Capítulo 26
No sabía que el desayuno fuera una droga de inicio.
Addy
Intento darme la vuelta, pero el brazo que rodea mi cintura me mantiene firmemente en mi lugar.
—No tienes permiso para volver a huir —gruñe Gage con esa voz ronca de la mañana que desearía escuchar cada día por el resto de mi vida.
—¿No tengo permiso? —pregunto, en lugar de centrarme en lo mucho que me gusta la idea de despertarme con Gage cada mañana. Prefiero vivir mi vida en el mundo real. No en una isla de fantasía.
Me hace rodar hasta que estamos frente a frente. —Déjame reformularlo. Estamos saliendo. Hemos tenido sexo. No hay razón para huir.
—¿Ni siquiera si me preocupa cómo responderás a mis críticas sobre tu rendimiento?
Lanza un gruñido y me acerca más. —¿Criticar mi rendimiento?
Abro mucho los ojos e intento parecer inocente. —¿Es que no encajas bien las críticas?
—Puedo encajar las críticas de Coach Cha-Cha cuando me salto una protección contra el blitz. Pero no hay ninguna razón para que tú critiques mi rendimiento de anoche.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque he sentido cómo tu apretada vagina intentaba asfixiar mi polla tres veces.
Arrugo la nariz. —¿Tres veces?
Él gruñe antes de subirse encima de mí. —Si quieres repetir, lo único que tienes que hacer es pedirlo.
Suelto una risita. —¿Tienes hambre? Porque te has lanzado a mi provocación bastante rápido.
Su estómago ruge como respuesta.
—Tienes mucha hambre.
Se encoge de hombros. —Anoche me perdí el postre. Y no tuve mi tentempié de medianoche.
Levanto una ceja. —¿No?
Su polla se endurece y se alarga contra mí. —Puede que necesite otra cata de ese tentempié de medianoche en particular.
Me estremezco. Puede merendarme cuando quiera. Su estómago vuelve a rugir. Tendré que esperar.
—Vamos a alimentarte antes de que tu estómago se devore a sí mismo.
Me besa la nariz. —Te prepararé el desayuno.
Me quedo boquiabierta. —¿Vas a cocinar tú?
—No me mires con tanta sorpresa. Ya te he cocinado pasta antes.
Resoplo. —Cualquiera puede cocer pasta y calentar un bote de salsa. No es difícil.
—¿Me estás desafiando? ¿Qué te parecen unas tortitas con pepitas de chocolate?
Ahora es el turno de mi estómago para rugir. Él se ríe entre dientes antes de quitarse de encima de mí de un salto. Se inclina para recoger unos pantalones cortos del suelo y sus nalgas se tensan con el movimiento.
Maldita sea. Sus músculos son magros y definidos. Y anoche pude tocar cada uno de ellos. Me hormiguean los dedos por la necesidad de volver a tocar. ¿Quién sabe cuándo tendré otra oportunidad? Al fin y al cabo, se marchará al final del verano. Momento en el que él...
No. Corto esos pensamientos antes de que se materialicen. Busco un tema, cualquier tema, para alejar mi mente del futuro.
—Espera un momento. ¿Cómo vas a hacer tortitas con chocolate? Tu suite solo tiene microondas.
—Mira a tu alrededor, pajarcillo. No estamos en mi suite.
Escaneo la habitación para descubrir que tiene razón. Esta no es su suite. —¿Por qué te has cambiado de habitación?
—Me he mudado a uno de los chalés por ti.
—¿Por mí?
—Los chalés son privados. Puedes ir caminando hasta tu coche sin cruzarte con nadie. No quiero que pases vergüenza si alguien te pilla saliendo de mi suite.
Me erizo. —No me avergüenzo.
Cruza los brazos sobre el pecho y tengo que obligarme a mantener la mirada en su rostro. Sus músculos son demasiado distractores.
—Y tu cara tampoco estaba roja como un tomate la mañana que te escolté a mi SUV para recoger a Otis de la cárcel, ¿no?
Levanto la barbilla. —Quizá estaba preocupada por Otis.
Se ríe entre dientes. —Vístete. Empezaré con el desayuno.
Espero a que se vaya para saltar de la cama. Cojo mi ropa y me dirijo al cuarto de baño. Me quedo helada en la entrada. Esto no es un baño. Es un spa. La bañera es lo bastante grande para dos personas, y en la ducha probablemente cabría todo el equipo de Gage.
Me obligo a salir de mi estupor y me visto rápidamente. Rebusco en el cajón del tocador y descubro cepillos de dientes de repuesto, toallitas desmaquillantes, loción, champú... prácticamente todos los productos de belleza que existen.
Termino y salgo del dormitorio a la zona principal del chalé.
Anoche no me fijé mucho. Pero ahora me tomo mi tiempo para observar.
Hay una puerta acristalada que da a una zona exterior que tiene un jacuzzi.
También hay un salón completo con un televisor más grande que la mayoría de las pantallas de cine.
—Este sitio es increíble. ¿Cuánto estás pagando por esto? —pregunto cuando llego a la zona de la cocina abierta.
Me mira por encima del hombro. —El equipo corre con la mayor parte de la cuenta.
—Guau. Tengo que presionar a Otis para que entrene más si así es como viven los jugadores profesionales de la NFL.
Vuelve a centrar su atención en la sartén que tiene delante. —Otis es bueno. Si quiere ser profesional, podría serlo. Solo necesita algo de disciplina.
—Otis y disciplina no son palabras que yo asociaría. —No quiero hablar de mi hermano esta mañana. Mis hermanos ya ocupan demasiado espacio en mi mente habitualmente. Hoy no. —¿Cómo puedo ayudar?
Señala con la cabeza la cafetera de la esquina. —Tu café está listo, y hay zumo de naranja en la nevera si quieres.
Cojo el café de la máquina y doy un sorbo. —Mmm. ¿Qué es esto?
—Mocha de avellana.
—Está muy bueno. ¿Quieres uno?
—Café solo para mí.
Le preparo un café y se lo entrego. —Gracias, pajarcillo. —Me besa en la frente.
—¿Estás haciendo huevos y tortitas? Qué combinación más rara.
—Las tortitas son para ti. Los huevos para mí. Tengo que dar el peso.
Levanto las cejas. —¿Una docena de huevos está bien para dar el peso, pero una tortita no?
—Quemaré estos huevos durante mi carrera matutina. Las tortitas se me quedarían en el estómago.
Arrugo la nariz. —Lo siento. ¿Estoy estropeando tu rutina matutina?
Me rodea la cintura con un brazo y me atrae hacia él. —Cambiaría mi rutina habitual de batido de proteínas y carrera matutina por despertarme a tu lado en mis brazos cualquier día.
Me derrito contra él. —Dices las cosas más dulces del mundo.
—Solo a ti, pajarcillo. Solo a ti. —Me da un apretón antes de empujarme hacia la nevera. —Coge el zumo de naranja. El desayuno está casi listo.
Mientras él termina, sirvo el zumo y coloco las servilletas y los cubiertos. Me siento a observarlo.
—Podría acostumbrarme a esto —digo cuando pone un plato de tortitas con pepitas de chocolate delante de mí.
—Múdate conmigo y te cocinaré cada mañana.
—¿Cada mañana? ¿No te pasas la mitad de la vida de viaje, viviendo en habitaciones de hotel?
—No la mitad de mi vida. —Se pone a comer sus huevos revueltos.
Echo un poco de sirope en mis tortitas antes de probarlas. Suelto un gemido ante el delicioso sabor del chocolate, la mantequilla y el sirope de arce. —Están buenísimas.
—Algún día dejarás de sonar sorprendida por mi cocina.
Ojalá pudiera pasar muchísimas mañanas con él. Hasta que su cocina ya no me sorprenda. Hasta que ya no me despierte con un hormigueo por la sensación de su brazo rodeándome. Hasta que ya no sienta un nudo en el estómago ante la idea de que se marche.
Me señala con el tenedor. —No creas que no me he dado cuenta de cómo has evitado hablar de mudarte conmigo.
—Gage. —Resoplo. —No puedo abandonar a mi familia. Por mucho que deseara que fuera de otra manera.
Vaya. No tenía intención de decir esa última frase.
—¿Te mudarías conmigo de no ser por eso?
—¿Quizá? —Me encojo de hombros. —Apenas nos conocemos.
Busca mi mano. —Sé lo suficiente.
—No tienes ni idea de lo gruñona que me pongo si no duermo lo suficiente. O de lo borde que soy si alguien interrumpe mi sueño. O de las bromas que les gasto a los teleoperadores.
Él sonríe. —¿Has conocido a Brock? Puedo lidiar con los gruñidos. A mí también me cabrea que me interrumpan el sueño. Y me encantaría descubrir esas bromas que les haces a los teleoperadores. ¿Cuál es tu siguiente argumento?
Descarto su pregunta con un gesto. —No importa. Mi familia me necesita.
—Es admirable cómo cuidas de ellos.
—Pero...
—Pero Otis es prácticamente un adulto. Penelope va a gobernar el mundo antes de graduarse en el instituto. Y Mila tiene a su madre.
—Mila necesita un ejército de madres. Puede que Penelope gobierne el mundo algún día, pero Mila lo va a destruir. No a propósito, que conste. Será un accidente. Pero el mundo seguirá quedando en ruinas.
Me aprieta la mano una vez antes de soltarla y volver a hincar el tenedor en los huevos. —Quizá encuentre un deporte y centre toda su atención en él.
Gimo. —Me da miedo lo que les haría a sus rivales si perdiera.
Arruga la nariz. —La expulsarían de la competición.
—Y volveríamos justo al punto de partida. Mila destruyendo el mundo.
—Me aseguraré de que mi agente tenga a mi empresa de relaciones públicas en marcación rápida.
—¿Tienes una empresa de relaciones públicas?
—La empresa ayuda a construir una imagen pública positiva para mí, gestiona mis redes sociales y me consigue patrocinios de marcas.
—Guau.
—Debería ponerte en contacto con mi enlace. Necesitarás un gestor de relaciones públicas en cuanto despegue tu negocio de composición de canciones.
—¿Mi negocio de composición?
—Juliet Ash es solo el principio. Con sus contactos, estarás vendiendo canciones a todos los mejores cantantes de pop antes de que te des cuenta. Probablemente deberías mudarte ya a Steel City. Vas a estar allí lo suficiente como para negociar contratos.
Resoplo. —Nunca te rindes, ¿verdad?
Su mirada color chocolate negro se encuentra con la mía. —Pajarcillo, nunca me rendiré contigo.
La sinceridad en sus ojos es evidente. Lo dice en serio. No se rendirá conmigo. Lo cual es bueno, ya que lo amo.
¿Lo amo? ¿Cómo puedo amarlo? Apenas lo conozco.
Al parecer, a mi corazón no le importa. Se ha aferrado a Gage y no tiene intención de soltarlo pronto, si es que lo hace alguna vez.
Gage Edwards es increíble y quiero pasar mi vida con él. Despertarme con él cada mañana. Discutir sobre mis hermanos durante un desayuno que él haya cocinado cada día. Pasar mis noches con él.
Es oficial. Amo a Gage Edwards.
Pero ¿qué pasará al final del verano? ¿Me dejará de la misma forma que lo hizo mi padre? ¿Sin mirar atrás?