14 de julio
ALICIA
Lucía extiende los brazos hasta tomar mis manos entre las suyas. Estamos rodeadas de flores frescas en una floristería que también sirve café y té, un negocio recién inaugurado cerca de mi piso en Madrid.
—¿Cómo estás?
—Los de la mesa de al lado pensarán que hacemos manitas —sonrío.
—¿Y no es eso lo que hacemos? —responde, sacándome la lengua antes de lanzarme un beso y adoptar una postura expectante, dejando claro que sigue esperando una respuesta.
El aroma de la lavanda que decora nuestra mesa ahoga mis penas y contesto:
—Estoy mejor.
De mi escueta respuesta, Lucía, como buena psicóloga, deduce que en Londres estaba inmersa en el ecosistema creado por mi relación con Santiago y que, tras romper con él, necesitaba reorganizar mi vida porque nada allí tenía el mismo sentido que antes.
Abrazo mi maxibolso como un escudo, escondiendo mis manos bajo mis axilas, para que no note que tiemblan ante ese acertado, aunque parcial, psicoanálisis.
Lucía es muy intuitiva y me conoce a la perfección.
Nuestra amistad se remonta a más de una década, cuando coincidimos en clases de pintura.
Ella estudiaba introducción a la arteterapia durante su primer año en la facultad de Psicología, mientras yo aprendía veladuras al óleo en mi último año de instituto.
La dificultad de la técnica, reservada a pintores como Velázquez o Tiziano, nos permitió intimar y forjar una sólida amistad; amistad que se extendió a su hermana Carla.
Solíamos salir a bailar las tres y nos volvimos inseparables; tanto que alquilamos juntas un piso hasta que, hace dos años, me mudé al que le compré a mi tía a buen precio.
Al poco, me surgió la oportunidad de trabajar en el extranjero.
Lucía me mira desde el otro lado de la mesa, con una mezcla de compasión y reproche.
—Me apena que por un lío sentimental hayas abandonado tu proyecto de investigación en Londres.
Me defiendo explicando que echaba de menos el cielo azul, la comida decente, mi piso y, sobre todo, mis raíces: la familia y las amistades de toda la vida.
—Alicia, ¡yo estoy feliz de que hayas vuelto! Pero no te veo buen aspecto. ¿Estás durmiendo bien?
—A días.
—Recuerda que tu cerebro empieza a hacer cosas raras cuando no duermes, ya sabes... convencerte de que te persiguen.
—Hace mucho que no me pasa.
—Aun así, procura no encadenar demasiadas noches durmiendo poco.
Lucía lleva años diciéndome que consulte a un médico por mis crisis de insomnio. Quizá debería hacerle caso; empiezo a desesperarme. Antes duraban como máximo una o dos semanas; ahora llevo sin dormir bien dos meses, desde el trece de mayo.
Mi amiga toma aire, como si dudara si contarme algo, y dice:
—No sé si sabes que Santiago ha regresado a Madrid. Sus amigos están organizando una fiesta de bienvenida. Necesito saber si te molestaría que Carla y yo fuéramos. ¿Qué ocurrió exactamente entre vosotros?
—Ya os lo dije: la relación no funcionó por problemas de convivencia. Preferí terminarla antes de que las discusiones se volvieran constantes, pero seguimos apreciándonos mucho. Quiero que esté bien.
—¿Seguro que solo fue eso? —Me mira inquisitiva—. Tal como estáis los dos, parece más complicado de lo que quieres hacerme creer.
—De verdad, id a la fiesta y animadlo.