En tiempo de juego 12 de mayo #2
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12 de mayo #2

—¿Cómo no voy a quererte infinito, con todas las cosas interesantes que cuentas, Alicia Rivas? —murmura, antes de susurrarme al oído un verso del musical que vimos en Madrid las pasadas Navidades.

—Santi, tu voz tiene el poder de convertir cualquier cursilería como esta en un distinguido acto. No puedes seguir desperdiciándola en la ducha o en un karaoke.

—Me alegra que te guste —contesta feliz—. ¿Recuerdas tu último karaoke? Llovió una semana entera después de aquello.

—En Londres siempre llueve, aunque te admito que me cuesta llegar a las notas altas.

—Y a las bajas. —Me guiña un ojo.

—Ya sé que no ganaría un concurso de talentos porque mis gallos no los salva ni el autotune, pero tú sí.

—Uy, a mi madre le da algo, ¡imagínate! Su heredero cantante y la prensa destrozando su prometedora carrera política por relacionarse con la farándula.

—Ahora mismo la política y el espectáculo no están tan distantes, aunque tu madre quiera demostrar lo contrario.

La madre de Santi es una empresaria reconvertida en política, que desarrolla su labor con el objetivo de servir a la sociedad.

Esa proclama suena a lema de campaña para ganarse al electorado, pero Santi insiste en que no son palabras vacías.

Lo cierto es que ya gozaba de buena reputación en el ámbito empresarial.

Comenzó gestionando la empresa chocolatera familiar y la transformó en una multinacional del dulce.

El padre de Santi aportó al matrimonio otra empresa, en este caso tecnológica, y juntos formaron un conglomerado y un apuesto hijo que ahora me mira resignado.

—Ali, hasta mi primo, por el que no dábamos un duro, ha montado una empresa de venta de palets por internet. Mejor me dedico a los negocios de día y gano concursos de karaoke de noche.

—Mira qué bien. El Batman de la canción, que solo actúa de noche.

Él se tapa la cara con los dedos a modo de antifaz.

—¡No, en serio, Santi! Cuando cantas, tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no ceder a lo que me pides. —Lo veo reírse maliciosamente y le aviso—: ¡Ni se te ocurra usarlo como arma; que te conozco!

De repente, un grito colectivo recorre el local: el grupo ha salido al escenario.

Nos unimos a Joshua y a Rory, el escocés pelirrojo, dispuestos a zambullirnos en eso que los melómanos llaman «el enaltecimiento colectivo del artista».

Embriagados por la emoción, pasamos dos horas fundidos con la masa que se mueve al ritmo de la música como una sola alma.

Cuando los músicos abandonan el escenario, Santi me abraza por la espalda, exaltado. Enseguida reparo en su aliento a licor.

—¿Te has tomado otra copa?

—Borracho, pero caliente.

—Incompatible.

—Cierto, al llegar a casa lo único que haré será caer rendido en tus brazos.

—En los míos no, en los de Morfeo. Me juraste que si veníamos en coche lo llevabas de vuelta.

—A estas horas no hay tráfico.

—Llamamos a un taxi.

—¿Y dejar el Porsche a la intemperie? ¡Ni lo sueñes! —Se cruza de brazos; tan testarudo como su apellido, un rasgo que se acentúa cuando bebe.

—Te dije que hoy no quería conducir a la vuelta porque estaba cansada; de hecho, solo vine para asegurarme de que no bebieras demasiado.

—Pues te van a despedir de ese trabajo. No pises mucho el acelerador y listo —contesta con la impertinencia de un borracho.

Tiro de él hacia la salida.

—¡Espera! —Se resiste—. Hay que avisar de que nos vamos.

—¡No! Quiero irme a dormir. Mañana es viernes, día laborable. —Miro la hora y me doy cuenta de que, en realidad, ya es viernes: la manecilla pasó de las doce hace rato.

El coche está a dos manzanas. No me pareció tan lejos cuando lo aparcamos al inicio del paseo.

Sin embargo, a estas horas, con Santi parando en cada esquina e ignorando todas mis súplicas para que se dé prisa, el trayecto se me está haciendo eterno.

Le ordeno que camine porque tengo frío. Él intenta quitarse la camisa para ofrecérmela, peleando torpemente con los botones.

Lo arrastro hasta el automóvil. De pronto, me agarra de la cintura con los ojos brillantes, me sienta sobre el capó y, cantando, me pide un beso.

—¿Creías que no iba a usar esa nueva arma? —entona, triunfante.

Resulta tan efectista con los pectorales al descubierto que me saca una risa y un beso. En su piel no queda rastro del aroma a cedro de su perfume; huele a alcohol y a algo acre que no logro identificar.

Frente al volante, mi optimismo se evapora. En otras circunstancias, conducir este deportivo sería un placer, pero a estas horas, exhausta, el rugido de sus 650 caballos desbocados al menor toque del acelerador, me intimida.

—Esto no es un concurso de desafíos. ¡Para! —Freno a Santi con firmeza porque no estoy para distracciones. Mucho menos para que su mano se deslice hacia mi entrepierna.

—Te faltan pruebas para que parezca ese concurso de la tele —dice, retirándola con descaro.

—¿Te vale con que también se me esté clavando la ropa interior?

—¿Por fin llevas tanga?

—Por supuesto que no. Ni en sueños dejaría que eligieras mi ropa.

—¿Y vas a seguir arriesgándote a que una pelea por este motivo acabe en un titular tipo: «Mujer apuñalada por negarse a abandonar sus cómodas bragas»? —Hace una pausa—. Mmm… quizá utilizaría un método más refinado. Un envenenamiento, por ejemplo.

—A ti no te dicen que no muy a menudo, ¿verdad? Teóricamente, soy yo quien debería tener problemas para encajar negativas. Soy hija única.

Me doy cuenta al instante de mi error. Además de un tópico, es un comentario desafortunado.

El hermano mayor de Santi, Rodrigo, falleció hace un año y medio.

A Santi todavía le cuesta hablar de ello y hay mucha tristeza en sus ojos cuando lo hace.

Por eso siempre acabo cediendo con el asunto del Porsche.

Era de Rodrigo, y Santi parece haber forjado un vínculo especial con él.

Lo lleva a todas partes y lo cuida con devoción casi ritual.

—Eres hija única, pero tu padre es militar —responde al cabo de unos segundos, por fortuna, con voz neutra—. En mi casa, el orden lo ponía mi madre y de pequeño, apenas la veía.

—¿No ibais al club de tenis?

—Sí y los partidos eran la excusa para establecer el networking de sus negocios. Mientras ella jugaba con sus clientes, mi hermano y yo nos entreteníamos con la máquina lanzapelotas.

Bostezo, el café doble y la bebida de cola han perdido su efecto. Me pesan los párpados. Alargo la conversación para mantenerme alerta.

—¿Y tú qué haces para mejorar tu networking ?

—Estar contigo.

—Te vas a arruinar.

—Bah, ¿qué importa si estamos juntos? Oye, siento haber bebido esa última copa.

Guardo silencio, antes de espetarle:

—¿Por qué a veces te comportas de una forma tan irresponsable?

—Ya solo quedan quince minutos.

Su voz suena apenada. Me he vuelto muy susceptible a sus promesas incumplidas de moderarse con la bebida cuando sale, y por eso me cuesta medir las palabras.

Santi es pura emoción: un subibaja en el que, de niño, no puedes dejar de montar, aunque a veces el impulso sea tan intenso que termine por agotarte.

El ritmo que llevamos solo lo aguanta él, y parece que también sus amigos y los míos.

Yo debo de estar hecha de otra pasta, una que se resquebraja trasnochando, y estos últimos días han sido especialmente frenéticos en ese sentido.

A nuestra intensa vida se sumaron, con motivo de mi cumpleaños, mis mejores amigas: Carla y Lucía.

Era la primera vez que las hermanas Ayala volaban desde Madrid sin las restricciones de la pandemia y se lanzaron al centro de Londres como toros en San Fermín.

Por eso, mi papel de anfitriona resultó extenuante.

Con todo, el esfuerzo físico y mental se vio recompensado en nuestra despedida.

Aún conservo grabadas sus caras de felicidad antes de perderlas de vista en el control de seguridad.

Una moto negra se detiene a mi lado en un semáforo.

El motorista gira la cabeza; su casco negro me recuerda al del superhéroe con el que antes comparé a Santi, aunque dudo que este hombre vaya a salvar a nadie.

Más bien parece un gamberro; que yo sepa, es ilegal llevar una pantalla tintada de noche.

El rugido del tubo de escape anuncia que está listo para salir disparado.

Curiosamente, soy yo quien arranca primero.

Echo un vistazo al retrovisor: la moto ha girado detrás de nosotros.

¿Nos sigue? En cuanto me lo pregunto, el motorista nos adelanta y desaparece.

Menos mal que no le he dicho nada a Santi.

Sigo con la mosca detrás de la oreja. Las pasadas Navidades, unos chicos subieron a internet un vídeo de Santi con unas copas de más, a la salida de una discoteca de Madrid.

Las imágenes se hicieron virales porque Santi le propinó un puñetazo a uno de ellos mientras gritaba: «¡Esta chica es mía!

». Durante unos días, el hijo de Dalia Castellanos, figura política en pleno ascenso, se convirtió en tendencia en redes como ejemplo de masculinidad tóxica.

Por supuesto, la grabación no mostraba que el chico agredido acababa de dirigirme comentarios irreproducibles.

Me devuelve a la carretera un patinete eléctrico.

Su conductor hace ondear la corbata, celebrando haberme adelantado.

Piso el freno para no arrollarlo. Acabo de ganar unos cuantos puntos en el videojuego de obstáculos que es conducir por estas calles, esquivando vehículos de dos ruedas y turistas despistados que cruzan mirando el lado equivocado.

Sorteo unos cubos de basura y adelanto a una vieja motocicleta que deja un rastro de olor a gasolina.

No sé cuánto tiempo transcurre hasta que escucho a Santi gritar:

—¡Para, para!

Después, un golpe seco.