En tiempo de juego 15 de agosto
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15 de agosto

ALICIA

Carla, la hermana de Lucía, acaba de llegar de sus vacaciones y, antes de su cita, ha subido a celebrar mi nuevo trabajo como profesora en un colegio. Enseguida le pregunto por el suyo:

—¿Tienes noticias del proceso de selección? A ver si tienes suerte y entras en el bufete.

—No sé nada. —Hace un gesto de resignación—. Por ahora, abogada de oficio es lo que tengo. Alguien tiene que defender a los maleantes; también tienen un corazoncito en alguna parte, aunque sea bastante difícil dar con él.

Me alarga un paquete: un bikini que Lucía y ella me han comprado. Me lo pruebo en mi habitación mientras Carla espera en el pasillo.

—¡Ay, cariño, perdón! Pensé que ya te lo habías puesto —se disculpa, girándose al instante para darme la espalda mientras me cubro instintivamente con la tela.

—Ya puedes —le aviso, mirándome en el espejo.

—¡Se te ajusta genial! Te realza la figura.

—Sí, pero a ver cómo tapo este mensaje. —Le muestro las letras blancas sobre el sujetador—. Vaya ideas tenéis… —Niego con la cabeza, sonriendo.

—Fue idea de Lucía. Pensó que te serviría para ligar.

—¡Seguro! Aunque no sé si con el hombre adecuado.

En la cocina, la asalto con curiosidad; quiero que me cuente todo sobre el chico que ha conocido en una aplicación de citas.

Necesito escucharla para acallar mi voz interior.

Me explica que es italiano y la ha invitado a cenar en su casa porque le apasiona cocinar.

Hace un año dejó su trabajo en un banco y abrió un restaurante.

Su abuela napolitana le enseñó el secreto de las auténticas pizzas y por eso siempre huele a pizza recién horneada.

Ese detalle lo añade pensando en mí. Después de licenciarme en Ciencias Químicas, realicé un doctorado en perfumería sintética y pasé varios años investigando moléculas biodegradables capaces de reproducir el olor a tierra mojada y musgo.

Desde entonces, mi olfato se ha vuelto más sensible, o quizá soy yo quien le da mayor importancia.

Aunque siempre digo que es un sentido que deberíamos valorar más, no en vano es el único que se conecta directamente con una zona del cerebro vinculada a las emociones.

Por eso, un olor fija con fuerza los recuerdos en la memoria y también puede devolvérnoslos cuando percibimos el mismo aroma.

Es un recurso bastante útil para personas con tendencia a despistarse, como yo.

De ahí que, desde hace años, no conciba describir a alguien o algo sin mencionar su olor característico.

—¿El chico huele a pan de pizza? ¡Qué rico! —exclamo—. Y además compartís la afición por la cocina.

Mi comentario le recuerda que todavía no ha sacado de su bolsa el brownie de jengibre y chocolate, un postre que cocina exclusivamente para mí desde que me vio chuparme los dedos con el primero.

Adoro cómo el sabor fuerte y decidido del cacao se une al aroma cálido del jengibre y me transporta de inmediato a la Navidad.

Soy una golosa. Santi siempre bromeaba con que no estaba seguro de si estaba con él por su personalidad arrolladora o porque así conseguía acceso ilimitado y vitalicio a los dulces de la empresa familiar.

Al dar el último bocado al delicioso postre, se me paraliza el rostro por el olor a fritanga que se cuela por la ventana, el mismo que inundaba el portal cuando llegamos a nuestro piso en Londres aquel fatídico viernes trece de mayo.

Mi corazón golpea contra mi pecho. Soy solo una espectadora cuando el plato se rompe al chocar con el suelo y el relleno mancha los azulejos.

Salgo corriendo y me encierro en el baño.

Carla, preocupada, afirma desde el otro lado de la puerta que cancela su cita. Me pellizco las mejillas, buscando devolverles color antes de abrir.

—Es un dolor de cabeza, solo necesito descansar. ¡Vete o llegarás tarde!

Mi nariz crece con la mentira, porque desde aquella madrugada imágenes perturbadoras me provocan terremotos emocionales difícilmente controlables.

Cuando consigo que mi amiga se marche, me desplomo en el sofá, tomo la pastilla para dormir que me recetaron hace una semana y cierro los ojos.

Estoy dentro de una nube que huele a algodón de azúcar.

La calma, tan artificial como la molécula de etil maltol que recrea el aroma dulzón de esa golosina de feria, lo inunda todo.