesis. Llevo con el freno de mano echado desde que traspasó el umbral de esta puerta la primera vez.
Y eso fue ayer, cuando me enseñó dónde dormiría.
Se sostiene sobre sus brazos para ganar distancia y abarcar mi rostro con su mirada e insiste:
—¿Seguro que te apetece?
Acompaño el «sí» con un gesto firme de mi cabeza, mientras flexiono mis piernas para dejarle espacio.
Que se disipe cualquier duda. No se lanza.
¿Necesita flechas luminosas señalando el túnel?
Mi única respuesta es apretar sus tensos bíceps y besarlo con tiranía, un recordatorio de lo que quiero: consumirlo todo en un estallido que reduzca la opresión de mi pecho a cenizas.
Con Santi el sexo era pura gimnasia, casi acrobacia. Con Isaiah, no estamos ni al nivel de taichí y así no libero nada, ni una endorfina de las que él me recomendó para dormir mejor.
Por fin se hunde en mí lentamente, como si aún esperara mi beneplácito.
Le pido, casi gruñendo, que continúe. Mis exigencias parecen desatarlo, lo justo para jugar con mi oreja dejando escapar el aire cálido de su boca.
Lo busco con las caderas, pero sigue sin moverse.
Claramente estamos desacompasados: café e infusión; liebre y tortuga; tren de alta velocidad y de vapor; fueraborda y patín de pedales.
A este ritmo me da tiempo a enumerar todos los opuestos e incluso a echar una cabezadita.
Estoy a punto de hacerlo cuando se muerde el labio y me embiste con fuerza. Esa es la rotundidad que necesito. Si los puntos erógenos de mi sexo fueran las teclas de un piano, acaba de tocar un acorde mayor que ha reverberado en todo mi cuerpo.
El contraste entre la suavidad de sus caricias y la contundencia de su segundo empuje me arranca un gemido bajo. Puede que, después de todo, me guste este tantra salpicado de comas: pausas que acumulen mi excitación sin desbordarla.
Entonces, justo cuando empiezo a disfrutar de la cadencia pausada, aparece mi voz interior, preguntándome con cinismo: «¿Acaso has olvidado lo que hiciste?
». La respuesta sabotea en el acto el calor de mi cuerpo.
El deseo se retira y, como llevo haciendo más de un año, cierro los ojos y finjo que todo está bien.
Al abrirlos, el rostro de precisiones divinas de Isaiah se contrae bajo el placer.
Al menos él lo ha disfrutado. Se deja caer a mi lado y me besa con tanta suavidad que la fina piel que cubre nuestros labios parece fundirse en una sola.
Lo abrazo como un náufrago a un tablón en mitad del océano. Aún huele a brisa marina, aunque no a la de una tarde soleada de playa, sino a la que anuncia una tempestad.