En tiempo de juego 23 de septiembre
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23 de septiembre

ALICIA

Mi madre asoma la cabeza sin darme tiempo a cubrirme con la sábana y fingir que duermo.

—¿Vienes a tomar el aperitivo?

—Supongo… —respondo, porque aquello de decir «id yendo que luego me uno» dejó de funcionar la séptima vez que no aparecí.

Arrastro los pies hasta el portal, barriendo el suelo con las suelas de las deportivas. Llego a la salida sin ganas cuando suena el móvil. Ojalá sea Carla dándome una excusa para volver a casa. Nada. Es otra vez Isaiah.

«Si es un plan espontáneo, ¿te apuntas? No me vas a dejar plantado en la puerta de tu edificio; voy a dar muchísima pena».

Levanto la mirada y lo encuentro frente a mí, tan sorprendido como yo. Nos cruzamos un par de tímidos saludos. Mis padres me observan, desconcertados.

—Es un amigo de Marcos, el chico que sale con Carla —me adelanto a explicar—. Me había olvidado de que hoy comíamos todos juntos y de que Isaías me llevaba.

No parecen muy convencidos cuando me subo al coche de quien, para ellos, es casi un desconocido. Cierro la puerta antes de hablar:

—He accedido a venir para evitar que mis padres piensen que tengo un acosador, porque no lo tengo, ¿verdad?

—Me alegra que todavía lo dudes —se ríe—. ¿Conoces el Jardín del Capricho? Es un lugar muy bonito para pasear.

—¿Está lejos?

—Media hora.

—Bueno, vamos.

Media hora es lejos, pero lo ha propuesto con tanta ilusión en la voz, que da pena decirle que no. Además, así me dejará tranquila una temporada.

—¿Cómo te encuentras?

—Muy bien, ¿has estado en la playa?

Me quiero aferrar a temas ligeros para que no pregunte si he visto su mensaje con el contacto de una médica.

—No, pero me bronceo con facilidad. Mi abuela paterna era de Guinea Ecuatorial. Por eso tengo este pelo.

—¿Si lo llevaras más largo sería afro?

—Sí. —Me mira de soslayo y ve cómo intento disimular un bostezo—. Descansa si quieres; te aviso cuando lleguemos.

Me dejo arrastrar por un sueño leve, acunada por el ronroneo del motor.

Cuando el coche se detiene, abro los ojos e Isaiah me tiende una tela con patrones en violeta y azul.

—Es un adire , la tela tradicional de Nigeria —aclara.

—Muy bonita. Por los colores está teñida con índigo natural, aunque existe un colorante sintético con efecto muy similar.

—No lo garantizo, la vendedora era muy persuasiva —sonríe, mientras yo acerco la tela a mi nariz.

—Huele a tierra. Han utilizado el colorante natural, el que se extrae del arbusto. Gracias.

—De nada. Con ese olfato habrías hecho buen equipo con Murph. Era un perro policía especializado en detección de drogas.

Mientras paseamos junto a la multitud que acude los fines de semana, los únicos días en los que abre este espacio, me cuenta que el jardín se construyó a finales del siglo XVIII por expreso deseo de la Duquesa de Osuna y que el diseño de las zonas verdes es obra de unos paisajistas franceses.

El recorrido es un viaje al pasado; por momentos me imagino caminando con un vestido de María Antonieta: falda ancha con armazón, corsé y sofisticados complementos, todo ello de dudosa comodidad y alto riesgo de tropiezo.

—Esta es mi zona favorita. —Señala un entramado de setos.

—¿Un laberinto?

—Sí, me recuerda a los maizales donde me perdía de niño.

—¿En Estados Unidos?

—Ajá, en Iowa. Mis abuelos tenían cultivos de maíz a una hora de Iowa City, adonde mi padre emigró para continuar su carrera como investigador.

—¿Y cómo era la vida allí?

—Tranquila, con mucho espacio y poca gente, justo lo contrario a esto.

—¿Y cuándo viniste a España?

—A los doce, con mi padre.

—¿Y volvéis a menudo?

Esta conversación ha adquirido ya el formato de interrogatorio: yo planteo las preguntas, él responde sin objetar.

—No, pero como tengo doble nacionalidad y mi padre tenía ganas de volver, después de la residencia médica busqué trabajo en Nueva York. Fue solo un año —apunta.

—Supongo que regresasteis porque no podíais vivir sin jamón serrano.

Espero una sonrisa, aunque el chascarrillo sea fácil, pero se hace un silencio incómodo. Empiezo a temer que, o bien es vegetariano o bien he metido la pata. Cuando estoy a punto de hablar del tiempo, él contesta:

—Mi padre falleció allí tras una larga enfermedad y a mí siempre me ha atraído más España.

Su cultura, la gente y el jamón ibérico, el de bellota.

—Me guiña un ojo y, sin darme oportunidad de darle el pésame, añade—: ¿Sabes?

, mi padre se llamaba Martín Martín. Siempre contaba que mi abuelo celebró tanto su nacimiento que fue al registro un poco pasado y se trastabilló al dar los datos.

—¿Y el funcionario lo aceptó?

—Sin rechistar —se encoge de hombros sonriendo.

—Seguro que más de una vez le dijeron: «Pero, ¿cuál es el apellido?». Oye, siento lo de tu padre. —Alzo las manos con una idea—: ¿Has estado en el parque de las siete tetas? Los madrileños lo llaman así por la forma de las colinas.

Nada más decirlo pienso que no era el momento más apropiado para mencionar los atributos femeninos. Isaiah no parece darle importancia. Al contrario, me pide que vayamos.

*

En la cima de una de las colinas, contemplamos la gran urbe que es Madrid. Mientras ponemos nombre a sus edificios más altos, comento que en esta ciudad nunca te aburres; siempre hay algo nuevo por descubrir. Por algo se dice que de Madrid, al cielo.

—Sí, pero no tenemos prisa por subir —responde él.

—Seremos inmortales —declaro con decisión.

—¿En el cielo?

—En el cielo no lo sé. En la Tierra, seguro.

—Le lanzo una mirada cargada de convicción—.

Algo de nosotros quedará: nuestros genes, si tenemos descendencia, o nuestros memes; y no me refiero a los memes de internet, sino a las ideas que transmitimos y terminan formando parte de la cultura.

Las mías, a lo grande. —Alzo un dedo con teatralidad—.

Treinta alumnos por clase dan mucho margen de propagación.

Él sonríe antes de replicar:

—Ten en cuenta que no toda la información sobrevive. Solo la que favorece la adaptación o la reproducción. El resto acaba extinguiéndose por selección natural.

Creo que ha identificado la fuente de mis argumentos: el biólogo Richard Dawkins. Si él mismo reconoció que su libro El gen egoísta habría sido más acertado titularlo El gen inmortal , no resulta descabellado pensar que, a través de los genes o las ideas algo de nosotros persiste en este mundo.

Dawkins escribió que los seres vivos somos meros vehículos para la transmisión genética.

Y aunque dejó claro que esas unidades de información que son los genes no poseen conciencia ni voluntad propias, tras la publicación de sus teorías surgieron interpretaciones extremas.

Una de ellas la defendía mi primer novio, también biólogo.

Para él, los genes no eran meras instrucciones, sino pequeños parásitos que controlan nuestras acciones con el fin de asegurar su continuidad.

Solía decir que los seres humanos solo somos naves tripuladas por esas criaturas poderosas.

Estoy segura de que Isaiah consideraría esa idea absurda y, por tanto, condenada a desaparecer por selección natural, aunque como premisa de ciencia ficción tiene bastante encanto.

Sus ojos verdeazulados me observan con una intensidad que delata que intenta descifrarme. Respondo a su puntualización sobre los mecanismos de la evolución con expresión retadora.

—¿No estarás cuestionando mi capacidad para formar parte del imaginario colectivo?

—¡No, no! —se apresura a responder—. Estoy seguro de que dejarás huella en tus alumnos. —Me mira de arriba abajo antes de añadir sonriendo—: Y tienes muy buenos genes.

El rubor asoma en sus mejillas pese al tono oscuro de su piel. Baja la cabeza, avergonzado, y murmura una disculpa. Rompo a reír. El piropo, más propio de un criador de caballos de pura sangre, me ha hecho gracia.

—Anda. —Le doy una palmadita en el brazo—. No me estropees el plan de dejar un pedacito de mí en la Tierra, aunque no te haya convencido del todo.

Se ríe conmigo y admite que, por ahora, prefiere alcanzar la eternidad subiendo al cielo en una sola pieza.

Mi sonrisa se tuerce. Intentaba esquivar temas complicados y terminé adentrándome en uno de los mayores enigmas de nuestra existencia: si viviremos en el más allá o solo en el más acá.

Yo aspiro al menos a lo segundo. Con suerte, alguno de mis alumnos me recordará al resolver un problema cotidiano aplicando los principios de la física o la química que le enseñé.

—El atardecer desde aquí va a ser espectacular —salta él, encauzando el diálogo, quizá al notar el cambio en mi estado de ánimo—. ¿Nos quedamos a verlo?

—Bueno…

—Voy a bajar a ese quiosco. ¿Qué te apetece?

Una hora más tarde, su interés sigue intacto, pese a que se han acabado las patatas de bolsa y el viento ha empujado un manto de nubes hacia el horizonte. En Madrid, el cielo nublado es una excepción, y no puedo evitar una mueca de desilusión al ver que nos quedaremos sin puesta de sol.

—Míralo por el lado bueno, somos de los pocos que han visto el cielo cubierto desde aquí arriba —dice, con una sonrisa optimista.

—¿Tienes un perro que se llama Murph y ves siempre el vaso medio lleno? —pregunto, aludiendo a la ley de Murphy, que insiste en que, si algo puede salir mal, saldrá mal.

Hace un gesto hacia las nubes de un gris plomizo y se acerca a mí.

—Todavía podemos disfrutar de un atardecer que amenaza lluvia. ¿Nos hacemos una foto?

—Ni se te ocurra subirla a las redes —le advierto al verlo levantar el móvil.

—No voy a publicar nada. Además, no tengo ninguna cuenta. —Parece dudar antes de hablar—. Alicia, me pareces una persona interesante. —Extiende el brazo, encuadra y dispara la foto.

Las primeras gotas de lluvia me mojan el rostro sin lograr apagar una de las preguntas que me arde en la boca, convencida de que en su cabeza sigo siendo la paciente que atendió en enero:

—¿Por deformación profesional?

«¿O es que intentas acostarte conmigo?».

La única de las dos preguntas que formulé en voz alta se la lleva una ráfaga de viento juntos a varios mechones de mi cabello.

Intento sujetarlos mientras el aire los agita en todas direcciones.

Él alarga la mano para ayudarme a cubrirlos con la capucha de mi sudadera, sus dedos enredándose entre ellos.

Me limito a disfrutar del tirón de pelo cuando intenta retirar la mano.