25 de junio
ALICIA
Carla me envió un mensaje anunciando emocionada que iba a quedar con Marcos.
Ahora la tengo por videollamada, contándome los detalles del encuentro.
Es típico de ella exagerar las cualidades de su cita: «Gracioso, inteligente, maduro», las mismas palabras que ya he escuchado de todas sus exparejas.
Se ilusiona, me contagia y siempre termino creyendo que esta vez será el definitivo.
—¿Y pasó algo? —retomo el interrogatorio, aunque por la expresión de su rostro ya sé la respuesta.
—Al final nos liamos.
Esta conversación la habremos mantenido al menos unas diez veces, y ya es casi un ritual que mi siguiente pregunta sea si se refiere a liar, liar, es decir, a un buen revolcón.
—Sí, hija, liar, liar —me dice un poco avergonzada, porque sabe que mi norma es no acostarme con ningún chico en la primera cita.
—¡Carla, que luego te arrepientes! —exclamo con cara de madre regañona.
—¡Lo sé! Es que me apetecía y no quería sorpresas después de la decepción con el economista-pizzero.
—¿Y bien?
Me responde que fue fantástico con una sonrisa juguetona, como si estuviera reviviendo cada detalle. Noto un leve cosquilleo entre mis piernas; las cruzo suspirando, tratando de cortar cualquier intento de mi cuerpo de dejar de comportarse como una ameba asexual.
—¡Tengo un cotilleo! —Carla agita las manos en la pantalla—. Marcos y yo acabamos en el piso que comparte con el cowboy y esta mañana salió con una chica de su habitación. Ella reaccionó como si la hubiéramos pillado in fraganti y a Marcos le cambió la expresión. Se quedó blanco.
—¿Sería una antigua novia de Marcos? —me aventuro.
—No, él tiene una hermana mayor, y esa chica tenía los mismos ojos que él.
ISAIAH
Marcos, de pie en el centro de nuestro salón, cruza los brazos y me espeta:
—¡No me lo puedo creer!
—No es una tragedia; tienes que relativizar —contesto, tranquilo—. Si supieras lo que veo cada día en el trabajo, no...
Marcos levanta la mano para interrumpirme, con el rostro marcado por el enfado.
—No uses esa excusa para minimizar tu problema con mi hermana, aunque a través de tu prisma distorsionado lo veas insignificante.
—Me enviaste un mensaje diciendo que os ibais a casa de Carla —me defiendo, apoyado en el marco de la puerta de mi habitación, con tono calmado, porque odio discutir.
—Es decir, tu intención era que yo no me enterara.
—No.
«Aunque quizá si lo era», pienso, sin poder evitar un gesto que me delata.
—¿Acaso has olvidado vuestra amarga ruptura? —vuelve a la carga, fulminándome con la mirada.
—Solo quería reconfortarla y se nos hizo tarde hablando.
—¡Ya, hablando! Ha sido dejar ella la relación con ese chico y los dos a la cama —ruge.
—Me llamó ella primero —aduzco, consciente de que suena a excusa infantil.
—Pierdes la razón cuando la tienes delante. ¿No te das cuenta de que le sigues gustando y que está esperando a que te decidas a dejar de hacer el tonto?
—Todavía la quiero —murmuro, sin saber cómo salir de esta conversación—, sois mi familia.
—Excelente. ¡Encima, incesto, joder! —exclama, rojo de ira—. Y no la quieres: ni lo suficiente para comprometerte con ella, ni para dejarla ir de una vez. ¡Vivís los dos anclados en el pasado!
Sale del salón dando un portazo que pone en peligro la integridad del jarrón con motivos africanos que le traje de Ghana.
Me siento en el reposabrazos del sofá. Murph posa su hocico en mi rodilla y, mientras lo acaricio, admito que Marcos tiene razón.
El problema es que soy incapaz de darle una negativa a su hermana; le debo mucho, le prometí todo y no le di nada.