En tiempo de juego 18 de Julio
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18 de Julio

ISAIAH

¿Debería argumentar que la curiosidad es un impulso innato?

¿O que mi cerebro persigue la descarga de dopamina que provoca resolver desafíos?

¿O que quiero asegurarme de que Alicia realmente no necesita ayuda?

¿O quizá que no se puede descartar que la policía haya señalado al hombre equivocado?

Marcos no quedó convencido y sí, algo ofendido por esta última reflexión.

Me despachó con un seco: «Yo no sé nada más y tú tampoco deberías».

Entonces, ¿qué hago frente a la cancela del bloque de edificios por donde hace unos seis meses entraba a toda velocidad? Esperar a que un vecino despistado la abra.

Un chico se detiene frente a una vivienda en la entreplanta. Lo abordo sin explicarle que conseguí esta dirección en los archivos de mi trabajo y que busco a la anciana que, aferrada a un policía, contaba que había abierto su ventana al escuchar el grito de una chica en los soportales.

—Disculpe, busco a una señora mayor que vive en el bajo. ¿Es su vecina?

—Será la antigua inquilina de mi piso; el resto son locales.

—¿Podría darme el teléfono de su arrendador? Quizá él pueda ponerme en contacto; hace tiempo que no la veo y perdí su teléfono —improviso, sorprendentemente bien.

En la calle marco el número y un hombre descuelga.

Le cuento que soy médico y que conocía a la señora que alquilaba antes su piso.

Responde que era su madre y que falleció en marzo.

Estaba delicada y un suceso violento en los soportales la afectó bastante.

Sin necesidad de que le tire mucho de la lengua, me cuenta que su madre desarrolló una obsesión por la seguridad del edificio.

Llamaba a emergencias a diario, convencida de que alguien intentaba forzar su puerta.

La policía intentó tranquilizarla, asegurándole que el agresor de la chica no era un ladrón.

Al parecer, habían subido juntos al piso de ella desde el bar de la esquina, tras conocerse en una aplicación de citas.

Sobre la aplicación, mi interlocutor solo puede decir que «era una de moda».

El monólogo se prolonga quince minutos más sin aportar nada nuevo, salvo insistir en los riesgos de quedar con desconocidos.

*

Suena el móvil en mi habitación. Abandono el plumero y salgo corriendo. Tal vez sea Alicia; no cogió mi llamada.

—¡Hola, Isaiah! —saluda, animada—. Antes de nada, quería decirte que anteayer estaba cansada y tuve un pequeño lapsus, pero ya estoy bien. ¿Estabas corriendo?

—No, pasando el polvo —respondo, mientras me quito la mascarilla que uso para esa tarea por mi alergia a los ácaros.

—¿Qué pasa, las pelusas ya iban rodando por el salón como en una peli del oeste?

Marcos calificaría ese chiste como «humor de parroquia», pero a mí me hace gracia.

—Más o menos. Una vez a la semana viene una señora a limpiar. No es suficiente.

—No me digas que eres de esos que no pueden irse a dormir sin antes ahuecar los cojines del sofá.

—Ese es Marcos. Curiosamente, los dos somos bastante maniáticos: yo con la limpieza y él con el orden.

—¿No es lo mismo?

—No creas. Yo lo dejo todo tirado.

—¿Y no has pensado que, si mantuvieras el orden se te ensuciaría menos la casa?

—Sí, pero se me olvida en el día a día.

—¿Me llamaste para hablar de tus costumbres?

—No, quería preguntarte si podemos vernos el viernes antes de que vuele a Nigeria.

—No lo sé, mejor lo hablamos sobre la marcha —responde, con un cambio en su tono que no me pasa desapercibido.

Se ha desinflado. Debería haberle dicho que mañana, aunque tuviera que doblar turno otro día. Se despide de mí tan abruptamente que solo alcanzo a decir un «que duermas bien», completamente fuera de lugar en una relación no paternofilial. Ella resopla fuerte antes de colgar.