22 de septiembre
ALICIA
Parece que fue ayer cuando me presenté a los alumnos del nuevo curso y ya han pasado dos semanas.
—Disculpe, profesora, entendemos que estos ejercicios no entran en el examen de la próxima semana —interviene un alumno con voz altisonante y una formalidad impropia de sus dieciséis años.
Es el portavoz oficioso de la clase, elegido tácitamente para reivindicar derechos bajo la premisa adolescente del derecho a todo. Le miro con paciencia y dejo caer, irónica:
—¿Y de qué voy a examinar si no? De momento no pensaba preguntar por los éxitos musicales del verano.
—¡Pero si acaba de empezar el curso! —protesta con indignación teatral—. Suspenderemos todos. Luego no diga que no se lo advertimos.
Esta estrategia la conozco, empieza la batalla de fuerza. Hace tiempo que aprendí que es un tira y afloja. Me dirijo hacia la salida y respondo sin perder la calma:
—Estoy segura de que lo haréis estupendamente.
A mi espalda estalla un murmullo incrédulo, acompañado de gemidos exagerados, algún «¡porfa, no!» y al más combativo mascullando entre dientes «qué hija de…».
Me giro para apaciguar al elenco de comediantes:
—El martes haremos un simulacro de examen. Quien lo supere ganará dos puntos extra en el examen real. Aprovechad el fin de semana.
Nada más cruzar la puerta, un coro de protestas se mezcla con suspiros de resignación. Sonrío mientras me alejo: les exijo, sí, pero porque me importan. Si no fuera así, no me esforzaría en meterles algo en la cabeza, aunque a veces rebote.
Miro el móvil. Tengo varios mensajes de Carla y uno de Isaiah:
«¿Tienes planes para esta tarde? Conozco un sitio donde podemos alimentar palomas».
Desde que volvió de Nigeria, hace ya un mes, he encadenado excusas para no quedar con él, aunque mi único plan sea amoldar el sillón de mis padres a la forma de mi trasero mientras hablo con Carla por videollamada.
Reconozco que hay algo divertido (y halagador) en notar cómo ha ido acortando los plazos de sus propuestas, antes eran todos planes a futuro; ahora, siempre para el mismo día.
Me enternece su torpeza naíf al intentar sacarme de casa y no puedo negar que me atrae su capacidad para reírse de sí mismo y, bueno, su físico.
Algunas noches me he abrazado a la almohada, evocando el olor a brisa marina y el recuerdo de aquel abrazo en el que, sin querer, bajé la guardia y se me escaparon las lágrimas junto a un comentario demasiado revelador.
Él no se alteró. Quizá fuera sincero cuando dijo que está acostumbrado a ver cómo la vida puede cambiar en un instante, aunque él se refiera a un instante posterior al que yo tengo en mente.