16 de agosto
ALICIA
Hoy la pastilla pareció perder parte de su efecto.
Sentía la cabeza llena de ese algodón azucarado, pero el corazón me latía acelerado y no descansé bien.
A media tarde conseguí dormir la siesta y me acabo de despertar bruscamente en el sofá, con la boca seca, dolor de cuello y Santi en el recuerdo, tan vívido que lo conjugaría en presente si no fuera porque duele.
Usar el pasado me da la distancia y la conclusión que necesito.
Hace casi un año y medio subía la escalerilla de un avión con destino a Londres, ilusionada con un proyecto que financiaba una multinacional perfumera.
Iba, además, con la intención de saborear cada instante, después de unos años en los que un virus se dedicó al turismo interespecie.
Esa Alicia audaz quería quemar la ciudad cuatrocientos años después del gran incendio.
Sin embargo, lo único que quemó las primeras semanas fueron las tarjetas de crédito, que echaron humo por los disparatados precios.
En esas estaba, gastando mi sueldo en mis necesidades básicas, hasta encontrar una habitación a un precio que me permitiera seguir comiendo y durmiendo, cuando recibí un audio de un número desconocido.
«Soy Santiago Roca. Tu amiga Carla me ha pasado tu número. Tengo una habitación para ti. El arrendador es amigo mío y su inquilino se va en unos días. Llámame, puedo enseñártela esta tarde. Te gustará. Ciao».
Lo llamé sin sospechar que la habitación estaba en su propio apartamento.
No lo imaginaba compartiendo piso (ni nada en general).
Me habían presentado meses atrás a ese chico, el hermano de una antigua pareja de mi amiga Lucía, en la inauguración de una tienda de unos conocidos.
Me bastaron treinta segundos, el lapso de tiempo que dicen es suficiente para formarse una opinión sobre alguien y juzgarlo, para etiquetarlo de arrogante y camelador.
En contraste con su personalidad, tan irritante como el chirrido de un cuchillo al deslizarse sobre el cristal, su voz, profunda y envolvente, todavía hacía tintinear algo en mi interior.
De pie, en el centro de su luminoso salón, en el corazón de Londres, me escuché decir:
—¿Te lo puedo confirmar esta noche? Me gustaría pensarlo.
Lo que tenía que meditar era si quería como compañero de piso a alguien que me había recibido con una insolente sonrisa en la cara.
Si aceptaba, ¿sería capaz de soportar sus críticas cuando algo no le agradara?
¿Pasaría las noches en vela por sus fiestas?
¿Aguantaría sus sonidos salvajes al otro lado de la pared?
Este último extremo lo di por hecho cuando mi olfato percibió su seductor perfume, tan cálido y amaderado.
—¿Te parece cara? Intenta encontrar algo por este precio —contestó, retador, con movimientos expansivos de las manos.
Salí de allí con la idea de declinar la oferta, y no solo porque la convivencia pudiera resultar infernal, sino porque había algo en él muy deseable y a mí nunca se me ha dado bien manejar material inflamable.
Que se lo pregunten a la catedrática de química orgánica, cuya chaqueta de extravagantes flecos terminó en llamas por un pequeño error de cálculo en mis reactivos.
De vuelta en el destartalado hostal londinense al que me había mudado para recortar gastos, el desagüe de la ducha compartida, atascado por una bola de pelos de procedencia desconocida, y el olor a moho negro de mi litera me convencieron de que una convivencia infernal era una opción razonable.
A fin de cuentas, participar en sus fiestas tampoco era una mala idea, por algo había que empezar si quería vivir más intensamente.
Llevaba un mes en Londres y mi mayor aventura había sido comer algo parecido a una empanada en un insalubre puesto callejero frente al laboratorio donde trabajaba.
A los dos días, entré en aquel estupendo piso con mi maleta a cuestas, engañándome con que se trataba de un arreglo temporal.
Santi no decepcionó durante las primeras semanas con su actitud obstinada y sus poses de poder al estilo de Superman. De noche, decepcionó un poco más; las fiestas las organizaba fuera, entrando en el piso de madrugada, aparentemente sin compañía.
Una tarde, llamó a la puerta de mi habitación, donde yo me había atrincherado, y me solicitó ayuda para colgar el portarrollos del papel higiénico.
No pude reprimir una risita por su petición.
Parecíamos una pareja mal avenida discutiendo dónde colocar el dichoso cacharro.
Él, arrodillado con un lápiz sobre la oreja, regla en mano y una liviana camiseta blanca, por si había pasado por alto su bronceado tras un viaje a Italia.
Yo, de pie, igual de pálida que el papel sin reciclar, porque no había salido del laboratorio, a excepción de una visita al parque de Greenwich.
—Santiago, si lo pones ahí, nos vamos a tener que dislocar el brazo para alcanzarlo. Además, la mayoría de la gente es diestra y aconsejan colocarlo a la izquierda del inodoro.
—Soy ambidiestro —respondió, dibujando una cruz en el punto de la pared que le dio la gana.
Ya me preguntaba cuál era mi papel en la tarea, cuando me pidió que midiera la distancia entre los tornillos del aparato para marcar el segundo agujero y después le leyera las instrucciones de colocación.
—¿Y cómo te preparo el café?
No fui yo quien lo dijo con más impertinencia que gracia; fue la bola que se me había acumulado ese mes por no sacar mi genio en pequeñas dosis.
Él ni pestañeó. Tan solo agarró el taladro, insertó la broca y la posicionó en el punto ya señalado para hacer el primer agujero.
Debió encontrar resistencia, porque vi cómo se marcaban sus músculos al ejercer fuerza.
No aminoró la presión, por cabezonería, supongo.
De golpe, el orificio se convirtió en un surtidor de agua, que lo mojó de pies a cabeza, o, en este caso, más cabeza que pies.
Había perforado una tubería y pedía a gritos que cerrara la llave de paso mientras tapaba el agujero.
El chorro de agua resbalaba con persistencia por su tatuado antebrazo, directo a las baldosas.
Le contesté acalorada que la llave estaba atascada.
Seguro que pensó que abandonaba el barco en medio del naufragio cuando salí corriendo.
A mi vuelta, él intentaba girar el dispositivo oxidado.
Lo primero que hice fue colocar en el suelo el recipiente que había encontrado en la cocina.
Al menos parte de la cascada caía en él.
Luego le pedí que desenroscara la tuerca y retirara el mando, señalándole las dos piezas en la llave de paso.
Lo habría hecho yo misma, pero aún tenía la articulación de la muñeca débil a causa de una fractura.
—¡Santiago, haz lo que te digo! Tenemos que girar el eje con esta llave inglesa —le repetí impaciente al ver que me miraba como si acabara de aterrizar desde otro planeta.
No es que en aquella época yo caminara por la calle con llaves inglesas en los bolsillos para que se me abrieran las puertas de aquel país; es que había tenido que comprarla para ajustar las patas de la cama que me había dejado el anterior ocupante, que, o bien tenía el peso de un luchador de sumo o bien había vapuleado muy a menudo el mueble, sin que las dos alternativas fueran del todo excluyentes.
Milagrosamente funcionó: bendito tutorial de internet.
Me senté chorreando en el baño y exclamé que habíamos tenido suerte de que no se tratara de la bajante de agua caliente, porque habríamos salido escaldados.
Luego me entró tal ataque de risa que me dolía el estómago.
Me sorprendió que se sentara a mi lado intentando contener las carcajadas hasta que terminó estallando.
En ese momento, su armadura de soberbia se hizo añicos.
A partir de ahí, nos limitamos a montar el rompecabezas (y a usar el baño del vecino).
Cada día una pieza, cada pieza una palabra.
Conexión. Complicidad. Reciprocidad. Apoyo.
Intimidad. Atracción. El séptimo día vimos que lo que habíamos creado estaba bien y descansamos dando un paseo nocturno por los lugares más emblemáticos de la ciudad.
Mientras contemplábamos el Támesis, apoyados en la barandilla del puente del Milenio, que nos mecía con su ligero balanceo, quise inmortalizar el momento. Saqué el móvil y Santi me lo arrebató.
—Déjame que la haga yo.
Me pasó un brazo por los hombros y con el otro disparó, murmurando que le había costado bastante dinero.
Me sobresalté tanto por sus palabras que tuve que obligarme a no dar un brinco para no poner en peligro el sistema de suspensión del puente.
Le dije que si estaba pagando parte de mi alquiler buscaba otro sitio.
Él acercó a mi oído su boca, que para aquel entonces ya me parecía perfecta, y aclaró que lo que le había costado dinero había sido echar al chico que ocupaba mi habitación porque, desde que me vio en aquella inauguración en Madrid, tuvo claro que aquel encuentro no era el final, sino el principio de una preciosa historia de amor.
Luego me devolvió el móvil, pidiéndome que le enviara la foto para guardar nuestro comienzo.
Y acto seguido me besó, lo besé, nos besamos, o las tres opciones al mismo tiempo.
Esa noche encajamos la última pieza del rompecabezas; la que marcaría el rumbo de nuestras vidas.
Lo que no adiviné en aquel mágico momento fue el tortuoso camino que estas recorrerían.