Capítulo 37
Sigo en el partido. Y estoy en su equipo.
Gage
Tamborileo con los dedos en el volante mientras espero frente a la casa de Addy. No ha respondido a mis mensajes ni a mis llamadas. Y ha pasado casi una semana desde que le escribí para decirle que me quedaría en Smuggler’s Hideaway durante mi semana de descanso. Para pasar tiempo con ella.
Pensé que saltaría de alegría. Pensé que correría a buscarme. Pensé que, al menos, me devolvería el mensaje.
No puedo esperar más para verla. Quiero enseñarle lo que he hecho. Los planes que he preparado. No he resuelto el problema de que vivamos en estados diferentes, pero creo que estará contenta con mis ideas.
Eso espero, al menos.
La puerta del copiloto se abre y Addy se desliza dentro. Miro a mi alrededor. No la he visto salir de la casa.
—¿De dónde has salido?
—Pensé que un yard-getter como tú entendería de dónde vienen los bebés —dice ella sacudiendo la cabeza—. Decepcionante.
La esperanza me golpea con fuerza. Me está tomando el pelo. Quizá, después de todo, no esté lista para decirme adiós.
—¿Por qué te has colado en mi coche? Tenía pensado entrar en la casa.
—¿Ah, sí? —bufa ella—. ¿Cuándo? ¿En este siglo?
—Estaba preparando mi plan de ataque.
—¿Tu plan de ataque? ¿Acaso vas a invadir la casa?
Le agarro la mano. —No quería decir nada inapropiado. No quiero volver a disgustarte. —Trago el nudo que tengo en la garganta—. No soporto que llores.
—¿No te asusta un cuarto down, pero te asustan mis lágrimas?
—Tus lágrimas me destrozaron.
—Lo siento, Run It Gage, pero vas a tener que hacerte el duro porque a veces lloro.
—Pero yo… —me interrumpo cuando me doy cuenta de lo que implican sus palabras—. ¿Significa esto que quieres volver a verme?
—¿Tú quieres volver a verme?
—¿Por qué crees que cancelé la sesión de fotos? Si tengo que elegir entre una sesión de fotos y pasar tiempo contigo, te elijo a ti.
Arruga la nariz. —Tal vez no tengas que cancelar la próxima.
Se me encoge el corazón. —¿Qué? ¿No quieres que te elija a ti? ¿No quieres pasar tiempo conmigo?
Levanta una mano. —Frena, Run It Gage. Solo quería decir que, si las sesiones de fotos son en Steel City, no tendrás que cancelarlas para verme.
Me tiemblan las manos mientras la emoción me recorre el cuerpo. —¿Vas a venir a Steel City? ¿Te vendrás a vivir conmigo?
—Epa. Despacio, yard-getter. No nos vamos a ir a vivir juntos.
—¿Pero vienes a Steel City? ¿Qué ha pasado para que cambies de opinión?
Sus preciosos ojos castaños claros se llenan de dolor y casi me echo atrás. Pero no puedo. Necesito saber por qué ha cambiado de opinión. Necesito asegurarme de que no volveré a hacerle daño. Y la única forma de protegerla es conociendo los detalles.
—Hablé con mi madre después de que te fueras. —Hace una pausa, pero no la presiono. Tengo todo el tiempo del mundo para ella—. Me contó por qué se fue mi padre.
—¿No lo sabías?
—Mamá nunca hablaba de mi padre. Se negaba a responder a mis preguntas. En algún momento, dejé de preguntar.
Le aprieto la mano. —No hace falta que me lo cuentes. —No soporto causarle dolor.
—Te equivocas, sí hace falta. —Toma aire profundamente antes de lanzarse a contar la historia. Para cuando termina de explicar la enfermedad de su padre y cómo reaccionó su madre, apoyándose en ella durante años, las lágrimas le surcan el rostro.
Necesito tenerla entre mis brazos. No puedo detener sus lágrimas. Pero puedo consolarla hasta que deje de llorar. La levanto y la acomodo en mi regazo.
—¡Ay! El volante se me está clavando en la espalda.
—Vaya. Perdona. —Echo el asiento hacia atrás lo máximo posible. Ella me rodea los hombros con los brazos y hunde la cara en mi cuello. Le acaricio la espalda de arriba abajo hasta que el llanto remite.
—Todo está bien, pajarcillo. Estoy aquí. Nunca te dejaré —le susurro.
Ella me mira. —Más te vale, porque ahora mismo tienes delante a la orgullosa arrendataria de un apartamento en Steel City.
—¿Ya has alquilado un apartamento?
—No exactamente. Viene incluido en mi contrato con Juliet Ash.
—¿Por fin has hablado con el abogado?
—Sí. El trato con Juliet ha cambiado. Además de grabar If I Asked, quiere colaborar conmigo en más música.
—¡Joder! —La estrecho con fuerza—. Estoy tan orgulloso de ti.
Ella me sonríe radiante. —Juliet me quiere en Steel City unas cuantas semanas cada trimestre. Y, gracias al abogado que me recomendaste, que es un auténtico tiburón, por cierto, el apartamento es parte del trato.
—¿Unas semanas por trimestre? ¿Estarás en Smuggler’s Hideaway el resto del tiempo?
—No. Mamá me echa de casa. Dice que es hora de que «viva mi propia vida».
—Me encanta tu madre, joder.
—Normal que lo digas. Te estás saliendo con la tuya.
No del todo. Lo que de verdad quiero es que viva conmigo. Quiero despertarme a su lado cada mañana. Dormirme con ella en mis brazos cada noche. Ya llegará. Al fin y al cabo, es donde ella debe estar.
—Vaya. Pues todos esos vuelos que reservé para visitarte en mis ratos libres no han servido para nada.
Frunce el ceño. —¿Compraste billetes de avión para venir a verme?
—Y reservé el hotel.
—¿Después de que me fuera?
—Pajarcillo, te lo dije. No voy a dejarte ir. Te quiero. Quiero pasar cada minuto de mi vida contigo. Pero si no puedo, aceptaré cualquier rato que tengas disponible para mí.
Arruga la nariz. —No estoy segura de cuánto tiempo tendré. Como voy a estar escribiendo canciones para Juliet Ash... —Se muerde el labio inferior—. ¿Y si solo soy flor de un día? ¿Y si no puedo escribir más canciones? ¿Y si fracaso?
Le aparto el labio de los dientes con cuidado. —Eres la mujer con más talento que conozco. Vas a escribir un millón de éxitos. —Sonrío con suficiencia—. Especialmente ahora que has conocido al hombre al que amas y él te sirve de inspiración.
Me da un palmetazo en el pecho. —Qué creído te lo tienes.
—Pero me quieres, ¿verdad? —insisto. Necesito oírselo decir.
Ella sonríe y le brillan los ojos. —Te quiero más de lo que jamás creí posible.
Oírla decir que me quiere es la mejor sensación del mundo. Mejor que ser elegido en el draft de la NFL. Mejor que marcar un touchdown. Mejor que ser nombrado Jugador Ofensivo del Año de la NFL. Nada puede superar este sentimiento.
—Soy el hombre más afortunado del mundo.
Ella arquea las cejas con picardía. —Y puede que tengas más suerte luego.
Mi miembro se tensa. —Me parece un buen plan. Pero primero…
Fundo mis labios con los suyos. El miedo y la ansiedad que he sentido desde el día en que me dejó se desvanecen lentamente mientras introduzco mi lengua en su boca.
Su sabor me tranquiliza. Esto es real. No me la estoy imaginando.
Addy es mía. Se va a mudar a mi ciudad. Vamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos.
Me agarra de los hombros y se frota contra mi erección. Suelto un gemido mientras la excitación me corre por las venas. Me encanta cuando pierde el control. Cuando me suplica que la haga correrse. Cuando ella…
—¿Qué estáis haciendo? —pregunta Mila.
Aparto mis labios de los de Addy y me encuentro a Mila junto al coche, observándonos. Addy tiene el pelo revuelto y la boca hinchada por mis besos, pero al menos ambos estamos vestidos.
Nora llega corriendo detrás de Mila. —Lo siento. He intentado detenerla.
—¡Estaban tardando demasiado! ¡Quiero tarta!
Frunzo el ceño. —¿Tarta?
Las mejillas de Addy se oscurecen. —Eh, bueno…
—Suéltalo, pajarcillo.
—Tenía planeado conducir hasta el hotel para visitarte hoy. Estaba subiendo al coche cuando te vi aquí sentado.
Le acaricio las mejillas con las palmas. —¿Pensabas ir al hotel hoy?
Ella se encoge de hombros. —Quería darte una sorpresa. Por eso ignoré tus mensajes. Quería tenerlo todo arreglado con los abogados y lo del apartamento antes de que volviéramos a hablar.
Esas palabras suenan mejor que saber que he entrado en el titular de la NFL.
Addy, la mujer que insistía en que no podía dejar la isla, se marcha por mí.
Y no solo se marcha. Ha hecho todos los preparativos —incluso ha contactado con el abogado con el que hablar la ponía nerviosa— para darme una sorpresa.
—¡Eh! —Mila golpea la ventanilla—. ¿A qué esperáis? Hay tarta.
Bajo la ventanilla. —¿Tarta?
Nora sonríe. —Es una tarta de bienvenida a la familia.
¿Bienvenida a la familia? Esas palabras son casi tan reconfortantes como Addy diciendo que me quiere. Una familia es lo que siempre he deseado.
—Entraremos en un momento. —Addy pulsa el botón para subir la ventanilla—. ¿Estás bien? —pregunta una vez que está cerrada.
—Estoy mejor que bien. Tengo todo lo que siempre he deseado en el mundo. A la mujer que amo y una familia.
—No te emociones demasiado con lo de la familia. Otis tiene un millón de preguntas sobre el draft. También quiere entradas para todos los partidos en casa porque dice que puede «quedarse gratis en el apartamento de su hermana mayor».
Le aprieto las caderas. —Puede quedarse conmigo.
Ella pone los ojos en blanco. —No captas la idea. Te va a volver loco.
—Que lo haga. Siempre he querido un hermano que me volviera loco.
Su expresión se dulcifica. —Él estará encantado de complacerte. Y no te olvides de las dos hermanas que harán que te salgan canas antes de los treinta.
—Tendrán que darse prisa. Me falta menos de un mes para cumplir los treinta.
—¡Tu cumpleaños es pronto! ¿Por qué no me lo habías dicho? Tengo que comprarte un regalo. Y son los treinta. Sin duda, tenemos que hacer una fiesta. Seguro que todos los sitios están ya reservados. ¿Cómo voy a apañármelas? ¿Y qué se le compra a un jugador de fútbol que ya lo tiene todo?
Le pellizco la barbilla. —No tienes que comprarme nada. Ya me has dado mi cosa favorita en el mundo.
—¿El qué?
—Tu amor.
Se derrite contra mí. —Eres un sentimental, ¿a que sí?
—No le cuentes a nadie mi secreto.
Se lleva la mano al pecho haciendo una cruz. —Lo prometo.
—Y ahora, tenemos una tarta que comer.
—Más vale que nos demos prisa. Mila tiene tendencia a robar el glaseado. Se cree que nadie se da cuenta. ¿Cómo no vamos a darnos cuenta si falta la mitad del glaseado de la tarta?
Suelto una carcajada. —Tu familia es la monda.
— Nuestra familia es la monda.
Se me encoge el estómago. Nuestra familia. Tengo una familia. Vine a Smuggler’s Hideaway para el campo de entrenamiento y para buscar un poco de sol y risas. Y me voy con lo más valioso del mundo. El sentido de pertenencia.
—¿Cómo podré agradecértelo alguna vez?
—Mmmm… —Se toca la barbilla—. ¿Amándome por el resto de tu vida?
—Hecho.
Ella suelta una risita.
—Te quiero, pajarcillo. Te he querido desde el momento en que te oí cantar la primera nota y te querré hasta que hayas cantado la última.
Ella me sostiene la mirada. —Y yo te quiero a ti, cielo.
Bajo la boca hacia la suya y…
—¡Se están besando otra vez!
Estallo en carcajadas. Nunca me voy a aburrir con esta familia cerca. Mi familia. Mi Addy.
Este es el comienzo de una vida hermosa. Y no puedo esperar a que empiece.