8 de julio
ALICIA
Agarro mi maxibolso y salgo del coche rumbo al estreno de una película distópica con tintes apocalípticos.
La trama promete: humanos luchando por diferenciar lo virtual de la realidad.
Mi padre me ha traído al cine, pero prefiero que no se quede.
Su relación con los mundos futuristas es desastrosa: pierde el hilo, se aburre y termina durmiéndose en la sala, roncando en su propia dimensión alternativa.
Le doy un beso, abro la puerta y el calor me golpea en la cara.
Es julio; a estas horas, el termómetro debe rondar los treinta y cinco grados y yo, en un acto de imprudencia, he salido con camiseta de manga larga.
Parpadeo, cegada por la intensa luz, y entonces lo veo: Isaiah está en la entrada del cine.
Amago con volver al coche, pero ya es tarde; se acerca.
—¡Hola, Alicia! ¡Qué coincidencia! ¿Qué vas a ver?
Le señalo una película del cartel y él explica que ha quedado con un amigo para ver la misma.
El amigo se llama Sergio; es un hombre de cabello claro y escaso en la coronilla.
Viste una camisa azul que combina con el color de sus ojos y con las monturas de pasta de sus gafas, lo que le da una apariencia cuidadosamente estudiada.
Isaiah insiste en que tome algo con ellos después de la película.
Me dirijo a la puerta con decisión, convencida de que no tardarán en seguirme.
—Me gustaría escuchar tu opinión sobre la trama —argumenta, deteniéndose justo antes de cruzar el umbral.
«Tú serás un cactus, pero como yo no atraviese esta puerta ya, se me va a freír el cerebro», pienso con la única neurona que me queda viva.
Al final accedo, no sé si porque estoy en estado de encefalograma plano o por la dicha de disfrutar, por fin, del aire frío.
La película nos atrapa a los tres. Si tuviera que señalar un fallo, diría que el desenlace recicla ideas de otros guiones.
Una opinión con la que Isaiah no está de acuerdo.
Para él, es un giro inesperado que el protagonista descubra que ha estado todo el tiempo en un centro de salud mental.
En mitad de la discusión, me suena la alerta de un mensaje. Es Carla.
«¿Qué es eso tan importante que me tenías que explicar? Te llamo dentro de un rato y me cuentas».
Me despido de Isaiah y Sergio rozando lo descortés, murmurando algo sobre ir al servicio antes de salir.
En el aseo, me refresco la cara. ¿Le voy a contar a Carla que el hombre en prisión provisional por ese otro delito no puede ser culpable del mío, por mucho que una cámara lo haya captado a pocos metros del pub irlandés antes de mi cita?
Si fuera culpable, estando en prisión, ya habría declarado que me apuñaló por encargo de James, el novio de Nora.
Salgo del cine distraída, dándole vueltas a qué decirle a Carla, y tropiezo en el primer escalón de las escaleras que conducen a la calle. Caigo torpemente sobre el brazo izquierdo. Una punzada de dolor me recorre el codo. Me llega un olor a brisa marina. ¿Pero no se había ido ya este hombre?
—Déjame verlo, ¿ok? —me pide Isaiah con serenidad, mientras decido si finjo que no me duele o me echo a llorar.
Me sube la manga con cuidado para inspeccionar la herida.
Un empleado del cine, testigo de mi cómico traspié, aparece con un botiquín.
Isaiah limpia la herida y aplica hielo al codo, concentrado en la tarea.
Trato de ocultar la cicatriz de mi antebrazo bajando la manga.
Cuando termina de vendarme, me ofrece una botella de agua.
La acepto sin dudar, sintiéndome como si acabara de participar en un maratón por el desierto.