Capítulo 24
Esto no es una broma telefónica.
Addy
—¡Addy! —grita Mila y yo suspiro. ¿Es mucho pedir cinco minutos de tranquilidad?
—¡ADDY! —Parece que sí.
Cierro mi cuaderno de un portazo y me pongo de pie. Camino con paso firme hacia el dormitorio de Mila y Penelope. —¿Qué pasa?
Mila señala a Penelope. —Me ha arrancado una pestaña.
Arqueo una ceja mirando a Penelope. —¿Lo has hecho?
Ella se encoge de hombros. —Mila no debería haber tirado mi libro al váter.
—No lo he tirado a propósito.
—¿Para qué tenías mi libro, para empezar? Es imposible que te interesen las diferencias entre las pirámides egipcias.
Mila se queda mirando a la pared.
—Mila —insisto.
Ella levanta los brazos al aire. —Estaba intentando esconderle el libro para que dejara de leer. Quería que alguien jugara conmigo. Pero ella nunca quiere jugar. Siempre está leyendo. ¡Es abu-rrida!
—Leer no es aburrido. Claro. —Penelope resopla—. Tú qué vas a saber, si ni siquiera sabes leer.
Mila da un pisotón. —Que sí sé leer.
—Penelope. No te metas con tu hermana por lo de leer. Sabe leer.
—A un nivel de tercero de primaria.
—Porque estoy en tercero de primaria.
Empiezan a pelearse y me masajeo las sienes con movimientos circulares; noto que me va a dar un dolor de cabeza. Tratar con clientes metemanos en Five Fathoms es preferible a lidiar con mis hermanas.
—Chicas. —Siguen discutiendo—. ¡Chicas!
Mi teléfono suena antes de que tenga oportunidad de controlarlas. Lo miro. No reconozco el número. Como conozco el número de casi todo el mundo en Smuggler’s Hideaway, le doy a ignorar.
—¡Chicas!
Mi móvil suena otra vez. El mismo número . Obviamente, esta persona no va a desistir. Genial. Otra distracción.
Deslizo para responder. —Club de la lucha de las niñas, ¿en qué puedo ayudarle? Tenemos tirones de pelo, camas sin hacer o lanzamientos de libros al váter.
—Sabía que sabías cantar y componer canciones. No sabía que eras graciosa.
No reconozco la voz. —Lo siento. ¿Quién es?
—Soy Juliet Ash.
—Ja, ja. Muy gracioso, Otis.
—¿Quién es Otis?
—Otis —gruño—. Déjalo ya. Ahora no tengo tiempo para tus jueguecitos.
—¿Qué jueguecitos? —pregunta Otis desde detrás de mí.
Frunzo el ceño. —¿No me estás gastando una broma telefónica?
—¿Te está dando un parraque? Estoy aquí delante de ti sin mi móvil. No te estoy llamando. No seas tonta. —Pone los ojos en blanco antes de alejarse.
—No sé quién es Otis, pero quiero conocerlo.
Me cago en todo. He tenido el teléfono pegado a la oreja todo este rato.
—Lo siento.
—No te disculpes —dice la mujer—. Esto ha sido más entretenido que todo lo que me ha pasado en el día.
—¿Podemos empezar de nuevo? Hola, soy Addison Price. ¿Y tú eres?
—Juliet Ash.
El corazón me golpea contra el pecho y la mano con la que sostengo el móvil me tiembla. —¿Juliet Ash? ¿La estrella del pop?
—Prefiero cantante.
—Mierda. Perdón. Mierda. Y ya he soltado dos tacos por teléfono con Juliet Ash.
Ella suelta una risita. —Sabía que serías divertida.
—¿Sabías que sería divertida? ¿Cómo lo sabías?
—Estabas cantando en un bar lleno de mujeres vestidas de sirena.
Trago saliva. —Has visto el vídeo.
—Cariño, todo el planeta ha visto el vídeo.
Me dejo caer en la cama de Penelope. —Esto es vergonzoso.
—¿Vergonzoso? ¿Por qué? Sabes cantar, y me ha encantado tu canción.
—¿De verdad?
—Por eso me he puesto en contacto contigo.
—¿Ah, sí?
—¿Qué te parecería que yo grabara tu canción?
Me quedo boquiabierta y a mi cerebro se le olvida cómo funcionar.
Juliet Ash, una estrella del pop internacional que se fue de gira con la mismísima Taylor Swift, quiere grabar mi canción.
¿Me está dando un parraque? Olfateo. No me huele a tostado.
Maldita sea. Se me han olvidado todos los demás síntomas de un ictus.
—¿Addy? ¿Puedo llamarte Addy?
Consigo que me vuelva la voz. —Sí.
—Sé que esto es un impacto. Aunque teniendo en cuenta que tu vídeo de YouTube ha superado los dos millones de visitas, tú...
—¿Dos millones?
—¿No lo has mirado?
—Eh, no.
Me he olvidado por completo del vídeo. Lo cual parece una locura. Pero, al parecer, enamorarse consume todas las neuronas. Descarto esos pensamientos. No me estoy enamorando de Gage. Se marcha al final del verano.
—Eres un soplo de aire fresco.
—¿Gracias?
—Te he dejado en shock. ¿Por qué no te doy algo de tiempo para que te lo pienses? Mientras tanto, haré que mis abogados te envíen el papeleo para licenciar la canción.
—¿Licenciar?
—No creo en comprar canciones a otros artistas. Tú mantienes los derechos de autor, pero me cedes el derecho a grabarla, producirla e interpretarla.
—Ah, de acuerdo.
—Este es mi número privado. No dudes en ponerte en contacto conmigo para cualquier duda que tengas. Ha sido un placer conocerte, Addy Price.
—Igualmente.
—¿Addy? —Penelope agita la mano delante de mi cara—. ¿Estás bien?
—¿Bien? —resoplo—. ¡Juliet Ash quiere grabar mi canción!
—¿Quién es Juliet Ash?
Mila pone los ojos en blanco. —Es una estrella del pop, boba.
Empiezan a discutir otra vez. Pero no tengo tiempo para esto. Tengo que contarle a Gage lo que está pasando.
—¡Otis!
Asoma la cabeza por la puerta. —¿Qué?
—¿Puedes vigilar a los gremlins? Tengo que irme.
—¿A dónde?
—¡La ha llamado Juliet Ash! —grita Mila.
—Joder. Mi hermana es famosa.
Ignoro su palabrota. Mi mente solo puede procesar un número limitado de cosas a la vez.
—Vete. —Me saca de la habitación dándome un empujoncito—. Ve a contárselo todo a tu novio.
Lo dice de broma, pero de verdad voy a ver a Gage.
Me tiemblan las manos mientras conduzco hacia el complejo. Una vez que aparco y entro, me doy cuenta de que no tengo ni idea de dónde está Gage. Me quedo en la zona de recepción mirando a mi alrededor.
Hudson me pone una mano en el hombro. —¿Estás bien, Addy?
—Gage —es la única palabra que logro articular.
—Ven. —Me guía por un pasillo hasta una gran sala de conferencias donde está cenando el equipo—. ¡Gage! —brama.
Gage se apresura hacia mí. Le da las gracias a Hudson antes de preguntarme: —¿Qué pasa?
—¡Juliet Ash quiere grabar mi canción!
Toda la sala se queda en silencio mientras todos se giran para mirarme. Vaya. Puede que haya gritado esas palabras a pleno pulmón.
—¿Hablas en serio?
—Me ha llamado. Al teléfono. A mi teléfono. Desde su número privado.
Me rodea con los brazos, me levanta del suelo y me hace girar por el aire. —¡Mi Addy va a ser famosa!
Cuando me deja en el suelo, sus amigos —Nolan, Tanner y Brock— nos rodean.
—¿Qué está pasando? —pregunta Nolan.
—Juliet Ash va a grabar mi canción.
No importa cuántas veces diga esas mismas palabras; no me lo puedo creer. ¿Es esta mi vida? ¿De verdad está pasando? Quizá debería volver a mi hipótesis del ictus. Debería buscar en Google cuáles son los síntomas de un ictus.
—¿La canción que cantaste en Bootlegger ? —pregunta Tanner. Asiento con la cabeza—. Increíble. La canción era la hostia.
Brock me estrecha la mano. —Felicidades, Addy. Tienes mucho talento.
Gage saca pecho. —Es increíble. Va a ser una compositora famosa.
Pongo los ojos en blanco. —Es solo una canción.
—Por ahora. Sé el talento que tienes. Vas a ser famosa.
Me encojo de hombros. —He tenido suerte de que me grabaras cantando y lo subieras a YouTube.
Él sonríe. —¿Eso significa que ya no estás enfadada conmigo por haberte subido cantando a YouTube?
Le señalo con el dedo en tono de advertencia. —No tientes a la suerte.
Suelta una carcajada y me pasa el brazo por los hombros. —Siempre te ayudaré.
Frunzo la nariz. —No conocerás por casualidad a un buen abogado de espectáculos, ¿verdad?
—Alguien de aquí tiene que conocer a alguno. —Señala al comedor lleno de su equipo de fútbol. Oh, mierda. Lo estoy interrumpiendo. No debería estar aquí.
—Lo siento. —Intento dar un paso atrás, pero él no me suelta—. Te estoy interrumpiendo.
—Pajarcillo, puedes interrumpirme cuando quieras.
—Excepto en el campo —refunfuña Brock—. Nada de correr al campo durante un partido. Y menos durante un cuarto down en el cuarto cuarto. Ni siquiera cuando estés de parto.
Parpadeo mirándolo. —¿Cómo se llega siquiera al campo? ¿No hay guardias de seguridad, puertas cerradas y jugadores de fútbol enormes para impedirte el paso?
—Si tienes determinación, te las ingenias.
—Yo... —Digo sin terminar la frase, negando con la cabeza. No tengo intención de invadir nunca un campo de fútbol—. Prometo no correr al campo cuando estés jugando ni en ningún otro momento.
—Nos estamos desviando del tema. —Gage me aprieta el hombro—. Quiero oír hasta el último detalle.
Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que todo el mundo en la sala nos está mirando. Siento las mejillas calientes. He estado soltando palabras a diestro y siniestro desde que he entrado. Quizá debería callarme ya.
Gage quita el brazo de mi hombro y me agarra la mano. —Ven. Me lo puedes contar todo con detalle en privado.
—Pero tengo que contarle todo el cotilleo a Alaia —se queja Tanner.
Gage le gruñe. —Mantendrás la boca cerrada hasta que Addy diga que se lo puedes contar a los demás.
Él se desinfla. —Eres un aburrido.
—Yo me encargo. —Nolan se lleva a Tanner, con Brock siguiéndolos.
Gage me guía fuera de la sala y por el pasillo hacia la salida. —Estoy jodidamente orgulloso de ti, pajarcillo.
Esas palabras me calan hondo. Quiero que Gage se sienta orgulloso. Quiero que esté orgulloso de ir del brazo conmigo.
Quiero a Gage. Y punto.