7 de octubre
ALICIA
Le pido a Isaiah que me dé cinco minutos; no encuentro el bañador.
Tenía uno deportivo; recuerdo haberlo visto en el armario hace unos meses.
Rebusco entre la ropa hasta que aparece en un cajón.
Lo saco, ufana. Mi satisfacción se torna en desilusión: la licra está deteriorada y se transparenta la tela.
Solo tengo el bikini negro que me regalaron mis amigas.
Dudo si inventar una excusa para aplazar la salida a la piscina.
El mensaje en letras blancas, estampado justo sobre mis pechos, es bastante insinuante.
Alicia, no te hagas la recatada ahora. Sabes que te da igual si lo malinterpreta y cree que puede hacer contigo lo que quiera.
Eso es lo que buscas. Por eso aceptaste ir a nadar con él tras unos días dándole vueltas.
Y por eso no te marchas airada cuando se entromete, te trata con condescendencia o sus preguntas te incomodan.
Buscas algo visceral que sustituya, aunque sea de forma parcial, el dolor que sientes.
Quieres que Isaiah apriete con fuerza tus muñecas, que sus dedos se claven en tus nalgas, que te falte el aire bajo el peso de su cuerpo…
—¿Estos cuadros los has pintado tú?
Su voz me ha arrancado bruscamente de mis fantasías. Abro las manos, que estaban cerradas en puños, e intento disipar la excitación que me ha provocado imaginarlo dentro de mí.
—Son míos —respondo, asomándome al salón—. Mis padres creen que tienen en casa a una artista del calibre de Tamara de Lempicka y los enmarcan todos.
Él vuelve la cabeza para decirme algo.
—¡Dame un minuto! —le grito mientras corro de nuevo a la habitación para buscar mis chanclas. Las tenía en la mano y ahora no aparecen.
Reviso el suelo, la caja de zapatos y la papelera. Nada. Respiro hondo. Voy sin ellas. Vuelvo al salón.
—¿Estuviste en la exposición de esa artista? —quiere saber Isaiah, todavía absorto en mis cuadros.
—¿De Lempicka? Sí. ¿Y tú?
—Sí, ¿no te impresionó la limpieza de los acabados y la transparencia de los colores?
Me suena haber leído eso en el catálogo que compré en la exposición. Me acerco a la estantería, sobresale unos centímetros; lo empujo hasta alinearlo con los demás. Creo que Isaiah lo ha estado hojeando.
—¿También te dio tiempo a leer su biografía? —Le señalo el catálogo y él sonríe, consciente de que lo he pillado—. Al parecer, era una mujer bastante excéntrica y desconcertante…
—…que supo plasmar su personalidad enigmática en sus retratos. Son magnéticos —parafrasea deliberadamente al crítico de arte autor del catálogo.
—¿Mis cuadros o los suyos?
—Ambos. Este en particular me gusta por la temática y el color. —Se acerca al pez payaso entre corales rojos.
—Llévatelo. Soy una artista incomprendida.
—No quiero que te quedes sin él.
—Según los estudios de mercado, tras mi muerte mis obras valdrán el doble. Aprovecha.
—Con ese argumento, me has convencido.
—Admítelo, se te han puesto los ojos en forma de dólar.
—Un poco.
Reímos; él, celebrando su adquisición; yo, saboreando el triunfo de mis artes de persuasión (y quizá también de seducción).
*
En los vestuarios de la piscina, al sacar la toalla, caen al suelo mis chanclas perdidas.
Me cambio deprisa y entro al agua antes que él.
Tardo unos segundos en sumergirme del todo; está más fría de lo que esperaba.
Isaiah aparece con un bañador tipo bermuda en verde botella, que resalta sus músculos esculpidos por el agua.
Tiene poco vello, lo concentra todo en el cuero cabelludo y no al revés, como a veces ocurre.
Se ducha y se lanza a la calle contigua.
Yo me sumerjo, mordiéndome el labio para que no adivine lo que pasa por mi mente. Al salir a respirar, él está a mi lado.
—Mejor compartimos calle; algunos nadan rápido y sin mirar.
Esbozo una sonrisa algo cómica por la presión de las gafas y levanto el pulgar.
Me lanzo a nadar con mi mejor estilo (o con lo que creo recordar que alguna vez fue un buen estilo).
Tras tres largos en los que mis piernas han salpicado más que la cola de una ballena en superficie, siento que me voy a hundir más rápido que el Titanic si no me detengo.
Me aferro al borde de la piscina y acepto resignada la evidencia: este último año he perdido forma.
Varada en una esquina, contemplo cómo Isaiah nada a crol con una fluidez hipnótica, tan natural que me hace dudar de si el agua es su verdadero medio.
Eso explicaría por qué, según él, en tierra firme le cuesta moverse con ritmo.
Cuento sus largos, uno tras otro, hasta que se detiene junto a mí para ajustarse las gafas.
—¿Qué tal vas?
—¿Yo? A la deriva.
—¿Buceamos? Es relajante.
Tiene razón. Al emerger, quiero repetir esos segundos de simplemente ser, como si el agua me concediera una tregua. Le pregunto, con las gafas como dos peceras, si también bucea en el mar.
—Demasiado aventurero para mí. ¿Tienes frío?
—No. Solo tirito porque encuentro muy placentero que me castañeteen los dientes.
—Perdón, salimos ya.
—¿No quieres quedarte tú más?
—Está bien por hoy.
Sale del agua, probablemente ignorando el aviso de su reloj sumergible, que señala una sesión más corta de lo habitual.
Me lanza la toalla sin apartar la vista de mi rostro.
Su mirada es indescifrable; no sé si transmite compasión o análisis clínico, como el del médico frente a su paciente.
Me apoyo en la pared, frente al vestuario, tratando de controlar el traqueteo de mis dientes.
—Brrr… esta piscina es para nadadores expertos; si no, uno acaba como un cubito de hielo.
—La regulan para natación deportiva —responde, dándome su propia toalla para que me cubra también con ella—. Por eso está fría.
—Y yo pensando que venía a un spa con chorritos y burbujas —suspiro.
Sonríe y se coloca delante de mí, apoyando una mano en la pared, junto a mi hombro.
—Alicia, una pregunta.
—Dime. —Sus ojos brillan por las gotas que resbalan por sus pestañas.
—¿Crees que estaría bien si te doy un beso?
No puedo evitar soltar una carcajada.
—¡Ay, perdón! No quería reírme, es que me ha sonado a pregunta de patio del colegio.
Me pongo de puntillas y le doy un beso breve en los labios.
—Por favor, dime que no te referías a la mejilla —susurro junto a su oído, orgullosa de no haberle devorado la boca.
Él acaricia el lateral de mi brazo antes de devolverme el beso, más lento, como un caramelo de tofe deshaciéndose en mi boca. Un calor repentino se apodera de mi cuerpo, tan intenso que juraría que acaban de encender el radiador del pasillo al máximo.