En tiempo de juego 3 de junio
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3 de junio

ALICIA

Carla aparca en lo alto de un puerto de montaña de la Sierra de Madrid.

Si por mí fuera, me habría quedado en mi cueva, pero me añadió al chat de unos invitados de la boda y me suplicó que la acompañara a una barbacoa con una excusa muy pobre: le daba vergüenza ir sola.

Me entró la risa; nadie que conozca mínimamente a Carla la describiría como tímida o introvertida.

El rocío sobre la hierba refleja la luz del sol, aportando frescor tras la calurosa mañana que dejamos atrás en el asfalto de la capital.

El aroma a pino y musgo húmedo me serena antes de acercarme al grupo, que revolotea alrededor de la barbacoa de piedra como avispas hambrientas.

Reconozco enseguida a Marcos, por su altura, y a Alejandra, por su generosa delantera.

Carla y yo nos ofrecemos enseguida a asar verduras a la brasa con más ganas que pericia.

—¿Crees que podremos convencer a alguien de que se coma este? —comento, mirando el pimiento carbonizado que olvidé en la parrilla.

Carla, absorta en su conversación con Marcos, no me oye. Aprovecho para tirarlo a la basura.

—¿Te ayudo? —pregunta una voz pausada a mi espalda, mientras una mano levanta la tapa metálica del cubo sin esperar mi respuesta.

Es un desconocido. Ninguno de mis amigos lleva un reloj de pulsera con doble información, analógica y digital, y aspecto de resistir a la caída de una bomba atómica.

Me giro y me topo con un hombre alto, que me saca una cabeza.

Lleva una gorra con el logotipo de los Yankees de Nueva York, una camiseta verde que realza el color de sus ojos y unos vaqueros gastados.

A su lado, un perro bastante grande, de color marrón y negro, mueve la cola.

Retrocedo un paso para alejarme del animal.

El hombre lo ata con la correa para mantenerlo a raya.

—Soy Isaías, en la boda estábamos en la misma mesa —dice, dándome dos besos.

Su olor es intensamente masculino; una mezcla de hierro fundido, carne a la brasa y sudor fresco, una de las feromonas más potentes para las mujeres, aunque la industria perfumera se empeñe en vendernos que los hombres nos gustan oliendo a flores.

—Alicia, ¿verdad? —continúa—. Tu cara ya me sonaba en la boda. Creo que nos hemos cruzado antes en otro sitio.

—No sé, tengo una cara bastante anodina.

Él se ríe e insiste en que debe haberme visto antes, tal vez por el barrio.

—No lo creo. Además, me mudé hace unos meses a un piso en Alcorcón —puntualizo, como si eso fuera una razón suficiente para que no me conociera.

Su tono amable y sus armónicas y atractivas facciones invitaban a hablar de más y sin darme cuenta la hipervigilancia con la que resguardo mis secretos se ha disipado.

—¿Ya conoces a Isaías Conache? —pregunta Marcos, acercándose con Alejandra y Carla.

—¿Conache? —repite Carla, curiosa.

—Sí, su nombre se escribe sin tilde y con «h» al final: Isaiah. En realidad, se pronuncia algo así como «Aizea» y no le gusta que lo mencione porque lo obligo a dar explicaciones.

Menos mal que no expresé en voz alta que nunca había oído el apellido Conache.

Las pastillas me atontan. Carla pregunta si es inglés, mientras yo me entretengo observando el rostro esculpido a cincel de Isaiah con «h».

Repaso su nariz de base ancha, las aristas de su mandíbula y las limpias líneas que delimitan sus rasgos.

—Mi madre es yanki —nos explica con un gesto de resignación, curvando unos labios perfectamente definidos.

—¡De ahí ese aire de cowboy !

Creo que su imponente físico, su piel morena y su olor motivaron mi comentario.

—Lo han llamado de todo —dice Marcos con tono paternalista, dándole una palmada en la espalda a su amigo—, pero eso es la primera vez que lo oigo. ¡Isaiah, saca el lazo!

Marcos señala a unas vacas que casualmente pasan cerca de nosotros. Todos se ríen, excepto yo, que lo hago unos segundos después, cuando me doy cuenta de que se refería a un lazo para la doma.

A la hora de marcharnos, me meto deprisa en el coche para no despedirme repartiendo muchos besos.

Carla propone quedar otro día. Se dirige a todos, pero sus ojos buscan a Marcos.

Él responde que conoce un local en algún sitio que no escucho porque Carla ha cerrado la puerta del coche, dejándolo con la palabra en la boca.

La conozco, por su reacción Marcos le ha gustado.

Debe ser recíproco, porque él ha estado pendiente de los movimientos de mi amiga durante todo el día.

Se lo hago notar en cuanto tomamos la primera curva.

—¿Verdad? Lo llamaré. Aunque seguro que tiene alguna tara, con el ojo que tengo yo para los hombres.

—No seas negativa. Lo único es que tiene pareja.

—Es un ligue de verano. Ella casi podría ser su hija.

—¿Vas a pasar de salir con el poder judicial a los cuerpos de seguridad del Estado?

—Bah, accedí a quedar con aquel juez porque quería pedirle consejo sobre unos casos. Por cierto, ¿qué tal el cowboy ?

—¡No te rías! Dije lo primero que me vino a la cabeza —y añado, consciente de que lo juzgo sin conocerlo—: No es mi estilo, parece aburrido.

—¡Todos lo son!

No sé si insinúa que todos podrían ser mi estilo porque le parezco tan poco selectiva como ella con los hombres, o si, según su dilatada experiencia, todos los hombres acaban aburriendo.