En su equipo (Steel City Seals 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Sé leer una defensa. ¿A una cantante pelirroja? No tanto.

Gage

—¡Edwards! —grita el Coach Knox—. Ven aquí.

Me quito el casco de un tirón mientras avanzo a grandes zancadas hacia la banda.

—¿Acaso intentas que maten a nuestro quarterback?

Gruño. Tiene todo el derecho a hacerme esa pregunta, ya que he fallado en la protección contra el blitz y he bloqueado al defensa equivocado. He vacilado en lugar de dar un paso al frente.

—¿En qué estás pensando?

En el dulce sabor de los labios de Addy. En los ruidos que hace cuando se frustra conmigo. En los suspiros que exhala cuando la toco como ella desea. Se me tensa la entrepierna, lo cual no es nada cómodo cuando llevas unos pantalones de compresión.

Tanner levanta la mano y da saltitos. —Yo sé en qué está pensando.

Le lanzo una mirada fulminante. —Preocúpate de tus propios problemas.

Finge que se atusa el pelo. —Yo no tengo ningún problema.

Arqueo una ceja. —¿Sabe Alaia que no tienes problemas? Puedo decírselo yo. Vuestro jueguecito se acabará. ¿Quieres que se acabe?

Camina hacia mí con pesadez. —Ni se te ocurra.

El entrenador se pone en medio y nos separa de un empujón. —¡Basta! Centraos en el juego o esta temporada os quedaréis calentando el banquillo.

Me estremezco. He sido running back titular en the Seals desde mi segundo año en el equipo. No tengo ninguna intención de perder mi puesto. Pero el entrenador tiene razón. Necesito centrarme en el juego y dejar de pensar en una sexy cantante pelirroja.

—¡Id! —el entrenador señala el campo—. Misma jugada. Repetidla.

No nos limitamos a repetir la jugada una vez más. La practicamos una y otra vez. Para cuando el entrenador hace sonar el silbato para dar por terminada la sesión de hoy, me arden los muslos y el sudor me chorrea por la espalda.

Nolan me da una palmada en la espalda mientras nos encaminamos a los vestuarios. —¿Estás bien? Pareces distraído.

Le miro con mala cara. —Tú tampoco, por favor.

Parpadea con aire inocente. La viva imagen de la ingenuidad. Bufo. No me lo creo.

—Hablo en serio, Nolan. Déjalo ya o me veré obligado a decirle a Terri que tienes un ritual antes de los partidos que incluye desnudez, un pescado maloliente y tacones altos.

Terri es la coordinadora de eventos del complejo.

Nolan la ha estado observando de la misma forma que un quarterback observa a la defensa revelar sus intenciones.

Por desgracia para él, ella lo ha estado esquivando como un quarterback esquiva un sack .

Hay más trasfondo en esa historia, pero no sé cuál es.

Gruñe. —No tengo ningún ritual antes de los partidos.

—¿En serio? ¿No te comes un paquete de galletas de mantequilla de cacahuete mientras escuchas Eye of the Tiger en los auriculares?

Y, si alguien te interrumpe, ¿no tienes que empezar el ritual desde el principio?

¿Has olvidado el partido contra los Tigers?

Tanner te interrumpió e hiciste que todo el equipo esperase mientras empezabas tu jueguecito de nuevo.

Si mal no recuerdo, te comiste cinco bolsas de galletas aquel día.

—Jamás me comería cinco bolsas de galletas antes de un partido. Y definitivamente no hice esperar a todo el equipo.

—Las imágenes del equipo llegando tarde están en YouTube. Las especulaciones sobre por qué llegamos tarde van desde que alguien tenía una diarrea explosiva hasta que al Coach Cha-Cha le dio un síncope o que una exmujer tenía al equipo como rehén. Apuesto a que a Terri le encantaría saber la verdad.

—Eres un capullo.

—¿Yo soy el capullo? Yo no he empezado esto.

—Lo que digas —masculla antes de marcharse furioso.

Corbin aminora el paso hasta que lo alcanzo. —Agradecería que no cabreases a todo el equipo en el entrenamiento.

—No soy yo quien cabrea a la gente. Todo el mundo me está cabreando a mí.

—Da igual. El entrenamiento debe tomarse en serio.

Corbin es todavía más serio con el fútbol que yo. Pero hace que parezca que estoy perdiendo el tiempo. Yo no tonteo en los entrenamientos. Aunque, por lo visto, sí me distraigo.

—¿Es que tú nunca te distraes?

—No.

—¿Ni siquiera con una casera sexy?

—Mi vida privada no tiene lugar en el campo. —Aumenta el ritmo hasta que tengo que trotar para seguirle el paso. Ser el tío más bajo midiendo un metro ochenta y ocho es una mierda a veces.

—¿Pero admites que tienes una vida privada y que incluye a tu sexy casera?

Se detiene en seco y casi me estampo contra él. —Siena no es pasto de cotilleos.

—Tú...

Levanta una mano. —Se acabó la conversación.

Doy un paso atrás. Cuando Corbin dice que se ha acabado, es que se ha acabado. —Entendido.

Asiente antes de dirigirse al vestuario. Lo sigo, pero esta vez no intento mantener su ritmo.

Llego al vestuario y voy hacia mi taquilla. No veo la hora de quitarme todo el sudor y la suciedad de encima. Sin embargo, no tengo prisa por irme.

Addy trabaja esta noche. No terminará hasta después de medianoche. Es demasiado tarde para que nos veamos, teniendo en cuenta que tengo planeada una carrera de ocho kilómetros antes del entrenamiento de mañana por la mañana.

Iría a verla a Five Fathoms Brewing , pero no se me da bien resistir la tentación de una hamburguesa jugosa y una cerveza fría. Y tengo que dar el peso. No voy a fallarle al equipo por tener sobrepeso y estar fuera de forma. Nada de hamburguesas ni cerveza para mí.

Se me encoge el corazón. Otro día más sin poder visitar a mi pajarcillo. Si tan solo trabajara menos. Si tan solo pudiera ganar dinero con sus canciones. Pero sé que no debo meterme donde no me llaman.

Mi Addy no necesita que yo interfiera. Es fuerte y puede encargarse de su propia vida. Como me ha señalado más de una vez. Puede que metiera la pata al principio, pero aprendo de mis errores. No estaría donde estoy hoy si no lo hiciera.

Aun así la ayudaré. Al fin y al cabo, estoy en su equipo. Y los compañeros se ayudan entre sí.

—¡Entrega para Gage Edwards!

Me pongo en pie. —Yo soy Gage.

Me hace una señal para que me acerque. —Tiene que firmar este pedido.

Voy hacia él. —¿Dónde está?

—Sígame.

No he pedido nada, pero no es raro recibir un paquete de alguno de mis patrocinadores. Especialmente justo antes de que empiece la temporada. Quizá mis botas nuevas ya están aquí.

—Es esto. —El repartidor señala un palé.

Frunzo el ceño. No suelo recibir entregas más grandes que mi sofá. —¿Qué es?

Se encoge de hombros. —Ni idea. Ni me importa. —Me tiende su escáner de mano y firmo. —Todo suyo.

—¿Cómo demonios se supone que voy a mover esto?

—No es mi problema —dice mientras se aleja.

Me pongo las manos en las caderas mientras medito qué hacer.

—¿Por qué no lo abres? —sugiere Tanner.

—Sí. —Nolan asiente con la cabeza—. Puede que sea voluminoso pero no pesado.

—Yo puedo levantar cosas pesadas.

Brock bufa. —Claro que sí.

No voy a discutir con el señor Gruñón. —Lo que digas.

Intento abrir la caja tirando de ella, pero está precintada.

—Toma. —Corbin me pasa una navaja.

Corto la cinta y abro la caja. —¿Pero qué demonios?

Saco un paquete de calcetines. Debajo hay otro paquete de calcetines. Rebusco en el contenido de la caja. Calcetines y más calcetines.

Tanner estalla en carcajadas. —Ahora no tendremos que oler tus calcetines apestosos en toda la temporada.

Le lanzo un paquete de calcetines. —Mis calcetines no huelen.

Nolan arruga la nariz. —No los lavas, y yo he olido tus pies.

Me cruzo de brazos y miro con severidad a mis compañeros. —Lavo mis calcetines.

—Solo cuando perdemos, y no tengo intención de que eso ocurra —dice Corbin.

—¿Qué preferiríais? ¿Una racha de victorias o que yo huela a rosas?

—Tío —gruñe Brock—. Tú nunca hueles a rosas.

—Comparado con tu hijo adolescente, sí.

—Te equivocas. Desde que Jace se hizo amigo de su instructora de surf, ha aprendido a usar la pastilla de jabón. ¿Tengo razón? —Tanner rodea los hombros de Brock con el brazo, pero este le da un codazo.

—Deja a May fuera de esto.

—No he sido yo quien ha mencionado su nombre. —Tanner menea las cejas.

Nolan suspira. —¿Quieres que te dé una paliza?

Tanner sonríe con suficiencia. —No puede. El entrenador le prohibió pegarme.

Brock sonríe. —Solo en el campo.

Da un paso hacia Tanner, que sale huyendo. —¡No me pillas!

Vuelvo a prestar atención a mi caja. —¿Qué se supone que voy a hacer con mil pares de calcetines?

—Póntelos.

Miro mal a Corbin. —Aquí hay suficientes calcetines para toda mi vida. Probablemente para varias vidas.

Se encoge de hombros.

—Invéntate algo. Tengo hambre —masculla Brock antes de regresar al vestuario. Corbin y Nolan lo siguen.

—¿No vais a ayudar? Sois los imbéciles que los pidieron.

Nolan me guiña un ojo. —Pero tú eres el que ha firmado la entrega.

Fíjate en que no ha negado haberlos pedido.

¿Dónde narices voy a deshacerme de tantos calcetines? Sonrío cuando se me ocurre una idea. Apuesto a que a Otis le vendrían bien unos calcetines. Y quizá a sus compañeros también.

Si me doy prisa, puedo pillar a Addy en casa. Puedo obtener mi dosis de mi pajarcillo antes de que se vaya a trabajar.

Me estoy obsesionando con ella rápidamente. Y no me importa. Addy es la mujer para mí. Me estoy enamorando de ella. No me importa lo rápido que haya pasado. Es la mujer con la que quiero pasar mi vida.

Tengo que averiguar qué hacer cuando termine el campo de entrenamiento. Y lo haré. Porque no voy a dejarla marchar.

Corro hacia el vestuario, pero antes de que pueda entrar, el Coach Knox sale de su oficina y se interpone en mi camino.

—Tenemos que hablar.

Un escalofrío me recorre la espalda. No está contento.

—Sé que he metido la pata en el entrenamiento de hoy, pero yo...

Levanta una mano para detenerme. —No es solo hoy. Has estado muy distraído últimamente. Y faltaste a un entrenamiento.

Se me revuelve el estómago. No quiero fallarle al equipo. Este equipo es mi familia. El fútbol es mi vida.

—Expliqué por qué falté al entrenamiento.

—Tienes que solucionar aquello que te esté distrayendo.

—¿Solucionar?

Addy no es un problema que haya que solucionar. Es una persona. La mujer de la que me estoy enamorando. La que quiero en mi vida. Permanentemente.

—Hablo en serio, Gage. Céntrate en el juego. Olvida la distracción. O perderás tu puesto en este equipo. Por no hablar de los patrocinadores.

Se marcha antes de que tenga oportunidad de responder.

Joder. ¿Tendrá razón? ¿Está Addy afectando a mi juego? ¿Debería dejarla ir antes de perderlo todo?

Trago saliva. No quiero dejar ir a Addy. Pero quizá tenga que hacerlo.