En su equipo (Steel City Seals 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

Pensaba que Gage era mío, pero creo que es nuestro.

Addy

Suena el timbre y Mila corre hacia la puerta. Yo la sigo de cerca. Sería capaz de abrirle a un asesino en serie e invitarlo a merendar si tuviera la oportunidad. Esa niña no conoce el miedo.

Abre la puerta de golpe. —¡Es mi cumpleaños!

Gage se arrodilla frente a ella. —Feliz cumpleaños. —Le entrega un regalo con papel rosa y un lazo rosa.

—¿Puedo abrirlo? ¿Puedo? ¿Puedo?

No espera a recibir respuesta antes de dejarse caer en el suelo y rasgar el papel.

Suelta un chillido. —Es una camiseta de los Steel City Seals.

—Dale la vuelta.

—Es tu nombre y tu número. —Mila se pone en pie de un salto—. ¿Me la puedo poner ya?

¿Por qué se molesta en preguntar? No espera a las respuestas. Gage la ayuda a ponerse la camiseta encima de la suya de algodón. Le llega por debajo de las caderas, hasta las rodillas.

Mila sale disparada hacia el salón. —Miradme. —Da una vuelta sobre sí misma—. Soy la favorita de Gage. Llevo su número en mi camiseta.

—Buena camiseta. —Otis saluda a Gage con un gesto de barbilla—. Buenas.

Gage se acerca a mi hermano y le choca la mano antes de darle un medio abrazo. Las mejillas de Otis se oscurecen de satisfacción. Y yo casi me derrito ante la escena.

Mamá entra apresurada en el salón. —Gage, bienvenido.

Él le da un beso en la mejilla. —Gracias por invitarme.

—Faltaría más. Eres de la familia.

A él se le corta la respiración ante la declaración de mamá. Y a mí se me llenan los ojos de lágrimas. Mi familia ha recibido a Gage con los brazos abiertos. Algo que nunca ha tenido antes. Puede que mi familia me vuelva loca la mayor parte del tiempo, pero son las mejores personas del mundo.

Gage me busca y yo le aprieto la mano. No hacen falta palabras. No las necesitamos.

—¡Vamos a comer tarta! —grita Mila y el momento se rompe.

Mamá señala con el dedo a su hija menor. —Vamos a cenar antes de la tarta.

Mila da palmadas. —¡Macarrones con queso! ¡Macarrones con queso!

Penelope gruñe. —¿Es posible que hables con una voz normal?

—Esta es mi voz —declara Mila.

—A un volumen normal.

—Deja de ser una sosa.

—¿Qué es una sosa?

—Tú lo eres, sosa.

Mamá suspira. —¡Chicas! Nada de peleas. Es el cumpleaños de Mila.

Mila le saca la lengua a Penelope, que vuelve a centrar su atención en su libro. A Mila no le gusta que la ignoren. Le arrebata el libro a Penelope y sale corriendo de la habitación.

Penelope se levanta, pero Otis le hace un gesto para que se siente. —Ya voy yo. Vosotras dos acabaréis discutiendo.

—¿Necesitas ayuda con la cena? —le pregunta Gage a mamá.

—Tú y Addy podéis poner la mesa. Hay cerveza en la nevera si quieres una.

Gage me agarra de la mano y me lleva a la cocina. Me atrae hacia sus brazos y me besa. Me apoyo en él, pero se aparta. Pongo un mohín.

—¿Por qué paras?

—Porque tu familia está en la habitación de al lado.

Arrugo la nariz. —Aburrido, pero cierto.

Mamá asoma la cabeza por la cocina. —¿Es seguro entrar?

—Mamá.

Ella parpadea. —¿Qué? Yo también fui joven una vez.

—Aún lo eres, Nora. —Gage le guiña un ojo y ella suelta una risita—. Si no estuviera obsesionado con tu hija, te pediría una cita.

Ella le da con un trapo. —Eres un encantador de serpientes.

Ponemos la mesa mientras mamá da los últimos toques a la cena. Saca los macarrones con queso del horno y el aroma a delicia de queso fundido flota en el aire. El estómago de Gage ruge.

Mamá frunce el ceño. —Espero haber hecho suficiente.

Suelto un bufido. —Me has hecho sacar la vajilla extra grande de las fiestas. Creo que estamos bien.

—Deja que te lleve eso. —Gage le quita la fuente a mamá y la lleva a la mesa.

Apenas tiene oportunidad de apoyarla antes de que mis hermanos nos asedien. Él se ríe entre dientes. —No soy el único que tiene hambre.

Otis se frota la barriga. —Estoy famélico.

—¡Yo quiero macarrones con queso! —grita Mila.

—Yo quiero que me devuelvan mi libro. —Penelope mira con fastidio a Otis.

Él se encoge de hombros. —No puedes pasarte el día leyendo cuando es el cumpleaños de Mila.

Abro los ojos con sorpresa. Normalmente, él no interviene en las rencillas entre Mila y Penelope. Excepto que, últimamente, se ha estado involucrando más. Ofreciéndose a cuidar de ellas, haciendo la cena y mediando en las discusiones entre las dos. Vaya. Mi hermanito se está haciendo un hombre.

Nos sentamos a la mesa y mamá le da a Gage la cuchara de los macarrones. —Tú sirves.

Vaya, vaya. Mamá no suele dejar que sirva nadie más que yo. Espero que Gage comprenda el gran honor que supone. A juzgar por el rubor que tiñe sus mejillas, lo comprende.

—La cumpleañera primero. —Le llena el plato a Mila antes de servirnos a los demás. Se llena su plato el último.

—Todo un caballero —murmura mamá.

—Y bien, ¿qué piensa todo el mundo de que Addy se esté haciendo famosa? —pregunta Gage una vez que todos están comiendo.

Le doy un codazo. —No soy famosa.

—Todavía no, pero lo serás. Juliet Ash es la primera cantante en grabar una de tus canciones, pero no será la última.

—Estoy orgullosa de ella.

Pongo los ojos en blanco mirando a mamá. —Estás legalmente obligada a estarlo. Eres mi madre.

Otis se encoge de hombros. —Mola. Pero molaría mucho más si pudiéramos conseguir entradas para uno de los conciertos de Juliet.

—Deberías pedir entradas en tu contrato —dice Gage.

Lo miro parpadeando. —¿Qué?

—En las negociaciones del contrato. Deberías pedir entradas.

Me pongo a la defensiva. —No estoy en posición de pedir nada.

Él frunce el ceño. —Claro que sí. ¿Qué ha dicho la abogada?

Bajo la barbilla y me concentro en la comida. —Nada.

—¿Nada? ¿Una abogada que no ha dicho nada?

—Puede que aún no haya hablado con ella —mascullo.

Él se queda helado. —¿Todavía no has hablado con tu abogada?

Me encojo de hombros. —Tenemos una llamada programada.

Una llamada que he pospuesto ya dos veces. Sería diferente si mi abogada fuera Siena, la abogada local que lleva casi todos los casos en Smuggler’s Hideaway. Pero no. Mi abogada es una abogada de espectáculos de postín que trabaja con los nombres más grandes del sector. ¿Por qué le intereso yo?

Gage me estudia. Sus ojos marrón chocolate se clavan en los míos. —Juliet contactó contigo hace tiempo. ¿Por qué no has hablado todavía con tu abogada?

Me erizo. No disfruto que me dejen en evidencia delante de mi familia. —No recibí los contratos de los abogados de Juliet hasta la semana pasada.

Puede que esté mintiendo. Pero es una mentira piadosa pequeñísima. Recibí el contrato hace dos semanas. ¿Una semana? ¿Dos semanas? ¿Qué más da?

—¡He terminado! ¡Quiero tarta! —grita Mila antes de que Gage pueda responder.

—¿Has terminado? —Parece una ardilla con las mejillas hinchadas de macarrones.

—Tienes que comer al menos una ración de ensalada antes de la tarta —dice mamá.

—Pero la ensalada es aburrida.

—¿Quieres ser grande y fuerte? —pregunta Gage y ella asiente—. Entonces, tienes que comer verdura. Es buena para ti.

—A los trabajadores de las minas de diamantes les encantaría poder permitirse las verduras frescas que tenemos en nuestra mesa —dice Penelope.

Mila le saca la lengua a su hermana. Menos mal que ha terminado de masticar la pasta. —Empollona.

Penelope se encoge de hombros. —Conocer el mundo y el sufrimiento ajeno no me convierte en una empollona. —Se vuelve hacia Gage—. ¿Donas tú tiempo y dinero?

—Penelope —le advierto—. No seas maleducada.

Gage me da una palmadita en la mano. —No pasa nada. Dono a la Miracle Foundation.

—¿Qué es la Miracle Foundation? —pregunta Mila.

—Es una organización benéfica que trabaja con huérfanos para proporcionarles comida, refugio y educación.

Penelope estudia a Gage. —¿Por qué huérfanos?

—Se acabó la conversación —declaro. Ella no tiene ni idea de que ha tocado un tema sensible.

—Está bien, pajarcillo. No me importa hablar de ello.

—¿No? —Frunzo los labios—. Nadie sabe nada de tu pasado.

Me besa la frente. —Esta es tu familia. Tienen derecho a saberlo. —Se aclara la garganta y se dirige a Penelope—. Me crié en centros de acogida. No tuve familia.

—¿Sin mamá ni papá? —pregunta Mila.

Gage niega con la cabeza.

—Nosotros no tenemos papá, pero tenemos a mamá y tenemos a Addy.

—Tenéis mucha suerte de tener una madre que os quiere y a Addy como hermana mayor.

Mila arruga su naricilla. —Algunos niños del colegio se burlan de mí porque no tengo papá.

Otis gruñe. —¿Quién se burla de ti?

Gage levanta un dedo. —Espera, Otis. ¿Qué haces cuando los niños se burlan de ti?

Mila se encoge de hombros. —Les digo que tienen envidia. Es lo que Addy me dijo que dijera.

No es exactamente lo que le dije, pero mientras se dé la vuelta y se marche, me parece bien. Conociendo a Mila, podría reaccionar de dos formas: irse con la nariz en alto o darle un puñetazo al niño en el estómago.

Mamá se levanta. —Iré a por la tarta.

La sigo. Cuando llego a la cocina, está allí quieta con la cabeza gacha. Le paso un brazo por la cintura.

—No es culpa tuya.

—Sí, Addy, es culpa mía que esos niños no tengan padres. Podría haber elegido mejor. Debería haber elegido mejor. Pero cuando tu padre se fue… —Su voz se apaga.

Han pasado veintisiete años desde que mi padre se fue, pero todavía le resulta difícil hablar de él. Duele. Quiero saber más de él. Quiero saber por qué nos dejó... por qué me dejó a mí. Pero no puedo causarle a mamá más dolor del que ya siente.

—Hoy es el cumpleaños de Mila. Disfrutemos de su día y ya hablaremos de esto más tarde.

Es una evasiva, pero Mila no se merece que mamá se hunda en la culpa. Hoy no.

Mamá yergue los hombros. —Por Mila.

Asiento. —Por Mila.

La ayudo a encender las velas de la tarta y ella la lleva a la mesa.

—Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos, Mila, cumpleaños feliz —canto yo sola, ya que mi familia se niega a cantar si yo lo hago.

Mila salta para ponerse de pie en su silla y se inclina hacia delante. —¿Puedo apagarlas? ¿Puedo? —No espera respuesta antes de soplar las velas.

—Mi deseo se está cumpliendo. He deseado que Gage pase a formar parte de nuestra familia.

Le revuelvo el pelo. —No se supone que debas contarle a nadie tu deseo.

—Me da igual. ¡Quiero a Gage!

—Por mí perfecto, hermanita. —Gage le guiña un ojo.

—¡Tarta!

Mamá corta la tarta en trozos, asegurándose de darle a Mila el más grande. Le entrega un plato a Gage y a él le suena el teléfono.

Él frunce el ceño. —Lo siento. —Saca el móvil del bolsillo y suspira al mirar la pantalla—. Lo siento, es mi representante. Tengo que cogerlo.

Se levanta y me besa la frente antes de salir a la terraza para responder.

Mamá me aprieta la mano. —Has elegido bien. Es perfecto para ti.

Yo no tuve elección. Gage entró a embestidas en mi vida y no pude evitar enamorarme de él. Pero sí que tengo suerte de que encaje con mi familia y de que ellos lo quieran. Quiero darle a Gage todo lo que desea… incluyendo una familia propia.