Capítulo 38
La tarta no es la única sorpresa.
Un mes después
Addy
Examino la habitación. Las guirnaldas están colgadas. Hay globos atados a cada superficie. Una gran pancarta con Feliz Trigésimo Cumpleaños escrito en ella llena una pared. Y la tarta está sobre la mesa. No queda nada más por hacer.
Me retuerzo las manos. Espero que a Gage le guste su sorpresa de cumpleaños. Normalmente no hace gran cosa por su cumpleaños.
Pero tampoco ha tenido nunca una familia. Una familia que quiera celebrar su cumpleaños con él.
Miro la hora. Mamá y los niños ya deberían haber aterrizado. Me ofrecí a recogerlos, pero mamá va a alquilar un coche. No quiere arruinar la sorpresa tanto como yo.
La puerta principal se abre. Allá vamos.
Gage entra tranquilamente en el salón y se detiene en seco.
—¡Sorpresa! —Corro hacia él y me lanzo a sus brazos. Él me atrapa. Siempre lo hace. Y siempre lo hará—. ¡Feliz cumpleaños!
—Pensaba que habíamos quedado más tarde para cenar.
—No. Te he mentido. Quería darte una sorpresa.
Él sonríe mientras contempla la habitación. —Esto es definitivamente una sorpresa.
—Dijiste que no eres muy de celebrar cumpleaños, pero ahora me tienes a mí. Y celebraré cada uno de tus cumpleaños contigo. —Y también mi familia. Pero él todavía no sabe nada de ellos.
—Gracias, pajarcillo.
Le dedico una gran sonrisa. —De nada. También hay filetes con patatas.
—¿Has cocinado para mí?
—Sí. Disfruto cocinando para ti.
—Gracias por sacar tiempo de tu apretada agenda para hacer esto por mí.
Arrugo la nariz. —Mi agenda no está tan apretada.
Me besa la nariz antes de dejarme en el suelo. —¿No graba Juliet otra de tus canciones esta semana?
—Su agenda ha cambiado. Graba la semana que viene. —Porque se lo pedí yo. Resulta que Juliet es una romántica empedernida. Cuando le conté lo que tenía planeado, se ofreció a ayudar de inmediato.
Hablando de planes. Agarro la mano de Gage y lo guío hasta la mesa. Cojo la tarjeta y se la entrego. —Feliz cumpleaños, cariño.
—No necesito nada. Te tengo a ti.
Le arrebato la tarjeta. —Supongo que me la quedaré yo entonces.
Sus ojos castaño chocolate se llenan de curiosidad. —¿Qué es?
Le parpadeo con coquetería. —Pensaba que no la querías.
—Pero te has tomado todas las molestias para regalarme algo. Sería de mala educación no averiguar al menos qué es.
No tiene ni idea de todas las molestias que me he tomado. Que mamá y mis hermanos lleguen pronto no es la única sorpresa de la noche.
—¿Estás seguro?
—No quiero ser maleducado.
Suelto una risita. —Admite que tienes curiosidad y te daré la tarjeta.
—Vale. —Resopla—. Tengo curiosidad. ¿Estás contenta ahora?
Le rodeo con mis brazos. —Eufórica.
Me aprieta las caderas. —Me alegro. Sé que no ha sido fácil acostumbrarse a vivir en una ciudad o estar lejos de tu familia.
Suelto un bufido. —¿Lejos de mi familia? Entre los mensajes de Otis preguntándome de todo sobre la NFL, las quejas de Penelope sobre cómo Mila la está volviendo loca, y los mensajes de Mila volviéndome loca a mí, ni me he dado cuenta.
—Son tu familia y los quieres.
—Claro que los quiero. Estoy legal y moralmente obligada a querer a mi hermano y a mis hermanas.
—No digas tonterías. Los echas de menos.
Los echo de menos, sí. Pero los veré pronto. Miro el reloj. Quiero que Gage abra su sorpresa antes de que lleguen.
—Tic tac. ¿Quieres abrir tu regalo o no?
Le ofrezco la tarjeta. Él la rompe para abrirla. Arruga el entrecejo mientras lee la tarjeta.
—¿Un cambio de dirección? ¿Por qué mi regalo es un cambio de dirección tuyo?
—Lee mi nueva dirección.
Me muerdo el labio mientras lee la tarjeta. Más le vale estar contento con su regalo. Después de todos los lloriqueos y quejas del último mes.
Su mirada se encuentra con la mía. Esos ojos castaño chocolate en los que me encanta perderme cuando se hunde en mí brillan de deleite. —¿Te vas a mudar aquí?
Arrugo la nariz. —No exactamente.
—Pero la tarjeta dice que tu nueva dirección es aquí, en mi apartamento.
—En primer lugar, esto no es un apartamento. Es un ático. —Es increíblemente grande y lujoso. Pensaba que lo odiaría, pero cuando me acostumbré a lo opulento que es, me gustó. La bañera exenta de gran tamaño en el baño tampoco viene mal.
—Y en segundo lugar, no me voy a mudar. Ya me he mudado.
—¿Que te has mudado? ¿Cómo?
—Puede que haya tenido un poco de ayuda de Nolan, Tanner, Brock y Corbin.
—Esos capullos. No me dijeron nada.
Le doy un pellizco en el costado. —No debían hacerlo. Es una sorpresa.
—¿En serio te has mudado aquí? ¿Vas a vivir conmigo? ¿Se acabó eso de vivir en tu apartamento al otro lado de la ciudad?
Frunzo el ceño. —Actúas como si mi apartamento estuviera en otro estado. No está tan lejos.
Está así de lejos. Todavía no me he acostumbrado a conducir en la ciudad, así que suelo coger el autobús. Necesito una hora para llegar a casa de Gage desde la mía. ¿Y si es tarde por la noche? Gage no me deja irme a casa. Según él, no voy a ir en autobús tarde por la noche.
Gage me levanta y me echa sobre su hombro. Le golpeo la espalda. —¿Qué estás haciendo?
—Llevarte a nuestro dormitorio para celebrar que te has mudado.
—Se supone que estamos celebrando tu cumpleaños.
Me da una palmadita en el culo. —Podemos hacer las dos cosas al mismo tiempo. O podemos celebrarlo toda la noche.
—¿No tienes que estar en la cama a las nueve?
No bromeo. El grande y fuerte jugador de fútbol tiene que acostarse a las nueve. Al parecer, los atletas necesitan dormir y se toman muy en serio lo de descansar.
—Es mi cumpleaños. Haré una excepción.
Me lleva hacia la escalera que conduce a su —bueno, nuestro— dormitorio. Pero el timbre suena antes de que llegue. Él sigue caminando.
Le doy unos toquecitos en el hombro. —El timbre, Gage.
—No he oído nada.
El timbre suena otra vez.
—¿Y ahora?
—Sigo sin oír nada.
—Gage, cariño, tienes que abrir la puerta.
Suspira. —¿Esto es parte de tu sorpresa?
—Sí.
—Vale. —Da media vuelta hacia la puerta—. Pero voy a echar a mis compañeros en una hora. Tenemos una celebración a la que asistir.
—Hecho. Echaremos a tus compañeros en una hora.
Me deja en el suelo antes de abrir la puerta. Mila entra a toda prisa. —Necesito hacer pis.
Mamá suspira. —Te dije que usaras el baño en el aeropuerto.
—Entonces no tenía ganas.
Mila da saltitos de un pie a otro. Señalo el pasillo. —La primera puerta a la derecha es el baño. —Sale disparada hacia allí.
Mamá la mira con el ceño fruncido. —Pido disculpas de antemano por el desastre que va a organizar.
Gage se queda boquiabierto. —¿Qué está pasando?
—¡Feliz cumpleaños! ¡Sorpresa! —grita Otis.
—Sí, sorpresa. —Penelope levanta su libro electrónico—. ¿Dónde puedo enchufar esto?
Rodeo la cintura de Gage con mi brazo. —He traído a nuestra familia en avión por tu cumpleaños para darte una sorpresa.
Él frunce el ceño. —Te voy a pagar los billetes.
—De eso nada. Esta es tu sorpresa de cumpleaños.
—Pensaba que tu mudanza era mi sorpresa de cumpleaños.
—Es tu trigésimo cumpleaños. Te toca más de una sorpresa.
Todavía no lo sabe, pero a partir de ahora recibirá más de una sorpresa cada año. Ha vivido veintinueve años sin una familia para celebrar su cumpleaños. Tengo mucho que compensar.
Una puerta se abre de golpe. —¡Hay tarta!
Mamá suspira. —Será mejor que nos comamos la tarta antes de que alguien se robe todo el glaseado.
—Yo no robo glaseado. —Mila sonríe, mostrando sus dientes manchados de glaseado de chocolate.
Mamá corre tras ella. Otis y Penelope las siguen.
—No te preocupes —le susurro a Gage—. He hecho otra tarta para nosotros dos.
Sus ojos se encienden. —No veo el momento de lamer el glaseado de chocolate de tu cuerpo desnudo más tarde.
Me estremezco. —Tendrá que ser mucho más tarde. Mamá y los niños se quedan el fin de semana para ver tu partido el domingo.
—Menos mal que insonoricé tu estudio.
—Más vale que no manches de glaseado ninguno de los instrumentos.
—No prometo nada. —Me guiña un ojo.
—¡Gage, Addy! —grita mamá desde la cocina—. ¿Queréis café?
—¡Hay champán en la nevera!
—¡Champán! —grita Mila—. Quiero probar el champán.
—Mejor vamos a la cocina antes de que Mila encuentre la botella. —Agarro la mano de Gage y me encamino a la cocina, pero él me estrecha entre sus brazos.
—Gracias, pajarcillo.
—Me alegra que te gusten tus sorpresas de cumpleaños.
—No por las sorpresas. Por compartir tu familia conmigo. Por amarme.
Me derrito contra él. —Te amo, Gage Edwards. Seas estrella del fútbol o no. Estás atrapado conmigo hasta el fin de tus días.
—Y yo estoy en tu equipo, Addy Price. Siempre y para siempre. Eres mi pajarcillo y te amo.
Sus labios encuentran los míos y yo me abro con un suspiro. Nunca me cansaré de que me toque, me bese, me ame. Pensé que no tenía tiempo para el amor.
Me estaba mintiendo a mí misma. Tenía demasiado miedo de enamorarme. Miedo de que un hombre me abandonara de la misma forma que papá abandonó a mamá. Pero Gage me demostró que estaba equivocada. Me demostró que nunca me abandonaría. Que siempre me elegiría a mí.
—¡Mamá! ¡Se están besando otra vez! —grita Mila.
Gage aparta sus labios de los míos y hunde la cara en mi cuello. Su cuerpo tiembla por la risa.
Le rodeo con los brazos y lo sostengo con fuerza mientras se ríe. Este es el hombre al que podré abrazar fuerte cada noche por el resto de mi vida.
Cuando irrumpió en mi vida, lo único que quería era alejarlo. Me alegro de que no me dejara hacerlo. Soy feliz porque me enseñó lo que se siente al tener a alguien en mi equipo.
♥♥♥
¡Gracias por leer!