En tiempo de juego 10 de julio
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10 de julio

ISAIAH

Me gusta nadar a espaldas; a través de la bruma de las gafas cuento las vigas del techo de la piscina y repaso mentalmente las últimas asistencias.

Llevo años con esta rutina y nunca termino satisfecho.

Ayer atendimos con éxito un parto en la calle.

Pasamos el resto del turno bromeando sobre las cejas del bebé.

Luis dijo que eran «como dos anchoas de Santoña».

Por curiosidad, busqué Santoña en el mapa y, más tarde, me acerqué a la sección gourmet del supermercado para comprar una lata de esas anchoas.

Pero ¿a quién quiero engañar? No dejo de pensar en Alicia con su pijama navideño y en por qué la apuñalaron.

En casa, Marcos prepara un bocadillo mientras Murph espera a sus pies, listo para cazar cualquier miga. Me apoyo de espaldas contra la encimera, cruzando los brazos para disimular los ruidos del aire al ser comprimido por mi estómago vacío. Sigo con la mirada el bocadillo y empiezo a salivar.

—¿Estás esperando a ver qué te cae, como Murph? —ríe.

—No.

Se detiene justo antes de dar un mordisco al bocadillo y echa la cabeza hacia atrás para observarme.

—Ese «no» ha sonado a que tienes algo más que hambre. ¿Qué pasa?

—¿Recuerdas que Alicia me resultaba familiar? El otro día coincidimos en el cine y la reconocí por una cicatriz: la atendí en enero tras una puñalada.

—¡Qué dices!

Marcos se queda pensativo un momento antes de decir:

—Carla debe de ser su abogada. Suele ejercer la defensa, pero me comentó que, por un favor personal, había aceptado llevar la acusación particular en un caso de presunta agresión sexual e intento de homicidio con arma blanca. La noté agobiada.

Marcos le da un buen mordisco al bocadillo mientras un nudo incómodo se forma en mi garganta.

Trago saliva, produciendo un sonoro glup.

Mi apetito se esfuma. Mi amigo está acostumbrado a hablar de la bajeza humana; yo no.

Las anchoas, normales o gourmet, dejan de resultarme apetecibles. Consigo rescatar mi voz para preguntar:

—¿El acusado está en prisión?

—Sí. Y oye, no creo que Alicia quiera que se sepa. Carla y Lucía hablan de que estuvo ingresada por una apendicitis en enero, justo cuando tú dices que la atendiste. —Coge la barra de pan y un cuchillo—. Venga, te preparo un bocata. Por cómo te rugen las tripas, estás muerto de hambre.

Cuando vuelvo en mí, la expresión de Marcos se ha endurecido; sus labios están tensos, casi crispados.

—No estarás pensando en ayudarla, ¿verdad?

Recuerdo el portazo de ayer y niego con la cabeza, aunque no parece convencerle. Continúa, con el tono más agudo:

—No quiero líos por tu culpa; Carla me gusta mucho.

Me observa fijamente, preparado para desmontar cualquier excusa. Para despistar, saco la lata de anchoas de la bolsa y la pongo encima de la encimera.

—Isaiah, ¿qué haces? Nos conocemos y sé que no me estás escuchando —insiste, chasqueando los dedos frente a mi cara.