1 de octubre
ISAIAH
Marcos entra en casa acompañado de Carla.
Después de darles de nuevo la enhorabuena, les ofrezco mi ayuda para lo que necesiten.
Me cuesta un buen rato que Marcos me acompañe a solas al dormitorio.
Desde que sabe que Carla está embarazada, está tan protector con ella que, si pudiera, la envolvería en papel de burbujas. Le señalo la pantalla de mi ordenador.
—¿Es esta la aplicación que Alicia usó para quedar con el tipo que la apuñaló? La conocerás; creo que la lleva Santiago y, además, la directora de marketing está entre tus contactos.
Marcos se apresura a cerrar la puerta que había quedado entornada.
—Ni siquiera sabía que Alicia había conocido a ese hombre por una aplicación. ¿Has vuelto a verla?
No le aclaro que empecé a investigar por mi cuenta tras hablar con el hijo de la anciana que oyó gritar a Alicia en los soportales, ni que conseguí ese contacto presentándome en el edificio donde la atendí, después de buscar la dirección en los archivos del trabajo.
Me caería una bronca monumental. Marcos continúa al ver que no contesto:
—Que Alicia usara la aplicación de Roca no me sorprende; todos sus amigos estamos registrados.
Y la directora de marketing es amiga de Roca, no mía.
La conocí en una fiesta; acababa de divorciarse, como yo, y por eso me agregó.
De todas formas, ¿qué más da la aplicación?
Si te aburres, retoma tu afición por montar figuras de Lego.
Al menos decoraban el salón y no me daban dolor de cabeza.
—La aplicación quizá no importe, pero que Alicia se haya echado a llorar, dudando de si el sospechoso de su ataque es culpable, me sigue pareciendo raro. ¿A ti no? Imagina que se han equivocado de hombre. ¿Podemos hablarlo con Carla?
—No —responde tajante—. Ya le pregunté. Y te repito lo que me explicó: tras la agresión, Alicia se sentía culpable de lo ocurrido; estaba convencida de que se lo había buscado. De ahí sus dudas, incluso cuando las pruebas incriminan a ese hombre.
—Aun así…
—Ay, Isaiah… desde lo de tu padre desconfías de todo y de todos.
Carla lo llama desde el salón. Antes de salir corriendo, se gira hacia mí.
—Por favor, no preguntes a Carla. No quiero líos ni que le traslades tus miedos infundados. No le conviene estresarse. —Alza las cejas, suplicándome que obedezca.
Asiento, comprendiendo su ruego. Está obsesionado con que este embarazo inesperado es su única oportunidad de ser padre y teme que algo (o alguien) lo arruine.
*
Observo a Sandra a través de la cristalera del restaurante.
Está sentada en nuestro rincón, sosteniendo con elegancia una copa de Martini.
Su melena castaña cae sobre un bonito jersey verde.
Han pasado siglos desde aquel primer encuentro furtivo en la casa de la Sierra y todavía hoy, cada vez que la veo, siento la misma punzada en el estómago.
Una mezcla de lo que en su día fue excitación por lo inexplorado y lo que hoy es un refugio.
Son los efectos secundarios a largo plazo de aquel primer amor intenso e idealizado.
Se pone de pie para saludarme con una sonrisa. Nuestros ojos se encuentran. Los suyos siempre me sorprenden gratamente; son idénticos a los de Marcos.