Capítulo 31
No pierdo lo que es mío.
Gage
Addy se retuerce en mis brazos mientras la llevo desde mi todoterreno hasta el chalé. —Ya puedes bajarme.
No estoy listo para bajarla. Cuando la he visto desplomarse en el galeón, casi pierdo la cabeza. Se me ha parado el corazón y todavía no ha vuelto a latir con normalidad.
Gruño. —No.
—¿No? —Imita mi gruñido—. Yo hombre grande. Yo no dejar caminar a mujer pequeña.
Puede burlarse de mí todo lo que quiera. Demonios, puede enfadarse y soltarme un discurso. Me importa una absoluta mierda.
La necesito en mis brazos. Necesito saber que está viva y que respira. Inspiro profundamente y dejo que su aroma me llene los pulmones. Ayuda a calmarme, pero no es suficiente. Aprieto más los brazos.
Ella suelta una risita. —¿En serio vas a llevarme en brazos toda la noche?
—Sí.
—Creía que íbamos a cenar con tus amigos.
—No.
—¿Sabes decir más de una palabra a la vez?
Me encojo de hombros.
—Si intentas sacarme de mis casillas, lo estás logrando.
Levanto una ceja. —¿Tus casillas?
—Bueno, aquí en Smuggler’s Hideaway no hay ovejas, pero hay un montón de cabras traviesas que sacar de sus casillas.
Suelto una carcajada. Solo esta mujer podría hacerme reír después de haberme pegado tal susto de muerte. Es increíble. Y es toda mía.
Llegamos a mi chalé y la llevo dentro. La deposito en el sofá. Ella intenta levantarse de inmediato.
—Quieta.
—¿Quieta? No soy un perro. Y no voy a manchar tu sofá de pintura azul neón. Este sofá probablemente costó más que mi coche.
—Me da igual.
Ella aplaude. —¡Bien! Ha dicho más de una palabra.
—Hablo muy en serio, Addy. Quédate en el sofá o te ato.
Se le encienden los ojos. —Estoy dispuesta a discutirlo. ¿Qué usarías para atarme? ¿Pañuelos? ¿Tienes pañuelos? ¿O tal vez cinturones? —Arruga la nariz—. No. Podrían doler. Quedémonos con los pañuelos.
A mi polla no le importa cómo se ha hecho daño o cómo se ha desplomado. Se estremece ante la imagen mental de ella desnuda y atada a mi cama con tal fuerza que casi tropiezo.
Aprieto los puños y suelto un suspiro antes de tirármele encima. Hoy no habrá nada de eso.
—Te traeré mi albornoz.
Cuando vuelvo de ir a por el albornoz, Addy está sentada en el sofá vestida únicamente con la sudadera de The Seals que insistí en que se pusiera para el paintball. Sus piernas —sus piernas suaves y tersas— están completamente desnudas. Gruño. Esta mujer va a ser mi fin.
Le tiendo el albornoz. —Ponte esto.
—Ejem, Sr. No le Tiene Miedo al Cuarto Down. —Señala hacia fuera—. ¿Se te ha olvidado que es verano? No necesito un albornoz. Esta sudadera ya es demasiado.
Echa mano al dobladillo de la sudadera pero me lanzo sobre ella antes de que pueda quitársela. —No.
Frunce el ceño. —¿No qué? ¿No se te ha olvidado que es verano? ¿O no crees que deba llevar un albornoz sobre una sudadera?
Me paso una mano por la cara. Maldita sea. Tiene razón. Se va a asfixiar de calor con una sudadera y un albornoz.
—Sudadera fuera. Albornoz puesto.
Ella suelta una risita. —Si estás intentando ser sexy y darme órdenes, tienes que bajar un poco el tono. No me van esas novelas románticas oscuras donde el hombre es un controlador.
¿Está intentando ser confusa a propósito? —¿De qué estás hablando? —Levanto la mano—. Da igual. No importa. Ponte el albornoz.
Arruga la nariz. —Es terriblemente difícil tener sexo si llevo puesto un albornoz.
Mi polla, que ya estaba medio dura de ver sus piernas desnudas e imaginarla atada a mi cama, se endurece y se alarga. Gimo. —No vamos a tener sexo.
Saca el labio inferior en un puchero. —¿Es que no me quieres?
—Sabes que te quiero. Puedes ver que sí.
Sus ojos bajan hasta mi polla y se lame los labios. —Desde luego.
—Addy, hablo en serio. No voy a tener sexo contigo esta noche. Estás herida.
Da un golpe al sofá. —¿Me estás tomando el pelo? Te he visto recibir golpes peores en un partido de entrenamiento.
—Yo estoy entrenado para recibir golpes. Tú no.
Entorna los ojos. —¿Estás diciendo que soy débil por ser mujer?
Lanzo las manos al aire y retrocedo unos pasos. —Nunca he dicho nada de que seas débil. Eres una de las mujeres más fuertes que conozco. Básicamente tienes tres trabajos pero nunca te quejas de lo cansada que estás. Nunca te quejas de lo difícil que es.
—Falso. Me quejo todo el tiempo de lo difícil que es lidiar con mis hermanos.
—Esos hermanos a los que claramente amas y por los que harías cualquier cosa.
—Yo no diría cualquier cosa.
—Pajarcillo, literalmente te niegas a irte de Smuggler’s Hideaway para poder seguir cuidando de ellos.
Ella gruñe y se levanta. —Si vas a darme el sermón por no mudarme y no vamos a tener sexo, me voy a casa.
Levanto una ceja. —¿Te vas a ir a casa en sudadera?
Se estira la tela hacia abajo. —Me llega prácticamente a las rodillas.
—¿Vas a irte andando?
—No está lejos.
Avanzo hacia ella como un depredador. —No vas a irte andando a casa con una pierna herida. De todos modos, el tema no tiene discusión. No te vas a ninguna parte.
Ella me da un toque en el pecho. —Estás siendo un pesado.
Le cojo la mano y la pongo sobre mi corazón. Hace solo un momento que ha vuelto a latir con normalidad después de verla desplomarse.
—Pajarcillo, estás herida. Es un honor para mí protegerte hasta que estés curada. Incluso si es de ti misma.
—Apenas me han dado un golpe.
Aprieto los dientes. —Te has desplomado.
—Cariño. —Me acaricia las mejillas—. No me he desplomado. Me he caído porque he sobreestimado mis fuerzas. Me he dejado llevar por el juego.
Quiero discutir con ella, pero tengo cosas más importantes que tratar. Como el hecho de que es la primera vez que se dirige a mí con un apelativo cariñoso.
—Dilo otra vez —refunfuño.
—No me he desplomado. Yo...
—No. Lo primero.
Frunce el ceño. —¿Cariño?
La rodeo con mis brazos y la atraigo hacia mí hasta que su cuerpo choca contra el mío. Mis labios capturan los suyos y ella se abre con un gemido. Hundo mi lengua en su boca. Su sabor me golpea y me olvido de su lesión, de que tiene un hematoma en la pierna.
La levanto y ella enrosca sus piernas alrededor de mi cintura. Mi polla presiona contra la cremallera, ansiosa por hundirse en su calor. Me siento en el sofá con ella a horcajadas sobre mí. Ella gime. Le encanta esta posición.
Yo mismo le estoy cogiendo el gusto a esta postura. Addy encima de mí, frotando su calor contra mi polla. Addy, con sus pechos botando mientras se hunde en mi miembro. Joder, sí.
Deslizo mis manos por sus piernas, desde los pies hasta las pantorrillas, pasando por las rodillas hasta los muslos.
—¡Ay!
Separo bruscamente mi boca de la suya. —¿Te he hecho daño?
—No me has hecho daño. —Su mueca me indica que está mintiendo.
—Sí que lo he hecho. Te he dicho que no deberíamos tener sexo.
Resopla. —Ha sido un pinchazo minúsculo. No es para tanto. Mientras no toques el moratón, estamos bien.
—Yo no estoy bien. No voy a arriesgarme a hacerte daño.
—Es mi elección aceptar el riesgo o no.
—No.
Entorna los ojos. —¿Siempre eres así de difícil?
—Cuando se trata de protegerte, sí.
—¿No vas a tener sexo conmigo por un moratón diminuto?
—Tu moratón no es diminuto.
—Vale. Tengo una idea mejor.
Se levanta para luego dejarse caer de rodillas frente a mí. —Pajarcillo.
—¿Qué? —Me mira parpadeando—. No hay ninguna posibilidad de que toques mi estúpido moratón si no puedes llegar a él.
—No te quiero de rodillas.
Señala mi polla con la cabeza. —Ella no está de acuerdo.
—Addy —le advierto.
Ignora mi advertencia y me desabrocha los vaqueros antes de bajar la cremallera. No llevo ropa interior y mi polla salta hacia fuera. Ella la agarra y aprieta.
—¿No quieres mi boca ahí?
Mi polla da un respingo en su mano. —Por supuesto que quiero tu boca ahí. Pero no soy un bastardo egoísta.
Se encoge de hombros. —Puedes hacérmelo tú a mí luego.
—Te sentarás en mi cara y, si te hago daño, paramos.
—Trato hecho.
—Aún no he terminado. —Le paso una mano por el pelo y tiro un poco hasta que se ve obligada a mirarme—. Si sientes dolor y no me lo dices, te castigaré más tarde.
Parpadea con coquetería. —¿Castigarme cómo? Sigo abierta a la discusión de las ataduras.
Gruño. —Hablo en serio, pajarcillo. No voy a permitir que sientas dolor mientras yo estoy en el éxtasis.
—Éxtasis, ¿eh? Tengo mucho que demostrar entonces.
—Pajarcillo, tenerte de rodillas frente a mí con la boca hinchada de mis besos ya es el éxtasis.
—Dices las cosas más dulces. Ahora, cállate. Tengo trabajo que hacer.
Aprieta la base de mi polla antes de tragarse mi longitud. Gimo ante la sensación de su boca cálida envolviéndome. Succiona y mis caderas se elevan del sofá antes de que me dé cuenta de que me muevo.
—Maldita sea, pajarcillo. Vas a acabar conmigo.
Lo que no digo es que tiene total libertad para arruinarme para cualquier otra mujer. Que no quiero a ninguna otra mujer que no sea ella. Que es mía y que no voy a dejarla marchar.
Obligo a esos pensamientos y a la batalla por conseguir que admita que es mía a salir de mi mente para concentrarme en lo que me está haciendo sentir.
No voy a durar mucho. Me aprieta las pelotas con la mano libre y gimo. Nada de nada.