20 de enero
ALICIA
Un jersey azul, unos pantalones grises, mi cabello negro bien alisado y el maquillaje me dan un aspecto decente.
Releo en el móvil algunas de las conversaciones con Íñigo, un chico de ojos marrones y barba poblada.
Lo conocí por ESlove. Conectamos enseguida y con sus elaborados textos ha conseguido mantener a ratos mi mente en otra parte.
A veces parece más mentalista que periodista.
Por suerte, solo a veces; si conociera todo de mí, no me estaría arreglando para verlo esta noche en persona.
Íñigo: «Me ha pasado algo muy extraño. Nunca he creído en los videntes o adivinos, hasta hoy.
Estaba en el parque, comiendo pipas en un banco con un colega, como dos “ninis”, cuando se nos acercó un sintecho pidiéndonos unas monedas.
Entre mi amigo y yo le dimos cuatro euros para un bocadillo.
Antes de irse, me agarró del abrigo y dijo: “Le gustó mucho que la leyeras y que hayas vuelto a escribir”.
Le pregunté cómo demonios sabía que mi madre, antes de fallecer, me había dejado una carta animándome a seguir con mi novela.
Ni siquiera mi padre conocía su existencia.
Ella la había escondido entre los cuentos infantiles que escribió para mí porque sabía que sería lo primero que miraría tras su funeral.
Ese hombre no me respondió y solo pude observar cómo se alejaba con su carrito.
De camino a casa no dejaba de pensar: se lo tengo que contar a la chica que he conocido por la aplicación. Sigo atónito».
Yo: «Me ha sobrecogido tu relato. ¿Es uno de los capítulos de tu novela?».
Hace tiempo que me interesan las vivencias fuera de lo común, unas experiencias insólitas que no descarto sean manifestaciones de lo que se oculta al otro lado de lo visible.
Todo empezó mientras trabajaba en una cafetería durante la carrera.
Un día mi jefa me aseguró que uno de los clientes predecía el futuro.
Me giré y la miré primero a ella con compasión, pensando que se había vuelto loca.
Luego, por curiosidad, le eché un vistazo al supuesto adivino y contra todo pronóstico resultó ser un hombre de negocios elegantemente trajeado.
Todavía no entiendo cómo me dejé liar para hablar con él; supongo que es cierto aquello de que «la curiosidad mató al gato».
Tanto, que accedí a enseñarle las manos.
Las rozó una sola vez, levantó la vista y no dijo absolutamente nada.
Ni una palabra. Probablemente sus ojos eran fríos e inexpresivos cuando se disculpó diciendo que tenía prisa y se fue, aunque ahora en mis sueños siempre los veo atemorizados.
¿Imaginaciones mías? ¿O acaso tuvo una premonición y adivinó mi futuro?
*
La cita con Íñigo es en un pub irlandés en la esquina de mi calle.
El olor a malta y whisky me da la bienvenida.
El local, revestido de madera oscura, tiene ese aire acogedor, casi nostálgico, de los salones de nuestros abuelos.
Fotos en blanco y negro decoran las paredes y lámparas de tulipa de cristal iluminan la barra, donde unas mujeres celebran una despedida de soltera.
La novia lleva a modo de velo un mantel de encaje de bolillos, como los que se tejen en Galicia.
Sus amigas, que ocupan todas las sillas altas de la barra, beben pintas o hacen fotos a diestro y siniestro.
Aunque de siniestras tienen poco, pues visten camisetas rosas con unicornios de purpurina estampados.
Mientras espero a Íñigo, la falta de luz en el local empieza a preocuparme.
Dudo que pueda identificarlo. Quizá debería haber elegido un lugar menos íntimo, por ejemplo, un centro comercial con luces blancas asépticas y cegadoras.
Aunque esto último no es lo más idóneo si de verdad quiero distinguir a mi puñetera cita.
«Puñetera» porque sigue sin aparecer, concediéndome más tiempo para dar vueltas al asunto.
Me pregunto si alguno de los presentes reconocería a Íñigo si resultara ser un despiadado asesino.
¿Acaso existen los asesinos piadosos? Los que matan con pena.
Probablemente no. Ningún desalmado asesina con piedad y, de ser mi cita un criminal, nadie aquí lo identificaría.
La clientela tiene los ojos pegados a las pantallas.
Penumbra y pocos observadores son una mala combinación.
Me consuelo pensando que con suerte mi cita aparecerá en las instantáneas de las mujeres de la despedida.
Miro otra vez a mi alrededor; un hombre me hace señas. Lo reconozco enseguida por su barba y la línea sin pelo que cruza su ceja: es Íñigo. Se ha sentado en una mesa mejor iluminada. Buena idea. Salgo de mi madriguera.
Él me recibe con dos impetuosos besos, mientras su voz melosa intenta borrar cualquier incomodidad.
Está ansioso por agradar. Huele intensamente a cumarina, un aroma que conozco bien: fue la primera molécula de síntesis en perfumería, recuerda al heno recién cortado con un matiz atabacado.
Sin embargo, en él, este matiz es demasiado intenso; probablemente su perfume sea un burdo intento de enmascarar el olor de alguien que se ha fumado un cigarrillo y no desea que se le note.
¿Entonces por qué escribió que detestaba a los fumadores cuando le dije que el olor a nicotina me resultaba desagradable?
Le sonrío. Embustero o no, seguro que es mejor persona que yo.
Algo que no parece complicado, sobre todo si, como en mi caso, ya has matado a alguien.
ISAIAH
Me llamo Isaiah, un nombre difícil de pronunciar incluso en inglés, por eso, para la mayoría soy Isaías.
Así evito explicaciones innecesarias. Vivo en España, aunque nací en Estados Unidos hace treinta y un años.
De pequeño, me gustaba ayudar a mis primos cuando se hacían daño; me convertía en una ambulancia improvisada, arrastrándolos hasta un hospital imaginario en el segundo piso de nuestra casa.
Mi padre gritaba que no los subiera por las escaleras porque los iba a desgraciar.
Luego, divertido, me ayudaba a cargar al “paciente”, aunque, bien mirado, no era más que una pobre víctima de mi inocente juego.
Un set de primeros auxilios, regalo de mis abuelos, y un libro con ilustraciones del cuerpo humano avivaron mi sueño infantil.
Hoy, aquel sueño es mi realidad diaria. Trabajo como médico en el servicio de asistencia municipal de urgencias y rescate de la Comunidad de Madrid, más conocido como SAMUR.
Prestar ayuda no solo es mi profesión, sino un compromiso que ocupa gran parte de mi tiempo.
Ese resumen podría servirme como presentación en el perfil de alguna de las aplicaciones de citas en las que mi amigo Marcos lleva meses intentando que me registre (y yo, todo ese tiempo, poniéndole pegas).
La voz del médico coordinador del SAMUR me rescata de mis ensoñaciones.
Informa de una mujer agredida con arma blanca que presenta hemorragia abdominal en los soportales de un bloque de edificios a siete minutos de nuestra posición.
Andrea, conductora y técnica de emergencias, confirma por radio que estamos en ruta.
Me abrocho el cinturón y Luis, mi compañero, pregunta si sabemos la edad de la paciente.
A menudo salimos con datos parciales; en mi mente resuena el dicho que solía repetir mi madre: « The devil is in the details », que significa que los pequeños detalles son los que suelen causar problemas.
Desde la ventanilla, observo la oscuridad bien iluminada de la capital y asiento, dándole la razón a mi madre.
Activamos la sirena, el sonido que marca el inicio de nuestra carrera. En una urgencia, cada segundo cuenta y nuestro objetivo es reaccionar con rapidez ante eventos que se suceden, se superponen e incluso se simultanean.
A veces me gusta pensar que, al desplazarnos a gran velocidad, dilatamos el tiempo, como si los postulados de la teoría de la relatividad fueran perceptibles en nuestra rutina diaria.
La realidad, sin embargo, es que, según las leyes de la física, moverse rápido apenas retrasaría el tiempo un segundo cada mil millones de años.
Inapreciable. Por eso sigue su curso inexorable y para medirlo pongo en marcha el reloj en mi muñeca.
A mitad de camino, una furgoneta de reparto nos bloquea el paso con las luces de emergencia parpadeando.
Luis chasquea la lengua y se queja de que la emergencia es la nuestra.
Andrea sube las ruedas de la ambulancia a la acera para sortear el obstáculo y pasar sin contratiempos.
Miento. Perdemos algunos segundos según mi cronómetro.
Frente al bloque de edificios, el reflejo de unas luces azules en el parabrisas nos indica que la policía ya está en el lugar.
En los soportales, una anciana se aferra a un agente, explicando que abrió su ventana al escuchar el grito de una mujer.
Otro agente, con la ayuda de un civil, presiona con una toalla la herida de la víctima.
En el suelo, un cuchillo ensangrentado, una prenda y un teléfono móvil que emite las instrucciones de un médico de nuestra central.
Me agacho junto a ellos, agradecido por su ayuda.
—¡El del teléfono lleva media hora diciendo que la ambulancia está en camino! —grita el civil, gesticulando con desesperación.
—Ya nos ocupamos, gracias.
Me acerco a la paciente para tranquilizarla y revisar sus constantes vitales.
Informo al equipo de una herida con posible afectación del hígado, de otra en el antebrazo izquierdo que no reviste gravedad y de que por el tamaño de la mancha ha perdido aproximadamente un litro de sangre.
Cada movimiento que realizamos está calculado para lograr una buena estabilización hemodinámica antes de trasladarla al hospital.
Lo último que veo de la chica, mientras se la llevan por la puerta de urgencias, son sus largos mechones color azabache enredados entre las vías intravenosas. Detengo el cronómetro de mi reloj y me sumerjo en mis cálculos mentales, hasta que Luis, mi compañero, se acerca protestando:
—¿Ese señor creyó que nos teletransportábamos? Nuestro tiempo medio de respuesta es de ocho minutos y hemos llegado en siete.
—Siete minutos y cuarenta segundos. Se le haría eterna la espera —razono, consciente de que nuestra percepción del tiempo en situaciones adversas se distorsiona.
—¿Por cuarenta segundos?
Le doy una palmada en la espalda y le digo que hemos hecho un buen trabajo. La cara cansada de Luis se ilumina por un instante, como en los viejos tiempos. Aún arrastra el desgaste de los años de pandemia.
—Un buen trabajo se merece un buen descanso —contesta con convicción—. Por cierto, me alegro de que te arrepintieras de haber dejado tu puesto, se te ha echado de menos estos últimos meses.
Una alarma me arranca del descanso en la base del SAMUR.
Sacudo la cabeza para librarme de los últimos fotogramas oníricos y subo a la ambulancia.
El chasquido de la hebilla al encajar en el cinturón de seguridad me despeja del todo y, a la vez, activa un clic interno.
La chica de pelo negro a la que atendimos por una puñalada repetía en mi sueño una frase: «dijo infinito».
La palabra «infinito» no me sorprende, por su relación con el tiempo; lo inusual era mi obsesión por no olvidar esa frase al despertar.