20 de octubre
ALICIA
Me acomodo en el asiento trasero del todoterreno de Marcos, junto a Carla.
—Alicia, ¿tú no tienes carné de conducir? —pregunta de pronto Marcos desde el volante.
—Lo tengo, pero me resulta más cómodo que me lleven —respondo con la insolencia justa para que cierre la boca.
Carla, quizá intentando aligerar el ambiente, comenta que yo tenía un Mini rojo.
—¿Ya no lo tienes? —Isaiah se une desde el asiento del copiloto.
—No, lo vendí. Demasiados gastos.
—Mejor que gasten los demás, ¿no? —remata Marcos, mordaz, sin disimular que no le caigo en gracia.
Aunque la versión oficial es que Santi y yo rompimos de mutuo acuerdo, no descarto que Marcos sepa que me marché de Londres de un día para otro, sin despedirme. Cierro los ojos para que no me pregunten más y no los abro hasta que llegamos a nuestro destino.
La casa en la Sierra de Madrid de la familia de Marcos es una construcción robusta de granito, con ventanas pequeñas y contraventanas de madera.
En otoño resulta oscura y gélida, nada que una chimenea no pueda solucionar.
En el descansillo de la escalera me detengo ante una hilera de fotografías.
Reconozco a unos Isaiah y Marcos adolescentes, flanqueando a una chica en el jardín nevado.
Ella sonríe; Marcos mira a la cámara; Isaiah, a ella.
Solo puede tratarse de Sandra, la hermana de Marcos.
La velada transcurre tranquila y celebro que, por una vez, mi mente está más despejada que la del resto.
Han compartido una botella de ron y se retiran achispados; Marcos sube la escalera desternillándose de risa.
Carla lo sigue divertida, meneando la cabeza con paciencia.
Isaiah, Murph y yo nos quedamos un rato más en el salón, frente a la chimenea.
El reconfortante olor a leña quemada llena la estancia mientras las últimas brasas nos calientan el rostro.
Murph se acurruca a los pies de su dueño, que forma con las piernas una barrera protectora contra el fuego.
Mi mirada se posa en las piezas de dominó esparcidas sobre la mesa, rastro del minitorneo que jugamos por parejas y que le hice perder.
Participar en un juego de estrategia debería estar contraindicado para personas como yo, con pocas horas de sueño.
Lancé las fichas equivocadas en los momentos más decisivos.
—¿Por qué te gusta el dominó? —pregunto, curiosa.
—Mi padre jugaba con sus amigos cubanos en Iowa y nos enseñó a mis primos y a mí.
—Y ahora es tu forma de homenajearlo… ¿Qué le ocurrió?
Sus ojos, oscurecidos por el reflejo de las últimas llamas, se clavan en los míos.
En sus pupilas titila la indecisión. Me rodea con los brazos y me aprieta contra su pecho.
Huele a alcohol y al suavizante de su jersey.
Paso la mano por su pelo. El tacto es agradable, un masaje suave contra las cerdas de un cepillo antiguo.
—Es una historia larga…
—¿Y por eso intentas dejarme inconsciente primero? —bromeo con una sonrisa ahogada; está más embriagado de lo que creía y no mide su fuerza.
Se disculpa de inmediato y afloja la presión. Agarro su muñeca, miro su reloj y digo:
—Quiero escucharla. No tenemos prisa; primero debemos asegurarnos de que el fuego se apague.
Asiente, todavía con cierta vacilación, y me habla de un dolor sin diagnóstico claro; de una medicina convertida en negocio, de la presión de la industria farmacéutica.
Me habla de aquel médico con una mirada reduccionista de la complejidad del cuerpo humano, que presentaba sus supuestas innovaciones en congresos mientras su padre perdía la salud.
—Aquellas intervenciones no fueron la causa inmediata de su muerte —aclara—, pero multiplicaron su dolor y lo convirtieron en crónico. La medicación que tomaba para soportarlo terminó dañándole el intestino. El cuerpo es un sistema en equilibrio y el suyo se vino abajo como un castillo de naipes.
Frunce el ceño, aunque su respiración sigue siendo pausada; no está alterado, sino abatido. Continúa:
—Yo acababa de terminar Medicina. Mi padre confiaba en mi criterio; lo acompañé a todas las consultas y no supe verlo. La mala praxis nacida del ego y la codicia duele más que la ignorancia o un error.
Me sonríe, pero la sonrisa no alcanza sus ojos. Lo abrazo y él da por cerrado el tema buscando mis labios. Nuestras lenguas se encuentran y su respiración se desordena rápidamente.
—¿Nos vamos a tu habitación? —sugiero.
—Mejor a la tuya.
—La cama es pequeña.
—Tampoco vamos a dormir, ¿no?
Me sonrojo, aunque mi pregunta ya me delataba. Murph no entiende las prisas por despertarlo. Isaiah tira de su collar para que suba las escaleras detrás de nosotros.
—Si te mueves, me tiras —le advierto cuando nos recostamos sobre la cama.
Sujeto su rostro entre mis manos, examinando en silencio sus ojos de dos colores: un anillo interior verde rodeado por otro azul.
—¿En qué piensas? —Me acaricia el pelo despacio.
—En nada.
—Es difícil dejar la mente en blanco. ¿Qué era?
—Pensaba… ¿y si viviéramos en una simulación?
—Los filósofos griegos ya reflexionaban sobre eso. En cualquier caso, sería difícil demostrarlo, simulación o no, es nuestra realidad.
—Pues me gustaría pedirle al friki de las gafas de realidad virtual que deje de jugar con nosotros. —Fuerzo una risa—. Mira, a esto me refiero.
Le doy a reproducir un videoclip que narra la historia de una pareja que vive una serie de experiencias de alto voltaje dentro de una realidad virtual. Lo sigue atentamente y, cuando termina, dice con su perfecto inglés de acento americano:
— Don’t you give up, I won’t give up.
«No te rindas, yo no me rendiré» traduzco para mí el estribillo de la canción de DJ Snake y Justin Bieber, Let me love you . Sonrío, pensando en pedirle que desafine conmigo, pero el cansancio me vence y, contra todo pronóstico, se me cierran los ojos. Justo hoy, que tenía otros planes.
Me despierto sola, con la misma ropa y el edredón hasta los hombros.
Un nudo de angustia amenaza con asfixiarme.
Lo siento. Por Nora, por mí, por ese capricho del destino que la puso en mi camino y no en el de otra persona.
Me siento basura por odiarla; por haberme colocado en el lugar de quien decide sobre la vida de otro.
Agarro el blíster de las pastillas casi sin aire.
El pop del aluminio al liberar una me calma.
Es un pequeño círculo azul con una ranura central, que me habla: «Alicia, todo va a ir bien.
Yo detengo la secuencia de imágenes». Imágenes que ningún medio reproduciría sin advertencias y que, sin embargo, a mí a veces no me hieren tanto como me enfurecen, porque destrozaron mis sueños: los de mis días y los de mis noches.