Capítulo 22
Nada es sencillo jamás en Smuggler’s Hideaway.
Addy
Penelope levanta la vista de su libro. Este trata sobre el cultivo de trigo en zonas áridas. —¿Por qué estáis todos amontonados frente a la ventana?
—Estamos esperando a Gage —dice Mila.
Penelope frunce el ceño. —¿Viene a cenar?
—Addy y Gage tienen una cita.
Penelope arruga la nariz, confundida. —¿Por qué estáis esperando a Gage si se va a una cita con Addy?
—Si la besa, tenemos que gritar.
Suelto un quejido. —¿Quién te ha dicho semejante cosa?
Mila señala a Otis.
—¿En serio? —Arqueo una ceja mirando a mi hermano.
Él se encoge de hombros. —Es mi obligación fraternal.
—De repente le importan mucho las obligaciones fraternales —murmura Penelope.
Levanto una mano antes de que Otis pueda responder. —Nada de discusiones.
Ella cierra el libro de un portazo y se pone en pie. —Vale. Pero no pienso escucharle esta noche.
—¡Pero si yo soy el canguro! —le grita Otis mientras ella se aleja.
Le frunzo el ceño. —¿No podías dejarlo pasar?
Él sonríe con suficiencia. —Obligaciones fraternales.
—¡Ya está aquí! —grita Mila antes de correr hacia la puerta y abrirla de par en par. Gage la levanta y la lanza por los aires. Ella suelta una risita como respuesta.
—No la tires.
Gage me dedica una sonrisa antes de dejar a Mila en el suelo.
Ella da un pisotón. —Pero si me estaba divirtiendo. Nunca me dejan divertirme.
—Como se ponga a tener una rabieta, no pienso hacer de canguro —murmura Otis.
Gage se arrodilla frente a ella. —Si prometes portarte bien, puedes venir a uno de mis entrenamientos la semana que viene.
—¿Puedo ir yo también? —pregunta Otis.
—Podéis venir todos. Será un asunto familiar.
¿Un asunto familiar? El corazón me da un vuelco. Quiero darle a este hombre, que creció sin nadie, una familia. Aunque la familia sea un grupo de hermanos irritantes.
Otis da saltitos sobre las puntas de los pies antes de aclararse la garganta y meterse las manos en los bolsillos. —Mola.
Gage saca un libro del bolsillo trasero. —Esto es para ti. Este libro me ayudó a concentrarme mejor en mi juego.
Otis le arrebata el libro. —Gracias, Gage.
—Cuando quieras.
Gage se acerca a mí y me besa la mejilla. —¿Estás lista para irnos, pajarcillo?
—¿A dónde vamos?
—Había pensado que podríamos cenar en Smuggler’s Cove.
Arqueo las cejas. —¿Has conseguido mesa en Smuggler’s Cove para esta noche?
—Sí. He llamado y han reservado una mesa. Sin problemas.
Suelto una risita. Esto va a ser divertido.
No tiene ni idea de que esta noche es la Cena de Recreación de los Contrabandistas.
La recreación se solía celebrar un fin de semana en invierno para atraer turistas a la isla en temporada baja.
Pero tuvieron tanto éxito que el ayuntamiento decidió celebrarlas mensualmente.
Gage entrelaza sus dedos con los míos y me guía hacia la puerta.
—¡Pórtaos bien todos esta noche!
Otis resopla. —Pórtate bien tú.
—¡Adiós, Gage! —grita Mila.
—Adiós, pequeña Mila. Te veré pronto.
Gage se encamina hacia su todoterreno, pero yo le tiro de la mano. —Hace una noche preciosa. Vamos andando. No son ni cinco minutos.
—Me parece bien. Así tengo más tiempo para tenerte cerca. —Me suelta la mano para pasarme un brazo por los hombros.
—Eres todo un seductor.
—Solo contigo, pajarcillo. Solo contigo.
—¿Cómo ha ido tu día? ¿Qué tal el entrenamiento?
Él mueve los hombros. —Ha estado bien. Pero odio el día de empuje en el gimnasio.
—¿Qué es el día de empuje?
—Es el día en que nos centramos en ejercicios de empuje como el press de banca, el press militar y las extensiones de tríceps.
Arrugo la nariz. Nada de eso suena divertido. —No recuerdo la última vez que pisé un gimnasio.
Él me recorre con la mirada y sus ojos se encienden. —No empieces a ir por mí. Me encanta tu cuerpo.
Me amilano al recordar cómo ha mimado mi cuerpo anteriormente. La atención al detalle. Ese enfoque absoluto en mí y en mi placer. Era adictivo. Quiero volver a experimentarlo.
Nuestra química es uno de los motivos principales por los que acepté salir con él.
Nunca antes había sentido las chispas que surgen entre nosotros.
Es difícil resistirse. Especialmente cuando ríe y bromea con mi familia.
Y tiene unos modales perfectos. Si a eso le sumas lo de su infancia y cómo logró superarla, no pude evitar ceder.
Llegamos a la calle principal y señalo al restaurante. — Smuggler’s Cove Restaurant está ahí.
—¿Por qué hay cola fuera?
Me encojo de hombros. Si todavía no se ha dado cuenta de que esta noche hay recreación, no voy a ser yo quien se lo diga.
Pasamos de largo la cola y entramos en el restaurante. —Hola —saludo a Hazel—. Pensaba que ya no trabajabas aquí desde que empezaste a tiempo completo en el complejo vacacional como fisioterapeuta.
—Me suplicaron que les echara una mano.
—Y por ahí dicen que no sabes decir que no cuando te suplican.
Ella me da un golpecito con las cartas. —Pórtate bien o os sentaré en medio de toda la acción.
—Desde luego deberías sentarnos en medio de toda la acción.
—¿Por qué querrías...? —Se interrumpe con una sonrisa pícara—. ¿Él no lo sabe?
—¿Saber qué? —pregunta Gage.
Me apresuro a responder antes de que Hazel pueda arruinar la sorpresa. —Lo buena que está la comida aquí.
—Probablemente no deberías comer aquí si quieres dar el peso —añade Hazel.
Gage descarta su preocupación con un gesto. —El pesaje semanal ha sido hoy. Tengo una semana entera para compensar lo que sea que coma esta noche.
Hazel nos acompaña a nuestra mesa. Deja las cartas sobre ella. —Vuestra camarera os atenderá en breve.
Gage me retira la silla. —Vaya, qué caballero.
—He hecho lo que me dijiste y he investigado cómo cortejar.
Suelto una carcajada. —No te sorprendas si te regalan un diccionario por Navidad.
¿Navidad? Faltan meses para Navidad. Puede que para entonces ni estemos saliendo.
Reculo más rápido que una sirena que ha avistado a un contrabandista.
—No te sientas presionado, no espero que sigamos saliendo en diciembre.
Él pone su mano sobre la mía. —Yo sí. Mi carrito de la compra virtual ya está lleno de regalos para ti y para tu familia.
Me quedo con la boca abierta. —¡Mentira!
—No lo sabrás si no nos das una oportunidad —dice él con tono cantarín.
—Eres un caso perdido de verdad.
—Tú dices caso perdido, yo digo...
Se ve interrumpido cuando la puerta se abre de golpe y varios hombres entran corriendo en el restaurante. Van vestidos de contrabandistas de la época de la Prohibición.
—Los Prohis vienen justo detrás de nosotros —dice el primer hombre.
—Tenemos que escondernos.
El primer hombre recorre la sala con la mirada. —O podríamos tomar un rehén.
Gage se inclina sobre la mesa. —¿Qué está pasando?
—Chitón.
Pero es demasiado tarde. Los contrabandistas ya se dirigen hacia nosotros.
El primer hombre entrecierra los ojos al mirarme. —Ella servirá.
—¿Servirá para qué? —pregunta Gage.
Los contrabandistas le ignoran. —Levántate —me ordena el hombre.
Me pongo en pie. Gage gruñe y se planta frente a mí. —No la vas a tomar como rehén.
El hombre le apunta con una pistola. —Quítate de en medio antes de que te pegue un tiro.
—Puedes dispararme, pero no te llevarás a mi mujer a ninguna parte.
Gage habla totalmente en serio. No tiene ni idea de que es una recreación. Le tiro de la manga. —Está bien.
No se molesta en mirarme. Mantiene la mirada fija en los dos contrabandistas. —No, no lo está. Es nuestra primera cita. No voy a dejar que nadie la arruine.
—¡Vienen los Prohis! —grita Hazel desde la entrada del restaurante, donde ha descorrido la cortina para mirar hacia fuera—. Si no queréis que os pillen, más vale que os escondáis o que os larguéis.
Los contrabandistas se miran entre sí por un segundo antes de salir corriendo hacia la cocina. En cuanto desaparecen de la vista, el restaurante estalla en aplausos.
Gage mira a su alrededor con el ceño fruncido. —¿Qué coño está pasando?
Me muero de la risa. —Es la Cena de Recreación de los Contrabandistas —consigo decir entre carcajadas.
Él se frota el cuello. —¿Esto era un espectáculo?
—Sí. Se celebra una vez al mes. ¿Por qué crees que me ha sorprendido que consiguieras mesa? ¿Y por la cola que había fuera?
—¿Por qué no me lo has dicho?
Le señalo la cara. —¿Y perderme lo confundido que estás ahora? Ni hablar.
—Me las pagarás.
—Ya veremos —digo canturreando—. Al fin y al cabo, esto es Smuggler’s Hideaway.
Finalmente se sienta. —Tu pueblo está loco.
—¡Habló el cuerdo!
—Vaya primera cita.
—Creo que es la primera cita perfecta.
Él me agarra la mano. —Cualquier cita contigo es perfecta.
La camarera deja dos botellas de cerveza sobre nuestra mesa. —Cortesía de la casa. Por habernos entretenido. —Nos guiña un ojo.
Gage hace una inclinación de cabeza. —Siempre es un placer ser de ayuda.
—Algunos de los turistas quieren tu autógrafo. —Señala a un grupo de mujeres que se nos acercan poco a poco.
—Yo... esto... —Empiezo a levantarme. No tengo ni idea de a dónde ir ni qué hacer, pero no quiero ser testigo de cómo un grupo de mujeres babea por mi cita. Es a mí a quien le toca babear por él.
No. No es mío. Esto es una cita, no una declaración de mis intenciones de quedármelo.
Gage me atrapa la muñeca. —Estaré encantado de firmar autógrafos. Después de cenar.
—Entendido. Yo me encargo de ellas. —La camarera se lleva a las mujeres de allí.
En cuanto se van, a Gage se le relajan los hombros y suelta un suspiro. —Siento eso. Los fans no siempre entienden lo que es la intimidad.
—Parecía que la situación no te molestaba. —Incluso les ha mostrado su hoyuelo.
Él me acaricia la muñeca con el pulgar. —No puedo ser un imbécil. Es parte de mi trabajo.
Arrugo la nariz. —¿Tus fans te molestan todo el tiempo?
—No es una molestia. ¿Un inconveniente cuando estás en una cita con una mujer a la que intentas impresionar? Claro. Pero no es una molestia.
Decido dejarlo pasar. Si vamos a salir, tendré que acostumbrarme a que sea famoso. Además, esta es nuestra primera cita. ¿Quién sabe si habrá más?
—Lo de impresionarme se fue al traste cuando decidiste interrumpir la recreación.
Él saca pecho. —Pensaba que te estaba salvando.
Le doy una palmadita en la mano. —Vale, grandullón. Puedes salvarme cuando quieras.
A decir verdad, no me importaría que me salvara cada día. No necesito que me salven, pero oh, qué glorioso sería tener a un hombre que se pusiera frente al peligro por ti siempre que pensara que necesitases ayuda.
Frena, Addy. Es una primera cita. Gage no me ha jurado amor eterno. Por mucho que esté empezando a desear que lo hiciera.