En tiempo de juego 30 de junio
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30 de junio

ALICIA

El mes de junio se cierra con el cumpleaños de Carla en el local de chupitos y cócteles de su primo, una celebración que inaugura oficialmente el verano.

Mi madre me ha traído en coche y, después de jurarle tres veces que no llegaré tarde (si hubieran sido dos más, habría regresado directamente a mi adolescencia), entro en el bar.

El primo de mis amigas se acerca a saludarme con el pelo el doble de largo que la última vez que lo vi, hace hoy un año.

Bromeo diciendo que parece un guerrero samurái y le tiro de la coleta.

Nuestra amistad se tensó tanto como su pelo ahora, cuando, a los diecisiete, perdí la cabeza por él.

Afortunadamente el sentimiento no fue mutuo.

Tras aquel embarazoso episodio, recuperé la sensatez y nuestra relación volvió a su cauce natural: la de un familiar de mis hermanas no biológicas, veinte años mayor que yo.

—Pretendía darme un aire bohemio —contesta él con media sonrisa—, pero guerrero también sirve. ¿Cómo te encuentras?

Otro al que le han contado que sufrí una apendicitis.

Paso un rato charlando con él y otro rato esquivando preguntas sobre mi apéndice, que sigue intacto y feliz en mi abdomen derecho.

No puedo decir lo mismo de mi hígado, que, un poco más arriba, completa su regeneración.

Según los médicos, tuve suerte; es uno de los pocos órganos con esa capacidad.

Desde la barra, mientras apuro una bebida energética, observo a Lucía y a Santi.

Por su lenguaje corporal y las risas esporádicas, diría que lo que cuentan al grupo debe de ser muy divertido.

Me alegra verlos felices y me reconforta que Santi se haya vuelto a enamorar.

Y que sea de Lucía… no podría haber deseado a alguien mejor para él. Lo he dejado en buenas manos.

Santi parece haber notado que lo miraba.

Aparto la vista de inmediato, pero no antes de que nuestras miradas se encuentren.

Un desasosiego se instala en mi pecho y, por inesperado, quizá no debería prestarle demasiada atención.

Convencida de que esa incomodidad no ha sido más que una ilusión pasajera, busco su mirada otra vez.

El desasosiego sigue ahí. Más intenso. Es como si sus ojos me recordaran que he olvidado algo inquietante sobre él.

Dejo de pensar en ello cuando Carla llega del brazo de Marcos, con más de media hora de retraso, fiel a su costumbre. Su sonrisa es tan amplia que no le cabe en el rostro, ni casi por la puerta. Me gusta verla radiante, especialmente después del desencanto que sufrió con el economista pizzero.

Me acerco a saludarlos justo cuando Isaiah entra al local con aire indeciso. Marcos alza una ceja, lanzándole a Carla una mirada penetrante.

—¿Lo has invitado al cumpleaños?

—Me preguntó por la fiesta. Creo que quería que lo invitara y pensé que sería una buena oportunidad para reconciliaros —responde Carla antes de sellar cualquier protesta con un beso.

Me coge del brazo para alejarnos juntas y se inclina hacia mí, susurrando:

—Hay que darles tiempo.

Sé por qué lo dice. El otro día me contó que Sandra, la hermana de Marcos, sigue atrapada en una relación intermitente con Isaiah y que él parece fomentar el contacto.

Esa situación fue el detonante de una discusión entre los dos amigos y de que Marcos decidiera pasar unos días en casa de Carla.

La verdad, entiendo que le afecte, sobre todo si su hermana lo pasó tan mal cuando Isaiah la dejó tras catorce años juntos.

A los pocos minutos, el tiempo justo para pedir en la barra, Marcos e Isaiah regresan riendo, para sorpresa de Carla y mía.

—Isaiah, ¿sabías que Alicia es doctora en Química? —apunta Carla, cogiéndome de la mano y tirando de mí para que me acerque.

—Ah, ¿y cuál es tu línea de investigación?

—Ahora mismo, mis estudiantes. Soy profesora en un colegio desde septiembre del año pasado.

Después de varios proyectos de investigación, me di cuenta de que pasarme el día rodeada de material inerte no me motivaba lo suficiente.

Me encanta ver cómo mis alumnos aprenden lo asombroso que es el planeta en el que vivimos y, quizá me engañe, pero me gustaría dejar algo de huella en sus vidas.

Un trocito de mí en el futuro, para cuando ya no esté por aquí.

—Hago un gesto con la mano para que no me interrumpa—.

Lo sé, suena a cliché. La verdad es que hay momentos en los que se disfruta con ellos y otros en los que los estrangularía con mis propias manos.

Pero, en el fondo, se les coge cariño y espero que ellos también me lo tengan a mí.

Cierro la boca, dándome cuenta de que acabo de soltar una perorata que solo me explico por el efecto estimulante de la bebida energética. Isaiah me observa un instante, impactado por mi atropello verbal. Finalmente, acierta a decir que suena muy gratificante.

—Isaiah es médico —dice Carla—, como os vais a poner a discutir sobre ciencia, os dejamos.

Sin esperar respuesta, arrastra a Marcos hacia la barra, dejándonos a solas.

Temiendo que Isaiah haya oído algo sobre mi supuesta operación de apendicitis y que me haga preguntas médicas que podrían traicionarme, me adelanto y le pregunto si le gusta la ciencia ficción, un terreno seguro del que puedo hablar toda la noche.

—Mi perro se llama Murph, ¿te suena?

—¿Por Murph Cooper, la protagonista de Interstellar ?

Él asiente y yo sigo hablando:

—Vi la película en una pantalla gigante de los cines de Ciudad de la Imagen. Me encantó.

—Yo soy fanático del género, si viviera en Estados Unidos probablemente sería uno de esos frikis que van a convenciones disfrazados de soldado imperial de la Guerra de las Galaxias.

No puedo evitar sonreír al imaginarlo con una armadura.

De reojo veo a Santi y Lucía despidiéndose.

Ya puedo respirar más tranquila. Me da pena, porque hace tiempo que no hablo a solas con mi amiga.

Ella sabe que bendigo su relación con Santi, pero, aun así, nuestra amistad se ha enfriado.

Creo que ambas intentamos evitar incomodarnos con algún comentario desacertado, y medir las palabras continuamente no es lo ideal en una amistad.

Para eso ya están las relaciones laborales.

Isaiah resulta ser un conversador agradable, sabe escuchar además de oír, un talento que escasea en esta era del yoísmo . Incluso expresa interés por los detalles de una colaboración que realicé en Japón recreando el olor a bambú, una planta sin fragancia natural.

—¿Y entonces a qué huele la molécula que obtuvisteis?

—A lo que esperarías que huela el bambú: a frescor, a humedad, a verde… recuerda a un paseo por un bosque de esas plantas.

—Nunca he tenido la oportunidad de pasear por ninguno. Me gustaría visitar Japón.

—Es mi país favorito. ¿Dónde has viajado?

—Sobre todo a países en desarrollo.

—¿Cómo cooperante?

—Sí, en verano iré a Nigeria.

Su respuesta me pilla por sorpresa. Por su tono de piel canela, su musculatura y la actitud relajada, lo había imaginado surfeando en la playa.

Mi teléfono me sobresalta con la alarma de Qvoy, la aplicación de movilidad que desarrolló el hermano de Santi. El vehículo que había solicitado para ir a casa de mis padres ya ha llegado. Me despido y salgo corriendo, dejándolo casi con la palabra en la boca.

En la calle, el conductor baja la ventanilla para confirmar mi identidad.

Entonces veo su barba y la línea sin pelo en su ceja, los rasgos más distintivos de la foto de Íñigo en la aplicación.

Me quedo inmóvil. Íñigo no es él , de él no recuerdo nada, pero lo coherente sería que también se presentara con esos rasgos en el pub si quiso aparentar ser Íñigo.

Me digo que la línea en la ceja de la foto de Íñigo era una cicatriz, mientras que la de este hombre parece responder a una tendencia estética que ha resurgido en los últimos años.

El problema es que Íñigo nunca fue a la cita en el pub irlandés.

A la cita acudió él , el hombre que probablemente James contrató para vengarse de la muerte de su novia Nora.

Con las neuronas completamente sobrecargadas abro la puerta del coche.

Un segundo después, cambio de opinión y vuelvo a cerrarla.

—Si no subes, te van a cobrar igual —me advierte el conductor.

«No me importa, prefiero perder el dinero a meterme en la boca del lobo (o de un sicario)».

—Cariño, ¿qué pasa? ¿Lo has perdido?

Es Carla. Ha salido del local junto a Marcos e Isaiah.

Me lo pregunta como si intuyera que me ha dado miedo subir de noche al coche de un desconocido al que he contactado por Internet, lo cual, dicho así, parece perfectamente lógico.

No le contesto, pero mi cara en ruinas lo dice todo, al menos para Carla que me conoce bien.

—Te llevamos nosotros a casa. —Roza mi mano para tranquilizarme.

La expresión de Marcos es un reproche silencioso hacia mí.

Acabo de fastidiar su plan de prolongar la celebración en privado.

Isaiah se ofrece enseguida a llevarme. No, gracias.

Quiero que Carla me deje sobre el felpudo de casa, porque ahora mismo los hombres con barba y cejas en dos tiempos se multiplican a mi alrededor como los coches rojos cuando salí del concesionario con el mío.

Carla, ajena a mis necesidades especiales (que son bastantes desde hace meses), me pregunta si no me importa que me lleve Isaiah. Le contesto que no. Es su cumpleaños y suficiente hace por mí a diario.

En el coche de Isaiah, no aparto la mirada del retrovisor, atenta a cualquier vehículo con el logo de Qvoy que pueda seguirnos, temiendo reconocer el mismo que me esperaba a la salida del bar.

A estas horas, mis padres están durmiendo y no puedo llamarlos para que bajen al portal, a menos que quiera provocarles otro infarto como el día de mi ataque.

Son mayores y ninguno de los dos está para más sustos.

Sopeso mis opciones. Una es enfrentarme a mi miedo, a riesgo de despertar al vecindario con mis gritos, convencida de que el conductor del Qvoy me persigue.

La otra es inventarme un pretexto para que Isaiah me acompañe hasta la puerta de casa.

Cuando estoy a punto de elegir la alternativa más temeraria y salir sola de su utilitario de marca coreana, él se ofrece a acompañarme.

Fue más fácil de lo que pensaba. Respiro aliviada.

En el portal me doy cuenta de que se refería a acompañarme hasta este punto. Le doy dos besos, meto la llave en la cerradura y, justo antes de girarla, me vuelvo hacia él. Con voz débil y entrecortada, le pregunto, presa de los nervios:

—¿Quieres subir?

Si se ha sorprendido, no se le ha notado. He formulado mal la pregunta. Me arden las mejillas de vergüenza e intento arreglarlo sobre la marcha.

—Me refería a si me puedes acompañar hasta la puerta del piso; hay un vecino que me causa cierta inquietud, es… eh… un raro.

Él asiente con rostro imperturbable y entra conmigo.

En el ascensor, yo me concentro en la suciedad del suelo, él en los botones.

Luego, en el descansillo, no acierto a introducir las llaves en la cerradura; mis manos siguen temblorosas por esa perversa bebida energética.

Isaiah espera pacientemente detrás de mí. ¿Cree que va a entrar?

Al fin consigo abrir y ahí, en el pasillo frente a la puerta, está mi madre, con su camisón de flores, los pelos de punta y un vaso de agua en la mano. La pobre articula un «se te ha hecho tarde». Me entra una risa tonta mientras le doy las gracias a Isaiah.