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26 de diciembre

ALICIA

Desde que comenzaron las fiestas navideñas, Carla no para de insistir en que me registre en una nueva aplicación de citas.

Está convencida de que conocer a otros hombres (aunque ella lo disfrace de «gente interesante») me ayudará a salir de casa.

La plataforma se llama ESlove y prioriza gustos y conversación por encima de la atracción física.

Solo permite una foto que se vuelve nítida a medida que chateas.

Suena a tienda gourmet que promete delicatessen y acaba siendo otro fast food del amor.

Antes de mudarme a Londres, estaba registrada en una aplicación muy conocida: un auténtico mercado de ganado en el que solo gané decepciones.

Al principio, me dejé llevar por la emoción de quien entra en una tienda recién inaugurada y me ilusioné con un chico cuya pasión era criar periquitos.

Tras un par de citas, se ofreció a enseñármelos.

Mis amigas fueron unánimes: «Es un pretexto original para llevarte a la cama».

Al final, accedí (a ver a las aves). Error de principiante.

Los periquitos piaban en su salón mientras él aseguraba que eran tan inteligentes que no necesitaba televisión para entretenerse, algo poco compatible con mi afición a las películas de ciencia ficción.

Cuando el olor ácido de las deposiciones de esas aves alcanzó mi nariz, salí volando.

Al día siguiente intenté compensarlo enviándole un saco de comida para sus aves.

Carla vuelve a enviarme un audio animándome a registrarme; dice que me ayudará a olvidarme de Santi y de Londres. Si algo deseo es borrar los últimos meses, así que completo mi perfil en la aplicación y me preparo un baño con sales.

El olor a romero alivia mi tensión, mientras la radio insiste en que todo lo que necesito es amor. Me río ante la ironía con tanta fuerza que mi vecina debe haberme oído a través de la rejilla de ventilación.

Últimamente, paso del llanto inconsolable a la risa histriónica con la misma facilidad que un bebé. No creo que de una regresión de tal magnitud salga nada bueno.