En tiempo de juego 27 de mayo
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27 de mayo

ALICIA

Hoy tengo una boda. La gran boda de Lucía con Santi. Cuando el verano pasado le supliqué a mi amiga que lo animara, ella se tomó esa tarea muy en serio y en un tiempo récord ambos decidieron sellar su amor.

—Mamá, me duele la cabeza; no sé si podré ir —me quejo mientras ella corre las cortinas de mi habitación, diciéndome que Carla ya me está esperando en el salón.

El dolor de cabeza es una mentira a medias; hace una hora las sienes me martilleaban horrores. Últimamente necesito que me obliguen a celebrar algo que no sea unas sábanas limpias donde seguir dormitando.

Saco un pantalón negro de raya diplomática y una camisa blanca de manga larga.

Así oculto la cicatriz en mi antebrazo. Antes de reunirme con Carla, me detengo frente al espejo del pasillo.

Mis ojos siguen siendo los mismos, la sonrisa que los acompaña no lo es: es forzada.

Intento peinar con los dedos mi media melena, encrespada por unas mechas rojizas caseras que apliqué sin demasiado tino.

Hago una mueca a mi reflejo, sentencio que voy vestida de azafata de congresos y entro en el salón.

Huele a lavanda y manzana verde, la colonia de Carla para los grandes eventos.

Está muy guapa con el pelo rubio suelto y un vestido de un diseñador famoso que eligió tras días de búsqueda sin éxito.

No exagero al decir que morir por exceso de oferta es posible.

Recorrió la mayoría de las tiendas de moda de la capital para acabar comprando el primer vestido que se probó.

Con ese elegante vestido y tan maquillada, es idéntica a Lucía.

Cuando salíamos a bailar, ambas acaparaban todas las miradas.

Los rasgos nórdicos están muy cotizados en los países mediterráneos y las hermanas Ayala son como dos muñecas de porcelana de aquella tienda de juguetes madrileña, que obligaba a mi padre a cambiar de acera para no pasar la tarde entre muñecos rechonchos con baberos de puntillas.

Para él, un militar curtido en entornos hostiles y deshumanizados, aquello debía de ser una misión imposible.

Carla, acorde con su exótico físico, ha tenido una vida amorosa prolífica, aunque poco fructífera.

Algunas de sus exparejas bien podrían formar parte del elenco de una serie de bajo presupuesto: el dentista que la espiaba por celos; el ingeniero casado, cuyo estado civil descubrió demasiado tarde; o el último, un economista, dueño de un restaurante italiano, con el que estaba muy ilusionada.

Su defecto insalvable: gritar que era un osito mimoso en el momento álgido del sexo.

Mi amiga es un imán para hombres esperpénticos o de moral dudosa, a los que no rechaza por el miedo irracional que siente hacia la etiqueta de soltera, un miedo que se intensificó durante la pandemia.

De camino a la ceremonia, Carla me cuenta cotilleos, pero apenas le presto atención.

Me da pena, debería estar junto a su hermana en este día tan especial y no aquí, ejerciendo de taxista mal pagada, además de su papel habitual de confidente, cómplice, guía, apoyo incondicional y hermana que nunca tuve.

El evento se celebra en un edificio con una fachada roja de estilo colonial y puertas de color azul añil.

Me recuerda a la hacienda mexicana en la que me alojé con el novio de esta boda en uno de nuestros viajes.

Las flores que adornan el patio crean una explosión de aromas que me levantan el ánimo al entrar.

Carla reparte besos entre los invitados mientras trato de no perderla de vista.

Me siento como un peón de ajedrez movido por un jugador de pobre estrategia.

Saludo a los padres de mis amigas y busco cobijo en la penúltima fila de las sillas dispuestas para la ceremonia civil, evitando convertirme en el perrito faldero de mi amiga.

—Soy Alejandra —se presenta una chica jovencísima, oliendo a chicle de fresa.

Lleva un vestido colorido de estilo boho que combina con unos zapatos de plataforma.

Mi mirada se desvía, por inercia, hacia su escote en forma de corazón, donde sus pechos parecen desbordarse como la masa del último bizcocho de mi madre cuando se salió del molde.

Me ruborizo al instante, convencida de que ha notado dónde estaba mirando.

No parece incómoda; me explica que su compañero Marcos es amigo de Santiago Roca.

Marcos, el policía antidroga. Lo vi en alguna foto de Santi: un hombre muy alto, de piel clara y cabello negro, con canas en las sienes.

¿Es la pareja de esta chica tan joven? No tengo tiempo de averiguarlo.

El oficiante pide a los invitados que ocupen sus asientos: la ceremonia está a punto de comenzar.

Marcos se sienta junto a Alejandra. A su izquierda, alcanzo a distinguir a un hombre de complexión atlética, con ropa informal.

Santi llega al pasillo central del brazo de su madre, sonriendo con simpatía.

Su cabello luce hoy repeinado, como si le hubieran marcado la raya con una maquinilla.

Trago saliva porque una oleada de desazón me ha invadido al verlo.

¿Por qué? Fui yo quien rompió con él, dejándolo en Londres, entre recuerdos, papeles y todo lo que se deriva de ellos: una montaña de basura y un sinfín de gestiones pendientes.

Durante el intercambio de votos, un revuelo me impide escuchar las palabras del oficiante.

Un niño se ha tirado al suelo y llora cubriéndose la cabeza con las manos; su padre no consigue que vuelva a sentarse.

Me asalta el recuerdo de una mujer en la misma postura, junto a un automóvil deportivo.

Soy yo. Siento una opresión en el pecho.

El baño se convierte en un refugio improvisado.

Me siento con los codos apoyados en los muslos y las manos sujetando mi cabeza, respirando con fuerza.

El ansiolítico está perdiendo su efecto; llevo semanas notándolo.

Los recuerdos vívidos no cesan y no consigo dormir.

Tomo otra pastilla y entonces percibo mi olor a sudor.

Arranco un trozo de papel del dispensador, lo humedezco y limpio mis axilas con movimientos rápidos. Salgo con prisa.

Los invitados se han distribuido según el plano de asientos que descansa sobre un bastidor. Mis ojos se detienen en Alejandra, que besa a Marcos. Están en mi mesa, igual que el hombre que se sentó junto a él durante la ceremonia y que ahora se presenta como Isaías.

Huele a brisa marina. Sus ojos verdeazulados me examinan con tanta curiosidad que me siento como un animal de zoológico. Mientras me observa, se pasa una mano por el pelo castaño, corto y crespo, como si intentara recordar algo.

Incapaz de sostener una conversación durante el banquete, opto por el silencio hasta que me parece ver a Lucía saludándome desde lejos.

Antes de darme cuenta, su rostro está frente al mío.

Me abraza, casi envolviéndome con la cola de su vestido de novia, y me da las gracias por haber venido.

O eso creo. Estoy tan desconectada que la velada ha empezado a transcurrir ante mis ojos como un largometraje mudo, en blanco y negro.

A pesar de todo, conservo la lucidez (in)necesaria para soltarle, con la boca pastosa, una reflexión al único que, como yo, no se ha levantado de su asiento para unirse al baile.

—¿No te parece que la vida es como una novela? La diferencia es que en un libro llegas a conocer hasta el último detalle de lo que les ocurre a los personajes. En cambio, en la vida real no hay narrador y lo que llevamos dentro suele ser invisible para los demás.

Él guarda silencio unos segundos, como si sopesara la respuesta. Luego me dedica una sonrisa cortés y contesta:

—En parte eso es bueno. Nos permite celebrar fiestas como esta.

Le devuelvo la sonrisa para que continúe la fiesta.