En su equipo (Steel City Seals 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

El ritmo importa más que la velocidad.

Gage

Todos los pensamientos y preocupaciones sobre si debería dejar ir a Addy para salvar mi carrera desaparecen mientras la acompaño a mi chalé. Ha venido a mí cuando ha tenido buenas noticias. Siente esta conexión tanto como yo.

No puedo dejarla marchar. Encontraré la manera de compaginar el fútbol americano y el amor. Los jugadores lo hacen todo el tiempo. ¿Qué tan difícil puede ser?

Llegamos al chalé y guío a Addy hasta el sofá. Me siento y tiro de ella para que se siente en mi regazo. —Cuéntamelo todo —digo una vez que está a horcajadas sobre mí.

—No te lo vas a creer —empieza ella.

—¿Te ha llegado ya su correo con el papeleo del abogado? —pregunto en cuanto termina.

Se muerde el labio inferior. —El papeleo del abogado... ¿De verdad necesito un abogado? —gime—. Todo esto me viene grande. No entiendo nada.

Le aparto el labio de los dientes con el dedo. —Lo solucionaremos. Yo tengo un abogado, pero supongo que los abogados deportivos y los del mundo del espectáculo son distintos. Aunque una vez vi a Juliet Ash saliendo del despacho del mío.

Se queda boquiabierta. —¿Viste a Juliet Ash?

—Vive en Steel City.

—¿Ah, sí?

Me encojo de hombros. —Tiene una casa allí, además de en Nueva York y Hollywood.

—Y mientras tanto, yo no tengo ni una sola casa.

Esta es la oportunidad perfecta. Y si hay algo que he aprendido como running back es a no dudar. A lanzarse al hueco antes de que se cierre.

—Podrías venir a vivir conmigo.

Suelta una carcajada. Al ver que yo no la acompaño, se pone seria. —No estás bromeando.

Le coloco un mechón de su pelo pelirrojo y ondulado tras la oreja. —Es la solución perfecta. Podrías negociar la venta de tu canción a Juliet y pasar tus tardes... —Muevo las cejas—. Y tus noches conmigo.

—No puedo abandonar a mi familia. Mi madre cuenta conmigo.

—Otis ha estado asumiendo más responsabilidades últimamente.

—Hay una diferencia entre vigilar a sus hermanas un par de veces en verano y asegurarse de que lleguen al colegio y a todas sus actividades a tiempo durante el curso escolar. Además, todavía es un crío.

Diecisiete años no es exactamente un crío. A su edad, yo jugaba al fútbol mientras iba al instituto y mantenía un trabajo para pagar toda mi equipación y los viajes de los partidos fuera de casa.

Le beso la nariz. —Está bien.

—¿Está bien? ¿No vas a insistir?

—¿Y arriesgarme a que me acuses de intentar controlarte? Ni hablar. Aprendo de mis errores. Cuando un linebacker te taclea las suficientes veces, aprendes a adaptarte.

—¿El «Señor No Le Tiene Miedo a un Cuarto Down» le tiene miedo a un linebacker?

—¿Has visto a un linebacker en persona? Son enormes y corpulentos. Y saben cómo golpear.

Ella sonríe antes de acercarse. —Gracias. —Presiona sus labios contra los míos.

Hace amago de retirarse, pero la agarro por los hombros para mantenerla justo donde está. Con sus pechos apretados contra mi pecho. Su boca contra la mía. Mi polla da un respingo de agradecimiento.

Le doy un mordisquito en el labio inferior. —Déjame entrar.

En el segundo en que abre la boca, me adentro en ella. Su sabor me golpea y gimo. Nunca me cansaré de su sabor. Es demasiado dulce y adictivo. Y es mío. Ningún otro hombre tendrá la oportunidad de probarla si yo tengo algo que decir al respecto.

Se desliza hacia delante hasta que su centro queda situado sobre mi polla. Esta se endurece y se alarga en respuesta. Ella gime y entrelazo mis manos en su pelo sedoso para mantenerla justo donde está. Justo donde la quiero. Justo donde pertenece.

Se frota contra mi polla y la agarro por las caderas para detenerla.

Separa sus labios de los míos bruscamente. —¿Por qué me paras?

—No quiero follarte en el sofá. No eres una groupie.

Parpadea con coquetería. —¿Y si quiero que me folles en el sofá?

Gimo. —No me lo estás poniendo nada fácil.

Se menea en mi regazo. —Es duro. Como a mí me gusta.

Suelto una carcajada. Nunca sé qué va a decir. Es refrescante. Me encanta.

La quiero. Las palabras no me sorprenden. Esperaba enamorarme de ella pronto. En el momento en que la vi cantar, supe que la quería. El amor llegó de forma natural.

Me muerdo la lengua antes de soltar lo mucho que la quiero. Si las escucha, saldrá corriendo más rápido que un running back al ver la luz después de un bloqueo perfecto.

Le acaricio el cuello con la palma de la mano. —¿Estás segura? Tengo un dormitorio perfectamente respetable a pocos pasos. Creo que incluso he hecho la cama esta mañana.

Me va dejando besos a lo largo de la mandíbula. —Estoy segura.

Le aprieto el cuello suavemente hasta que levanta la cabeza para encontrarse con mi mirada. Estudio sus ojos. No hay nada más que pasión en sus ojos marrón claro. Nada de miedo. Bien. No dejaré que se arrepienta de estar conmigo.

—Quítate la camiseta —ordeno.

Ella sonríe con picardía antes de agarrar el dobladillo de su camiseta de tirantes y quitársela de un tirón.

Gruño. —Estás desnuda. ¿Dónde está el sujetador?

—Viene incorporado en la camiseta.

Me agarra las manos y las pone sobre sus pechos. No es tímida en la cama. Me encanta. —Juega con ellos.

Suelto una risita. —Sí, señora.

Ella sonríe. —¿Señora? Me gusta.

Es tierno que piense que ella manda. Ya veremos quién manda aquí.

Amaso y masajeo sus pechos hasta que echa la cabeza hacia atrás y gime mientras empuja el pecho contra mis manos. Le pellizco los pezones hasta que son puntas duras. Y ella se frota con fuerza contra mi polla.

Mi miembro presiona contra la cremallera. Ansioso por escapar y enterrarse en el cálido frescor de Addy. Estoy de acuerdo, pero ella tiene que estar lista para mí.

Deslizo una mano por su torso hasta llegar a la cinturilla de sus pantalones cortos. Son elásticos. Perfecto.

Meto la mano bajo la tela y aparto sus bragas hacia un lado. Este acceso fácil mientras está a horcajadas sobre mí es fantástico.

Le acaricio el clítoris dibujando círculos a su alrededor mientras sigo jugueteando con su pezón.

—Por favor. Por favor. Por favor —repite ella casi como un mantra.

—¿Por favor, qué? ¿Qué quiere mi pajarcillo? Pídelo con amabilidad y podrás tener lo que quieras.

—Sabes lo que quiero.

—¿Ah, sí? ¿Es esto? —presiono la palma de mi mano contra su clítoris—. ¿O esto? —le provoco la entrada con el dedo—. ¿O quizá esto? —le meto el dedo en el coño.

Ella gime. —Eso.

Bombeo el dedo y ella se eleva para recibir mis embestidas. Sus paredes se aprietan alrededor de mi dedo y añado un segundo.

—Estás bien estrecha.

Mi polla se tensa contra la cremallera. Tiene envidia de mis dedos. Quiere hundirse en el estrecho coño de Addy.

—¿Te vas a correr para mí?

Ella asiente con la cabeza.

—¿Vas a gritar mi nombre cuando te corras?

Sacude la cabeza.

Aumento el ritmo hasta que empieza a jadear. Me agarra de los hombros y sus uñas se me clavan en la piel a través de la camiseta. Sus paredes tiemblan y se contraen. Está cerca. Bien. Porque yo no puedo esperar mucho más.

—Córrete para mí, pajarillo. Mójame toda la mano y luego haré que te corras con mi polla.

—Gage.

Presiono la base de la mano contra su clítoris mientras aumento el ritmo de mis embestidas.

—Gage —gime mientras le llega el clímax.

Sigo empujando en ella hasta que su orgasmo remite. Espero a que se desplome contra mí antes de retirar la mano.

—¿Estás demasiado cansada para el segundo asalto?

Como respuesta, frota su centro contra mi polla.

—Levántate —ordeno—. Fuera pantalones.

Se baja los pantalones por las piernas mientras yo me desabrocho los vaqueros y me los bajo hasta los muslos. Me doy palmaditas en el regazo. —Sube.

Me agarro la base de la polla mientras se pone a horcajadas sobre mí. —Mierda. Espera. He olvidado el condón.

—¿Estamos saliendo?

Gruño. —¿De verdad necesitas preguntarlo?

—¿Somos exclusivos?

—No quiero a ninguna otra mujer. Solo a ti. —Solo a ella el resto de mi vida, si lo consigo.

—¿Y estás limpio?

—Me hice un chequeo al principio del campo de entrenamiento.

—Entonces estamos bien.

Levanto una ceja. —¿Estamos bien?

—Tomo la píldora y no he tenido sexo —excepto aquella vez contigo— en años.

—¿Años? —gruño—. Tenemos tiempo que recuperar.

—Oh, qué bien. —Se ríe mientras se sube a mi regazo. Se sitúa sobre mi polla.

—¿Estás segura? No me importa usar condón.

Prefiero no hacerlo. De hecho, me encantaría tirarlos todos a la basura y entrar en ella a pelo cada vez. Pero mi deber es protegerla. No quiero presionarla. No quiero que tenga ningún remordimiento. Ni en la vida ni, desde luego, en lo que respecta a mí.

Me besa los labios. —Estoy segura. Pero gracias por preguntar.

La agarro por las caderas y la bajo sobre mi polla. En cuanto me veo rodeado por su calor, pierdo la cabeza. Me muevo en ella con fuerza. Soy un animal salvaje sin fuerza de voluntad ni control. No existe el control cuando se trata de mi pajarillo.

Es mi obsesión. Mi adicción. Mi amor.

Y no la voy a dejar marchar hasta que esté atada a mí.