En tiempo de juego 28 de septiembre
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28 de septiembre

ISAIAH

No es casualidad que a España la llamen «el país de los bares».

En la calle del edificio donde atendimos a Alicia hay cuatro.

Dos se ajustan a la vaga descripción de «bar de la esquina» que mencionó el hijo de la anciana.

Uno es un antro de mala muerte que, aunque encaje con el desenlace de su cita, me cuesta creer que Alicia eligiera para quedar. El otro es este.

El pub irlandés está tranquilo; soy el único cliente en la barra.

Mientras me tomo una pinta, observo la foto que me hice en el parque con Alicia.

Amplío su cara en la pantalla y contemplo su rostro en forma de corazón, los pómulos marcados y la nariz respingona que le da un aire dulce y juvenil.

Sus ojos almendrados, color miel, destacan por su sensualidad, y sus labios, con forma de arco, merecen mención aparte.

—Hola, soy Lorena.

El saludo me saca de la fotografía. Una chica detrás de la barra me dedica una sonrisa almibarada. Giro el móvil para mostrarle la foto.

—Hola, ¿te suena? La conocí trabajando en el hospital, pero perdimos el contacto. Solía venir por aquí.

¿Me he inventado esa historia para no parecer un lunático al explicar que mi discutible olfato de sabueso sigue un rastro, convencido de que en la historia de Alicia algo huele a podrido?

La chica examina la imagen y deja mi móvil sobre la barra.

—Ni idea. Llevo poco currando aquí. ¿Eres médico?

—Sí.

—Espera. —Agarra el móvil—. Si venía mucho, fijo que el jefe la tiene controlada.

Llama a un hombre de coleta rematada en un moño alto. Él se acerca secándose las manos con un paño.

—Este chico es médico y busca a una colega del hospital. ¿Te suena?

Niega con la cabeza y se da la vuelta, concentrándose en limpiar un vaso, como si quisiera borrar esa breve interacción. Me dirijo de nuevo a la chica:

—¿Puedo enviarte la foto? Quizá algún compañero tuyo la reconozca.

—¡Claro!

Toma mi móvil, guarda su número con emoticono incluido y se reenvía la foto sin cortarse ni un pelo.

—¡Hombre, Isaías!

Un antiguo compañero de carrera se sienta a mi lado. Lo saludo con la esperanza de que sea una de esas coincidencias que aportan una pista clave.

—¿Cómo estás? ¿Y tu mujer y tu hijo? ¿Vivís por aquí cerca?

—Muy bien, vivimos en otro barrio.

—¿Vienes mucho por aquí?

—Es la primera vez que entro. ¿Y Sandra? ¿Sigue en la guardería Doña Lola? Estamos pensando en llevar a nuestro hijo, por su buena fama.

—Sí, sigue llevándola. Te llamo y lo hablamos. Perdona, llego tardísimo al trabajo, pero me ha alegrado verte.

«Aunque por la brevedad de la conversación no lo parezca». Quiero marcharme. Tengo la sensación de que el dueño me vigila desde el almacén.

No me falla la intuición: me alcanza antes de salir. Sisea cerca de mi oído:

—¿Debería llamar a la policía para informar de que hay un hombre que dice ser médico preguntando por esa chica?

El tono es lo suficientemente intimidatorio como para entender que la chica de la foto no es una clienta cualquiera; es la chica por la que ya lo interrogó la policía.

—Es una amiga, solo quería ayudarla.

Tiene razón Alicia: esa frase se ha convertido en mi estribillo.

—Aquí solo tomó un zumo y te aseguro que nadie le echó nada en la bebida. ¿Eres uno de esos morbosos que ven series policiacas y se creen detectives?

—No.

—¿Y entonces? —Me enseña las palmas en un gesto de fastidio.

Y entonces, o sufro de un trastorno del olfato llamado parosmia y todo me huele mal, o el dueño del pub está en lo correcto y estoy jugando a los detectives. ¿Acaso me creo más listo que la policía? ¿O voy de justiciero, como me reprocha siempre Marcos?

Salgo del pub con un andar huidizo, muy lejos del héroe solitario, rudo y aguerrido que Alicia quizá imaginó cuando, en la Sierra de Madrid, me llamó cowboy .