En tiempo de juego 12 de mayo
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En tiempo de juego

En tiempo de juego

Por Bea Tresguerres

© inepub.com

12 de mayo

ALICIA

Nos detenemos frente a un grafiti, es el retrato de una joven de mirada desolada, con un gorro de lana azul y amarillo, los colores de la bandera de Ucrania.

El mural parece reciente; la guerra estalló hace unos meses.

Santi saca el móvil, desliza el dedo por la pantalla y confirma una donación para los refugiados.

Le planto un sonoro beso en la mejilla; él me sonríe con afecto y me da la mano antes de hablar:

—Hace unos años pinté un grafiti con un amigo.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué hicisteis?

—Nuestras firmas. Escribir mi apellido, «Roca», en la persiana de una colchonería podía haber arruinado su negocio. Por suerte para ellos, mi firma desapareció.

—¿La limpiaron?

—No, un grafitero la cubrió con unas nubes.

—Te la reventaría con un keko por usar dabbers para tu tag —comento con premeditada pedantería.

—¿Y eso significa...?

Complacida, fijo mi mirada en sus ojos color caoba, adoptando el papel de una profesora paciente. Él suele asumir el de alumno díscolo. Sabe que me hace reír.

—Los dabbers son rotuladores de punta de felpa bombeables y, según la ley no escrita del arte urbano, tu tag o firma grafitera podía ser tapado por kekos : figuras o letras pintadas con espray.

Santi eleva las cejas, sorprendido:

—¿Estudiaste arte callejero en la academia de pintura?

—¡Qué va! Leí un par de artículos el otro día.

Sonríe y me rodea por debajo de los hombros para alzarme ligeramente y estampar un beso firme en mis labios. Un movimiento enérgico que anuncia que Santiago Roca ha activado su modo nocturno, el que saca su faceta más seductora y desenfrenada.

—Alicia, vámonos ya o llegaremos tarde al concierto —me apremia, usando mi nombre completo al verme cerrar los ojos.

Caminamos a paso ágil por las angostas calles de Shoreditch, un barrio londinense que hasta hace unos años fue refugio de jóvenes bohemios de clase media alta, aficionados a la música alternativa, las barbas bien cuidadas y el estilo vintage.

Una descripción que parece hecha a medida para Joshua, un compañero de máster de Santi con el que hemos quedado en un local de moda de la zona.

Atravesamos la puerta y enseguida me envuelve un olor cálido y denso, mezcla de perfume, alcohol y aliento.

Miro hacia arriba en busca del aire fresco que sale de los conductos de ventilación.

Una gran pared de ladrillo visto se eleva hasta un techo inclinado, salpicado de tragaluces y vigas oscuras.

En el lado opuesto, dos arcos de una antigua vía de ferrocarril confieren al espacio un aire singular, casi ecléctico.

Joshua llama nuestra atención gritando el apellido de Santi. Arrastra la erre en un torpe intento de hacerla vibrar para pronunciar la forma fuerte de la consonante. Lo saludo y me acerco a la barra.

Mientras espero a que me sirvan, me entretengo observando a los jóvenes ansiosos por desinhibirse tras dos años de contención por la pandemia. La mayoría alza la voz para imponerse a la música; unos pocos bailan sin esperar al inicio del concierto.

De pronto, alguien, que solo puede ser mi pareja por su adictivo perfume, deja un billete sobre la barra para pagar las bebidas.

Me giro y activo en su rostro un mecanismo exquisito: el ave que trazan la punta de su nariz y sus marcadas aletas nasales despliega las alas y levanta los pequeños pliegues bajo sus ojos.

Ese gesto empuja las comisuras de sus labios hacia arriba y dibuja una sonrisa que querría guardar en mi kit de supervivencia para los días difíciles, pero siempre acabo devolviéndosela porque la mía sigue inevitablemente a la suya.

Santi se acerca a mi oído.

—Dice Joshua que ha venido el escocés que tus amigas conocieron aquella noche en la discoteca, después de que nos marcháramos.

—¿Uno pelirrojo, muy alto?

—¿Ya lo has visto? —En su rostro asoma una leve mueca de celos, quizá porque entre los extranjeros no destaca en estatura.

—No, pero me lo contaron Carla y Lucía. Creo que viene hacia aquí. —Alzo la barbilla en su dirección.

Llega a nosotros en dos zancadas. Habla; o, mejor dicho, retuerce el inglés hasta volverlo ininteligible, casi una sopa de letras. Luego suelta una risotada infantil, absolutamente disonante con su imponente estatura y, mientras sacude con excesiva vehemencia un volante imaginario, vocifera:

—¡Vroom, groom, broom, broom!

Santi se da una palmada en la frente, saca las llaves de su deportivo y las agita en el aire. El chico levanta ambos pulgares y se presenta como Rory de Inverness.

—Yo soy Alicia de Madrid. —Me señalo, divertida porque nuestras ciudades de origen parezcan feudos medievales.

Rory y Santi discuten, móvil en mano, sobre las prestaciones del Porsche. Deben de ser muchas, a juzgar por lo que se prolonga la conversación. Antes de marcharse, Santi se ofrece a enseñarle el deportivo después del concierto.

—¡Cómo te quieren! —exclamo, acariciándole la mejilla.

—Por mi dinero —masculla.

—Shhh… es un secreto; yo también.

—Tú al menos lo disimulas mejor y tengo derecho a roce.

Apoya el dedo entre mis cejas y lo desliza por el puente de mi nariz hasta darme un toque leve en la punta, como si pretendiera hechizarme.

Después sacude la cabeza, impostando un gesto de reproche, y se lamenta con estudiada teatralidad de ser un pobre niño rico.

Hay algo de verdad en esa queja: he visto a supuestos amigos suyos aparecer o desaparecer en función de que abriera o cerrara el grifo.

—Siempre puedes hacer como El príncipe y el mendigo —propongo.

—Solo visto ropa de marca.

—Llevas unos pantalones del súper.

Se le escapa una risa y luego me recuerda aquel estudio según el cual gastar dinero en los demás, en vez de en uno mismo, compra instantes de felicidad.

—Si eso es cierto, debes de ser bastante feliz.

—Sí, me despierto cada mañana junto a una de las siete maravillas del mundo moderno —contesta con una sonrisa arrebatadora, haciendo gala de su encanto.

—¿Y cuáles son las otras seis?

—Todas son coches deportivos.

Le devuelvo la sonrisa satisfecha; su idilio con los automóviles se adivina eterno.

Santi me anima a ir a la pista aunque todavía bebo mi refresco de cola.

Yo no soy capaz de meter tanto líquido como él en tan poco tiempo.

Lo sigo para no encender otra vez la mecha.

Ya perdimos el tiempo discutiendo sobre la (in)conveniencia de traer su automóvil hasta este local.

Yo quería venir en metro; Santi no. Según él, huele a una mezcla de tostada quemada y perro mojado, pese a que le informé de que ese olor tan característico procede de la grasa que se usa para las máquinas.

La opción del taxi tampoco le convenció: «No conduje el Porsche desde Madrid para moverme en un vehículo rancio, más propio de los años treinta».

Para mí, ese era justamente su mayor encanto.

Los pasos de Santi destacan enseguida en la pista, aunque no como los de quienes, espoleados por el alcohol, se mueven como si recibieran descargas eléctricas.

No. A él lo miran con asombro y siempre acaba siendo el alma de la fiesta.

Nació con el ritmo en el cuerpo. Por eso, el primer día que lo vi bailar, hace ya diez meses, le exigí, en tono jocoso, sus credenciales latinoamericanas.

Muy serio, respondió: «Agente, me temo que no puedo presentarlas»; y era cierto: toda su familia tiene raíces castellanas.

—¡Venga, muñeca! Bailemos. —Desliza una mano por mi espalda hasta la cintura y con la otra acaricia mi pelo negro.

—¿Ahora soy un juguete?

—¡Uy, no! Contigo no se juega; lo decía porque eres… déjame pensar… adorable. Aunque, a diferencia de las muñecas, seas bastante inmanejable. —Mira al suelo con aire compungido—. Vale, lo confieso: llamo así a todas.

Resoplo porque, al lado de Santi, Casanova no pasó de aprendiz, y también para que el teatro continúe, aunque sé que usa ese apelativo desde que salimos de aquel estudio con nuestros tatuajes a juego: el suyo en la muñeca y el mío en la cadera, para que fuera discreto.

—¡Ali, te tomo el pelo! El único tatuaje en mis muñecas es el nuestro.

—Entonces dime que el resto no son recuerdos de otras chicas y que no tengo que preocuparme por el escorpión en tu antebrazo ni por la calavera floral del tobillo.

Las aletas de su nariz se dilatan mientras toma aire y suelta una carcajada rotunda, echando la cabeza hacia atrás. Me resulta tan atractivo cuando se ríe... y Santi se ríe a menudo.

De pronto, su expresión se torna seria.

—Prométeme que no borrarás el símbolo del infinito de tu cadera.

—No lo haría. ¿Pero por qué tan solemne?

—Porque si me muero me gustaría seguir viviendo en ti. Si lo borras, desapareceré del todo.

Santi a veces suelta frases que parecen sacadas de baladas, pero él las cuela en conversaciones cotidianas con su chispa (y mucho cuento). Le revuelvo su cabello oscuro y contesto:

—No te pongas trágico. Tú te morirás de viejo, sin darme tiempo a ser una viuda rica con un amante joven.

A sus veinticinco años, dos menos que yo, Santi sigue siendo un «jovenzuelo», como llama mi padre a todos los menores de cincuenta.

—¿Eso significa que si te pido que nos casemos me dirás que sí? —pregunta, entrecerrando los ojos.

—Ya te dije que sí, pero solo para evitar que estalle la Tercera Guerra Mundial si oyes un no por respuesta.

—Porque no podría ser una guerra fría. Cada discusión nuestra termina en la cama… y no para dormir.

Recoloca un mechón detrás de mi oreja, toma un par de tragos y divaga sobre futuros hijos que heredarán mis singulares ojos.

—Más de la mitad de la población mundial tiene los ojos marrones —le informo.

—Los tuyos son de color avellana y el ancho anillo negro que rodea el iris crea un efecto óptico capaz de alterar mi conducta con resultados sorprendentes.

—Deja de adularme que sabes que funciona. Por cierto, ¿sabías que ese anillo se llama anillo limbal?