14 de julio
ISAIAH
Marcos me conoce; no le prestaba atención porque ya rondaba en mi cabeza una idea: poner a Alicia en contacto con una compañera del trabajo, una excelente psiquiatra. Sus cambios de humor bruscos y ciertos comportamientos extraños indican que necesita más apoyo.
Para dar cierta distancia emocional a nuestro desencuentro en su casa, he esperado cuatro días antes de enviarle un mensaje muy elaborado, según mis estándares.
Yo: «Te quería pedir perdón por presentarme en tu casa el domingo pasado. Me sorprendieron los caprichos del destino. Me gustaría disculparme invitándote a algo».
Tres horas después, recibo su respuesta:
Alicia: «Los caprichos del destino no te obligan a ayudarme ni a distraerme».
Yo: «No es por obligación; lo pasé bien hablando contigo en el cumpleaños de Carla. ¿Te apetece ir al cine otra vez?».
Alicia: «Si lo pasaste bien hablando, ¿por qué quieres ir al cine? Allí no se habla».
Tuve que pedir a mi vecina Olga que sacara a Murph cuando bajara con su perro. Alicia me citó justo a la hora de su paseo, y no quería desaprovechar la oportunidad.
Ahora caminamos en silencio; evita mirarme.
Para relajar el ambiente, tiro de la primera anécdota graciosa que me viene a la cabeza: el sábado que acabé jugando al bingo en una residencia de ancianos.
Le cuento que intenté llevarme el cartel de una película de una marquesina mal cerrada.
A mitad del proceso sonó una sirena y, creyendo que me habían pillado, me metí en el primer sitio que encontré abierto: un centro de día para la tercera edad.
Una señora me confundió con su nieto y me hizo su pareja de bingo. Ganamos unos paños de cocina.
La tensión se disuelve en su risa, cristalina, burbujeante y terriblemente contagiosa.
—Imagino que fue un gesto romántico que acabó mal para tu chica y bien para la abuela —acierta, todavía riéndose.
Le propongo entrar en una cafetería que desde fuera parece para todos los públicos, pero resulta ser un centro de reunión de la tercera edad.
—¿Y después nos vamos a mirar obras? —bromea, sosteniendo la taza con impostada elegancia.
—¿Quieres ver una foto de cuando mis planes eran más salvajes?
—¿Más que el bingo? ¡Claro!
Le paso el móvil con una imagen de un concierto de rock con Marcos. Él saca la lengua, dejando ver su piercing. Yo llevo una chaqueta de cuero que mi amigo me prestó para la ocasión.
—¿Has estado en las cataratas de Iguazú? —pregunta ella, señalando mi fondo de pantalla.
—No. Marcos me pasó la foto y me gustó.
—Son espectaculares. Estuve planeando un viaje a Argentina con mis amigas, pero al final no pude ir. Hay lanchas que te llevan hasta el pie de las cataratas. Mira.
Abre mi navegador con entusiasmo. De pronto, su expresión se ensombrece.
—¿Por qué has buscado esto?
Las palabras clave son imposibles de ignorar: «apuñalamiento, agresión sexual, mujer, Madrid, enero, 2023».
—Solo quería ayudarte…
—¿Vas a repetir eso cada vez? —me interrumpe, con un rictus amargo—. Tu trabajo terminó cuando me dejaste en el hospital. No hay ninguna conexión entre nosotros. No sabes nada. ¡Nada!
Se levanta y coge el bolso. Si no digo algo, se irá y esto se acaba aquí.
—Tienes razón. No sé nada —consigo articular—, pero estoy acostumbrado a ver cómo la vida cambia en un instante.
El bolso queda suspendido de su antebrazo; su rostro refleja la tristeza de los adornos navideños que aún esperan ser guardados tras las fiestas, y sus pestañas aletean mientras dos gotas de agua salada asoman en sus lagrimales.
—Fue culpa mía… —susurra.
Mi pena da paso a una rabia peligrosa.
—No. La culpa no es tuya. Ese hombre cometió un crimen y va a pagar por ello.
Niega con la cabeza, dispersando las lágrimas.
—Eso sería injusto si no fue él.
—¿Cómo?
No contesta; su boca tiembla en un puchero. Cuando la abrazo, su respiración irregular se clava en mi cuello y un peso me oprime la garganta. A ver quién renuncia ahora a intentar ayudarla, porque yo ya no voy a ser capaz.