En tiempo de juego 29 de septiembre
27%

29 de septiembre

ALICIA

En el restaurante argentino, el personal me recibe con familiaridad e Isaiah me pregunta si vengo a menudo.

—Antes sí, cuando me fui a vivir con Carla y Lucía encargaba comida cada vez que me tocaba cocinar.

A pesar de lo elaborado del plan, no logré que creyeran que había aprendido a hacer empanadas rellenas.

Se dieron cuenta enseguida de que no paso del sándwich frío y un par de guisos en la olla exprés.

Ellas, en cambio, cocinan muy bien, sobre todo Carla.

¡Cómo eché de menos sus platos cuando me mudé a mi piso!

—¿Ese piso es tuyo? Quiero decir, ¿lo tienes en propiedad?

—Sí, y volveré pronto. Se lo compré a mi tía; lo tenía alquilado a un señor mayor que murió solo. Me pareció tristísimo. No me gustaría ese final.

Isaiah mueve rápido la cabeza, como espantando esa idea. Una camarera nos interrumpe para dejar dos chupitos sobre la mesa, cortesía de la casa. Rechazo el licor.

—¿Cómo va tu hígado? —Se frota los labios con la mano, queriendo retirar lo que acaba de decir.

Entiendo su curiosidad; es lógico que le guste hacer un seguimiento de su trabajo médico. Yo también revisaba mis publicaciones científicas y me llenaba de orgullo al ver que resultaban útiles para la industria cosmética. Sin embargo, ahora, con más perspectiva, me parecen bastante prescindibles.

Doy un sorbo al zumo antes de contestarle que mi hígado está recuperado.

Le agradezco su preocupación y añado que no bebo alcohol porque nunca me ha gustado el sabor.

De adolescente, eso jugó a mi favor: jamás me emborraché.

Ironías de la vida, esperé a “madurar” para hacerlo y concentré todo el descontrol en Londres.

Suficientemente humillante fue acabar tirada en el suelo, completamente borracha, en mi vigesimoséptimo cumpleaños, solo unos días antes de atropellar a Nora.

El alcohol se me subió a la cabeza demasiado deprisa y estuve horas sin tenerme en pie.

Por suerte, no llegué a necesitar la asistencia médica que Isaiah presta en casos extremos. Yo no podría desempeñar su trabajo.

—¿Cómo lo hacéis? —murmuro sin darme cuenta.

—¿El qué?

—Nada… —vacilo—. Me preguntaba cómo lográis manteneros en un punto de equilibrio en vuestro trabajo. Ni involucraros tanto con los pacientes que os afecte emocionalmente, ni distanciaros tanto de ellos como para olvidar que son personas.

Se queda pensativo y contesta:

—No creo que nos mantengamos en ese punto medio, más bien oscilamos en torno a él.

—Supongo que lo importante es que la amplitud de las oscilaciones sea pequeña —respondo, igual de críptica.

—Sí, aunque durante la pandemia no pude evitar sentirme como un observador externo, distante —confiesa, con una sombra de incomodidad en su expresión; no parece orgulloso de aquel período.

Sin embargo, su gesto se suaviza enseguida y añade—: Por suerte, ya pasó.

Marcos me dijo que viviste en Londres. ¿Qué tal por allí?

Las manos de Isaiah se balancean a los lados de su cuerpo mientras salimos del restaurante, pero siento como si me hubieran pellizcado. Sus preguntas se adentran en territorio prohibido.

—En este local ponen buena música. ¿Vamos? —le propongo, al pasar por uno de los sitios a los que solía venir a bailar con mis amigas después de cenar.

No tenía intención de entrar; ha sido lo primero que se me ha ocurrido para dificultar la conversación, porque Isaiah callado está más guapo.

—Ok.

—¿Eso es «vale»?

—Lo sé, no he conseguido deshacerme del «ok» de mi infancia.

El plan era sólido, movernos entre gente al ritmo alegre y positivo de la música pop, sin intercambiar una palabra. La realidad ha terminado siendo otra. Nos hemos desplomado en un sofá: él, porque «hace un favor a la humanidad si no baila»; yo, porque me estoy muriendo de sueño.

Después de haber entrado en trance con un repetitivo y potente bajo electrónico, reacciono. Recojo mi chaqueta y él se levanta.

—¡Espera! ¿Te gusta? —exclamo sorprendida, tanto por la canción como por mi atrevimiento. Le he agarrado la mano para detenerlo.

Se sienta de nuevo y hace un gesto para que se lo repita. No me ha oído.

—Decía que si te gusta la canción.

—Sí, me suena, ¿cuál es?

—Una versión del tema principal de la película Origen —contesto con voz cantarina—. Es la banda sonora que yo elegiría para mi funeral.

—Pues yo iba a decirte que es la que elegiría de fondo si quiero que hasta recoger los excrementos de mi perro me parezca un momento glorioso.

No puedo evitar soltar una carcajada que se convierte en remordimiento. ¿Quién me ha dado permiso para reírme así?

—¿Estás bien?

Estamos tan cerca que puedo distinguir, por separado, el frescor marino de su desodorante y el aroma de su piel. No le contesto; solo apoyo la cabeza sobre su hombro. Por la aromaterapia, me digo. Estoy demasiado cansada para pensar si invadir su espacio personal es apropiado.

—Alicia, ¿estás tomando alguna medicación?

La melodía pegajosamente optimista, su persuasivo tono de voz y el agotamiento que me impide idear otra maniobra evasiva, desembocan en un «sí», de consecuencias impredecibles.

*

En casa, veo cuatro llamadas perdidas de Carla. Selecciono su número; es raro que me haya llamado tantas veces seguidas. En cuanto descuelga, escucho sollozos. Alarmada, le pregunto qué ocurre.

—Estoy embarazada.

Espero a que se calme para entender cómo ha sucedido. Un desliz podría pasarme a mí, con mi tendencia al despiste peligroso, pero jamás habría imaginado algo así de Carla. Ella siempre tiene todo bajo control.

—Marcos me dijo que no podía tener hijos —empieza a explicarme—. Quería que lo supiera antes de que siguiéramos con la relación. No me preocupó. Además, ni siquiera estaba segura de quererlos, y menos tan joven.

—¿Se lo has contado?

—No me he atrevido. No sé cómo va a reaccionar. Llevamos poco tiempo. ¿Crees que me mintió? —pregunta y rompe a llorar otra vez.

—Tienes que decírselo. Y no tiene motivos para mentirte. ¡Ni que fueras la heredera de un imperio millonario!

Carla suelta una risa entrecortada. Le sugiero vernos en su casa; darnos un abrazo le vendrá bien.

Abro una lata de una bebida energética para despejarme mientras solicito un traslado por Qvoy.

En el móvil tengo un mensaje de Isaiah preguntándome por el nombre de la medicación.

No le contesto. Como dice mi madre, los asuntos se resuelven uno a uno y ahora mismo mi prioridad es Carla.