23 de abril
ISAIAH
Una voz femenina habla de subir una foto conmigo a su red social para ganar seguidores porque estoy muy bueno.
Ese comentario al otro lado de la pared de mi habitación solo puede ser de Alejandra, una aspirante a influencer de diecinueve años y pechos mejorados a golpe de tarjeta.
Marcos la conoció en una aplicación. Me enseñó su foto y, casi buscando mi aprobación, se justificó: «Ella misma me ha dicho que lo nuestro es una situationship ».
Así me enteré de que a la relación sin etiquetas de toda la vida se la llama ahora con ese nombre anglosajón.
Escucho a Marcos contestar que, ya que estoy tan bueno, podemos hacer un trío.
Ese humor, irreverente y canalla, siempre me deja sin palabras.
La broma es recurrente. La primera vez, asustado, le pregunté si hablaba en serio; solo obtuve como respuesta una sonrisa guasona.
Le gusta jugar conmigo y, después de años compartiendo piso, he llegado a la conclusión de que el juego se queda en las palabras.
Alejandra no parece escandalizarse. Acaba de responder que «la renta», una expresión que interpreto como «me parece bien».
Esa no debe de ser la reacción que Marcos esperaba, porque enseguida se retracta proponiendo algo más inocente: un selfi de los tres poniendo morritos.
Extrañamente, este nuevo plan sí logra alterarla.
Replica que los duck faces , esas poses con los labios en pico de pato, ya están pasadas de moda y que ahora lo que triunfa son los scrunch faces , la cara fruncida de forma cómica.
Niego con la cabeza como un hombre mayor incapaz de comprender las formas de comunicación de los jóvenes.
Por fortuna, los términos me suenan, mi amigo se encarga de mantenerme al día.
Salgo de la habitación con Murph pisándome los talones. Mi pastor alemán sale disparado hacia el salón, encantado de saludar a una cara nueva. Este perro suspende como guardián y saca nota como tierna mascota.
En la cocina me preparo un té verde que, según Marcos, sabe a hierba mojada.
Mis labios se arrugan como los de un conejo con cada sorbo, pero estoy decidido a darle una oportunidad a esta sana rutina.
Entro en el salón con la taza en la mano y saludo a Alejandra, que viste un chándal tres tallas más grandes de lo que le corresponde. Marcos me sonríe y dice:
—Me alegro de que te hayas animado a venir a la boda de Roca, lo pasaremos bien.
—Sí. Aunque me parece raro que me haya invitado. No hemos hablado desde lo de su hermano y no lo he visto nunca en persona.
—No lo has visto por tu alergia a los locales donde se baila. De todas maneras, la pregunta sería quién no está invitado. Es una boda de cuatrocientas personas y todavía te está muy agradecido.
Recuerdo aquel episodio con claridad. Mientras el hermano de Santiago Roca estuvo ingresado por el virus, estuvimos en contacto por teléfono. Él se mantuvo optimista hasta el final.
—¿Te da tiempo a ir al supermercado antes de misa? —pregunta Marcos sacándome del amargo desenlace.
La palabra «misa», en boca de Marcos, provoca que Alejandra me mire ojiplática, como esperando una explicación.
Y no me importaría dársela. No es que me considere un evangelizador que deba animarla a asistir.
Simplemente no me gusta esconder las costumbres que me hacen sentir bien, y acudir a la iglesia los domingos es una de ellas.
El ideal tan sencillo y, a la vez, tan complejo, de amarnos los unos a los otros, el sentido de comunidad que surge al congregarnos con un mismo propósito y la atmósfera de paz de un lugar sagrado que invita a pausar el tiempo, me ayudan a reconectar con un Dios que, admito, a veces doy por muerto durante el resto de la semana, incapaz de comprender sus designios.
Sin embargo, incluso en mis días más escépticos, estoy seguro de que existe un creador.
Mi fe se apoya en la ciencia que ha confirmado que el universo tiene un final y, por ende, un principio.
A eso se suma que bastaría una mínima variación en cualquiera de sus parámetros para que yo no estuviera aquí, dedicado a una tarea tan humana como prosaica: recordar qué nos falta en la despensa.
Marcos me mira con impaciencia.
—Si vas al súper, no compres más desinfectantes; no creo que hacer acopio sirva de mucho en caso de apocalipsis. Puedo compartirte nuestro inventario por Qhay. ¿Te has bajado la aplicación?
—Todavía no.
—Pues ayuda a crear listas de la compra, es muy práctica, como todo lo que diseñaba el hermano de Roca.
—Ok, luego me registro. Ahora hacemos la lista a la antigua usanza. ¿Alguna petición especial?
—Servilletas. Siempre se nos olvidan, y acabamos limpiándonos con el rollo de cocina que es como papel de lija.
—Ok, pero deberíamos usar servilletas de tela, las de papel se terminan enseguida.
Alejandra deja escapar una risita, olvidando por completo preguntar por mi inusual plan dominical. Debe resultarle cómico vernos discutir sobre los pormenores de las tareas domésticas.
Salgo de casa arrastrando el carrito de la compra. Mi móvil vibra: es un mensaje de Sandra, la hermana de Marcos.
«Si Marcos no está en casa, ¿me paso esta noche?».