En tiempo de juego 28 de mayo
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28 de mayo

ISAIAH

Marcos sale de su habitación en pijama, con el pelo alborotado. Le enseño la bolsa de deporte.

—¿Te animas?

—¿A la piscina? No. Anoche bailé mucho en la boda. Por cierto, algunos invitados van a organizar una barbacoa en la Sierra. Alejandra quiere ir.

—Esta mañana la he visto de camino al baño, vaya resaca. ¿Está mejor?

—Todavía no le ha cogido la medida al alcohol. —Se encoge de hombros—. ¿Qué crees que le vendría bien?

—Una colleja, y otra para ti por asaltacunas. —Intento darle un golpe en la nuca, pero se aparta, riéndose de mi comentario.

—No, en serio.

—Que pruebe con una infusión de menta o de jengibre —le aconsejo mientras me dirijo hacia la puerta.

—¡No las veo! —grita Marcos desde la cocina, justo cuando estoy a punto de salir.

Alejandra protesta por el ruido. Regreso para no molestarla con otro grito.

—Están en el estante de la derecha, ocupando parte de tu armario.

—Ya te avisé de que no tenías espacio para tantas infusiones —refunfuña, llamándome Mr . Brebajes, con acento americano.

En el polideportivo me encuentro con el encargado desde mis años universitarios. Nos quedamos charlando un rato. Es una de las razones por las que me siento a gusto aquí.

Después de unos largos, remoloneo bajo la ducha de efecto lluvia, recordando mi primera experiencia en una piscina.

Recién llegado a España, mis compañeros de clase me lanzaron al agua como parte de un bautismo improvisado.

Fue un gesto bienintencionado y a la vez problemático: yo había sido criado en secano y a ellos se les olvidó preguntar si con doce años ya sabía nadar.

Me hundí hasta el fondo y al salir a la superficie, boqueé desesperado.

A partir de ese día, evitaba incluso los charcos, por eso le pedí a mi padre que me inscribiera en cursos intensivos.

Hoy me enorgullezco de haber llegado a competir a nivel nacional con el equipo de la facultad.

Me seco y miro el reloj antes de salir del polideportivo.

Tengo tiempo para ir dando un paseo hasta la pizzería italiana que Marcos propuso para cenar.

Descubrimos ese restaurante hace unos meses; su dueño, un economista reconvertido en pizzero, nos explicó con pasión el secreto de las auténticas pizzas.

Aunque no reveló nada nuevo, como buen italiano nos las vendió muy bien y por eso vamos a degustarlas mientras charlamos.

—¿Vienes a la barbacoa? —pregunta Marcos, estirando un hilo de queso desde la base de la pizza hasta su boca.

—No lo sé. Por tu cara adivino que tú sí vas.

—Sí. Carla, la hermana de Lucía acaba de escribir en el chat que se apunta y está para hacerle un favor.

—Esa expresión es políticamente incorrecta. —Le tiendo una servilleta de papel.

—¡No me cortes el rollo! También me pareció simpática. Tendré que medir bien mis palabras, es abogada penalista.

—¡Cómo te vas a entretener comentando casos con ella! —Sacudo la mano con énfasis—. Aunque, ¿no se supone que vas con Alejandra? Fuiste con ella a la boda.

—Porque quería contenido nuevo para su cuenta y unas fotos en la boda de una familia adinerada eran la oportunidad perfecta. —Eleva las cejas—. Además, en algún momento tendré que dejar de comprar por internet.

Lo repite a menudo. Le encantan las aplicaciones de citas, pero siempre amenaza con darse de baja de todas.

—Tú mismo ampliaste el rango de edad en tu perfil —le recuerdo.

—No todas las chicas de su edad están obsesionadas con hacerse un hueco en el universo de las redes sociales. De todas maneras, Alejandra es muy alegre. —Hace una pausa y agrega—: ¿Y tú qué? Deberías volver al ruedo. Te vas a oxidar.

—Tranquilo, que como mucha fruta y verdura.

—¡Uff! Con ese humor de parroquia es imposible que rompas la relación estable que mantienes con Murph. Tu nuevo mejor amigo te da tantos mimos que últimamente tus planes son todos de sofá, manta y peli.

Marcos fue el artífice de que adoptara a un pastor alemán de la policía antidroga que se jubilaba por problemas de salud tras nueve años de servicio.

Llegó un día exaltado, diciendo que el destino había puesto por fin un perro en mi vida para que dejara de repetirle las viejas anécdotas caninas de mi infancia.

Sentenció que, llamándose Murph, como la protagonista de una de mis películas favoritas, solo podía ser para mí.

Una semana después teníamos en casa a un perro pensionista reclamando caricias.

Veo a mi amigo buscar en su móvil y, al momento, me enseña una foto de Carla en la boda de su hermana Lucía: rubia, de ojos azules intensos, piel clara y salpicada de pecas.

—Se parece a su hermana. ¿Y la chica de perfil es Alicia? —le digo.

—Sí, una morena amiga de las hermanas. Había oído hablar de ella, pero nunca habíamos coincidido. ¿No te pareció que se había fumado algo antes de la boda? —contesta.

Siempre que alguien se comporta de forma extraña, Marcos lo achaca al abuso de sustancias.

—Ni idea, pero su cara me resulta familiar. Debo haberla visto antes en algún lado. —Me rasco la cabeza, esforzándome por recordar dónde.

—Sí, durante tu rotación por el servicio de psiquiatría como médico residente. Hazme caso, esa chica mejor lejos.

—Bueno, todos tenemos nuestro pasado. Míranos, en la treintena y con las mismas conversaciones que a los veinte.

—Las circunstancias, amigo —replica, sin poder ocultar cierta amargura en su tono de voz.

Mientras terminamos las sabrosas pizzas, me arrepiento de ese comentario.

Sonó como si no hubiéramos cambiado, cuando Marcos hasta se casó con una sevillana locuaz de acento pegadizo y se animaron a tener hijos.

Lo que parecía un motivo de alegría acabó siendo el principio del fin.

La obsesión por un bebé que no llegaba consumió la relación, y después de varios tratamientos fallidos comenzaron a culparse.

Yo vivía fuera de España en ese momento y quise ayudar desde la distancia, aunque sin conocer los detalles.

Ignoraba, por ejemplo, que antes de separarse, ella le gritó que se marchaba con un compañero de trabajo porque él no valía para nada.

También desconocía que Marcos, cegado por la ira, lanzó las llaves del coche al suelo, con la mala suerte de que se colaron por un respiradero.

Ella, entonces, amenazó con denunciarlo (creo que el hecho de tener que volver a casa sin el coche y con cuarenta y tres grados de temperatura tuvo algo que ver).

Marcos no quiso quedarse con nada de lo que tenían en común; la odiaba, pero todavía la quería.

Lo dejó todo atrás y solicitó el traslado inmediato a Madrid.