22 de abril
ALICIA
Hoy se cumplen tres meses de aislamiento voluntario en casa de mis padres, adonde me trasladé tras el alta médica.
Durante este tiempo, he intentado vivir la vida de los otros, la de los personajes de las series de televisión.
Me he obsesionado con olvidar. En realidad, no pido mucho, pues no recuerdo nada del episodio violento.
Y, paradójicamente, es la incertidumbre sobre lo que pudo suceder justo antes de que él me apuñalara lo que me ahoga.
¿Suena complejo? Pues esa es la interpretación de una psicoterapeuta.
La mía es más retorcida: muchas noches me inflijo daño visualizando toda clase de horrores en mi piso al que, según la policía, subí con él.
¿Suena terrible? Lo es, y no me quejo; yo misma deseé que ocurriera cuando, la noche del atropello en Londres, una voz casi bíblica me susurró: «Alicia, te mereces ser castigada».
Es posible que desde entonces haya actuado en consonancia con ese deseo, buscando cumplirlo.
Por eso el universo, en pos del equilibrio, me lo concedió y le estoy agradecida: al universo y a él .
En mi mente, él , el hombre que me apuñaló está en cursiva, como si así remarcara la importancia de resguardar su identidad.
Cuando estoy a punto de quedarme dormida, recibo un mensaje en mi móvil; debe de ser de Carla.
Viene a visitarme a menudo para reír, llorar y, según sus propias palabras, defender mis intereses desde que mis padres acudieron a ella para que así lo hiciera.
Es mi amiga y mi abogada, y la única persona, junto con mis padres, que sabe que mi ingreso en el hospital este enero por una supuesta apendicitis fue en realidad consecuencia de un ataque con arma blanca.
Una mentira más. Desde aquella madrugada en Londres, mi vida está llena de ellas, formando ya una bola de nieve.
El mensaje, sin embargo, es de mis padres, animándome a dar una vuelta con ellos.
Mi instinto de supervivencia grita que tienen razón, que no debería confinarme de forma autoimpuesta.
Para silenciarlo, me voy a dormir. Pero el móvil, un aparato que hace sonar el diablo en los descansos, suena de nuevo.
—¡Hay un sospechoso! —me informa Carla con júbilo.
—¿Tan pronto? —pregunto, esperando que no haya notado que, si por mí fuera, la vacante para el puesto de culpable seguiría eternamente abierta.
—Es un hombre que entró en prisión provisional por un delito similar. También utilizó un sedante con la víctima. Han cotejado su foto con la imagen de un individuo captado por la cámara de un local frente al pub, unos minutos antes de tu cita y, voilà , todo apunta a que es la misma persona.
Una paloma se posa en el alféizar de mi ventana; pocas veces es bienvenida con algo que no sean pinchos metálicos, pero al menos es libre.
Yo no. Yo soy presa de mis mentiras y mis omisiones.
Hay un dato que no me he atrevido a corregir durante la investigación: él no me drogó en el pub con un sedante.
Los análisis que me practicaron en el hospital dieron positivo en alprazolam, un potente ansiolítico, porque lo tomo a diario desde que un médico me lo recetó para dormir.
Por eso, conservo la esperanza de que la policía se haya equivocado de hombre y él siga suelto.
ISAIAH
Mi amigo Marcos intenta que lo acompañe a un bar de copas. Al ver que no voy a dar mi brazo a torcer, se encamina hacia la puerta de nuestro piso de dos dormitorios, un baño y una cocina independiente del salón.
Me empeñé en rechazar todos los inmuebles con cocinas abiertas porque son un asco para los olores.
Ese concepto de espacio único, nacido en Estados Unidos en los años cincuenta y luego importado a Europa por las inmobiliarias para hacer las casas más atractivas, no lo comparto.
En la práctica, en España, donde las viviendas son pequeñas, se traduce en remover el guiso desde el sofá con una mano mientras cambias de canal de televisión con la otra.
El dormitorio de Marcos da a una calle tranquila; el mío, a un patio interior que, irónicamente, se ha convertido en la fuente de los olores culinarios que tanto quería evitar.
Las vistas al tendedero de la vecina son parte del precio que pagué por elegir la ubicación.
Mereció la pena, me gusta su cercanía a la piscina universitaria y que el propietario aceptara que Murph, mi perro desde hace dos años, se uniera a nosotros.
Busco el mando de la televisión y me siento en el sofá con una infusión.
Murph mueve la cola y se acurruca a mis pies, satisfecho con mi plan casero.
Presiono el botón de reproducción para continuar viendo una serie policíaca e intento imaginar a Marcos como protagonista.
Debería ser fácil, en la vida real es subinspector de la unidad de drogas y crimen organizado de la policía, aunque también es un juerguista empedernido y por eso me cuesta verlo en una comisaría.
Le pregunto a menudo sobre su trabajo. Me intriga.
Él guarda silencio. Por ahora no he conseguido sonsacarle si, como en las series, tiene colgado en su oficina algún tablero con fotos y pistas de los narcotraficantes más buscados.
Ahora que lo pienso, ni siquiera sé si tiene oficina.
He bromeado incontables veces con que en realidad es un espía y que yo vivo en la ignorancia hasta que me convierta en un daño colateral de una de sus peligrosas misiones.
Él ni confirma ni desmiente, lo que me mantiene en vilo.
Lo más curioso es que, fuera del ámbito laboral, a mi amigo le encanta compartir cotilleos.
A Marcos lo conocí en el instituto hace diecinueve años.
Yo acababa de llegar a España desde Estados Unidos.
Mi padre había aterrizado en los años noventa en aquel país con un doctorado en física bajo el brazo; un científico loco que se atrevió a cruzar el charco, impulsado por la promesa de un futuro brillante.
Durante su primer verano en la Universidad de Iowa, conoció a una joven rubia de ojos azules, de veinte años. Yo soy el fruto de aquel invierno especialmente frío y largo que azotó el estado y que los llevó a arrimarse más de la cuenta.
A los padres de mi madre, productores de maíz en la América profunda, debió atragantárseles hasta el último grano de su cosecha al enterarse.
Mi madre les había ocultado el embarazo y cuando este se hizo evidente, huyó con mi padre a un piso de la universidad.
Como consecuencia, mis abuelos no supieron de mi existencia hasta después de mi nacimiento, cuando una infección pulmonar fue el origen de un chismorreo que comenzó en el departamento de pediatría del hospital de Iowa City y se propagó hasta el último eslabón de la cadena: la familia Hansen, grandes terratenientes de la zona.
Mis abuelos debieron sorprender a propios y extraños al acoger a mi padre como uno más de la familia.
Era un hombre mestizo, hijo de una guineana, con acento hispano que, en aquella época, se asociaba a inmigrantes de pocos recursos.
Tras la boda, nos trasladamos al rancho familiar.
Allí disfruté de una infancia despreocupada, jugando entre maizales con mis primos y los animales de la finca y acudiendo a la iglesia cada domingo, rodeado de una comunidad muy acogedora.
Pero, con el tiempo, las circunstancias cambiaron y creo que mis padres no se adaptaron a ellas.
Mi madre aparcó la rebeldía de los primeros años y disfrutaba de la compañía de sus progenitores.
Mi padre, por su parte, hacía méritos para conseguir un puesto permanente en la universidad y dormía en el rancho solo los fines de semana.
Desconozco si mi madre se desencantó de su amor de juventud; lo que sé es que, con doce años, mi padre me sentó por primera vez en un avión con destino a España, con la promesa de que mi madre se reuniría con nosotros.
Mi padre encontró trabajo como analista de datos y, pasado un mes, mi madre aterrizó en Madrid. No obstante, a la semana compró un billete y se fue sin fecha de vuelta, aunque de eso no quise enterarme hasta un año después.
Ella se casó por segunda vez y tuvo otros dos hijos que monopolizaban sus días y noches.
Las llamadas telefónicas se fueron espaciando.
Cuando intentó retomar el contacto, yo luchaba contra mis demonios adolescentes, que me envenenaban con la idea de que mi madre era uno de ellos.
Ahora comprendo que, en aquellos años rebeldes, no existían los grises, solo el blanco y el negro, y ella acabó en el lado oscuro.
Durante mis primeros años en España, con el pelo afro, un nombre difícil y un curioso acento anglo-mexicano-cubano, fui blanco de burlas en el instituto.
Mi carácter pasivo evitó los enfrentamientos, por lo que no conservo recuerdos de grandes trifulcas.
Además, la personalidad desenfadada de Marcos me ayudó a integrarme.
Recuerdo con cariño los fines de semana en su casa de la Sierra de Guadarrama, disfrutando de la compañía de su familia, que siempre me hizo sentir como en casa (especialmente Sandra, la hermana mayor de Marcos).
Años después, mi amigo y yo alquilamos un piso cercano al campus universitario y, tras una pausa de un lustro, en la que él estuvo destinado en Sevilla y yo viví un tiempo fuera de España, retomamos nuestro bromance , como siempre denominamos, entre risas burlonas, a nuestra estrecha amistad (no sexual).