9 de julio
ALICIA
No será fácil librarme del goteo de imágenes que me impide dormir, así que busco en mi habitación algo con lo que entretenerme.
Mis padres, siempre tan nostálgicos, en lugar de montar un gimnasio, decidieron conservarla como la dejé hace ocho años.
Aquí sigue el naranja que elegí para las paredes cuando nos mudamos a Madrid desde Toledo, el corcho con fotos de mis amigas y el póster de un átomo que cubre la puerta.
Con un leve suspiro, saco un álbum de la estantería.
Busco la foto junto a mis padres después de defender mi tesis.
Ese día, uno de los miembros del tribunal me habló de un proyecto en Londres, financiado por una multinacional.
Lo tuve claro al instante: tenía que conseguir ese puesto.
Cierro el álbum de golpe. Las fotografías de aquella Alicia resuelta y decidida, que vivía en un mundo multicolor, me atormentan.
Esa chica murió junto a Nora en el atropello, y no hay día en que no la eche de menos.
El resto de la noche lo paso repasando los detalles de aquella madrugada: el grito de Santi, mi lenta reacción, los radios de la rueda delantera de la bicicleta de Nora doblados, los dos chavales que corren hacia ella, el olor metálico de la sangre, el policía que me obliga a levantarme del suelo.
Es un círculo vicioso: mi mente se empeña en construir un pasado alternativo, uno en el que freno antes y Nora sigue viva.
En ese escenario, ella cumple veintitrés rodeada de su familia y su novio, James.
Él lleva una tarta hasta la puerta de la casa adosada que comparten en las afueras de Londres, donde macetas rebosantes de pensamientos adornan los alféizares.
Son pensamientos en color. La vida que imagino para Nora, aunque en realidad viviera con James en un apartamento de un barrio marginal y bastante conflictivo de Londres.
Cuando despierto, tengo un mensaje de mis padres: me avisan de que si llaman al timbre es un paquete. Luego me aconsejan que descanse, como si ese verbo no lo llevara conjugando de forma irregular desde hace tiempo.
De camino al salón, mi silueta se recorta en el espejo.
Enciendo la luz y observo el pijama estampado con motivos navideños de escote pronunciado y pantalón corto.
Lo saqué de madrugada del baúl de los recuerdos.
Carla, Lucía y yo compramos el mismo para hacernos una foto como si fuera para la portada de una revista del corazón.
Fue en las Navidades en que nos fuimos a vivir juntas.
Me dejo caer en el sillón de polipiel y, sofocada, enchufo el viejo ventilador. El zumbido, mezclado con los diálogos del televisor, me adormece.
Suena un timbre que al principio creo que forma parte de mi sueño, pero no: es el repartidor con el paquete de mis padres.
Salto del sillón como un resorte de juguete antiguo y corro hacia la puerta.
Al abrir, parpadeo varias veces. Nada de modelos en bañador como había imaginado en mi sueño.
En su lugar está Isaiah, que perfectamente podría ser modelo de pasarela, aunque su camiseta, sus pantalones y la gorra no combinen en absoluto.
Mi expresión debe ser un poema, porque él se apresura a explicarse:
—Como no contestabas, me atreví a pasarme, quería asegurarme de que estás bien.
—¿Cómo has entrado en el portal?
—Con una vecina. No sabía que estabas durmiendo, lo siento.
—¿Qué hora es? —pregunto, aún desorientada.
Isaiah consulta su reloj de pulsera.
—Las cinco.
No tengo ganas de que examine nada, así que improviso:
—Luego te envío una foto de la herida.
Reconozco que sonaba más convincente en mi cabeza. Empiezo a cerrar la puerta.
—Espera… ¿Te duele? ¿Notas los dedos entumecidos?
—No, un poco el golpe.
«Y aunque doliera no me importaría». Últimamente el dolor físico me relaja, pero Isaiah me mira como si mi codo fuera un asunto de vida o muerte.
—Es importante revisarlo. ¿Puedo?
Alzo la voz, lo suficiente para que los vecinos indiscretos me oigan:
—Estoy en pijama todavía.
«Y no uno cualquiera, sino uno que deja poco a la imaginación». Isaiah baja instintivamente la mirada a la prenda antes de apartarla de golpe, parpadeando tan rápido como yo al verlo en la puerta. Carraspea.
—Son cinco minutos.
Su insistencia me está poniendo de los nervios. ¿Qué pretende?
—Alicia, quería decirte que si necesitas ayuda puedes contar conmigo.
—Pues ahora mismo me ayudas yéndote.
Esa impertinencia debería espantarle. No resulta; ahí sigue. Impasible.
—Es que ayer me di cuenta dónde te había visto antes.
Un vértigo repentino casi me hace perder el equilibrio. ¿Es Isaiah aquel médico del hospital que hablaba de mis heridas como si estuviera dando el parte meteorológico?
—¿Dónde? —pregunto, recuperando la compostura.
—Te atendí en enero de este año. Era el médico de la ambulancia.
—Genial, gracias.
Le cierro la puerta en las narices.