En su equipo (Steel City Seals 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Me gustan mis posibilidades.

Gage

Beso la mejilla de Nora. —Gracias por una comida estupenda.

Ella sonríe. —Gracias a ti por cocinar y por recoger. Eres una buena influencia para los chicos.

—Mamá —gruñe Addy.

Nora mira a su hija parpadeando. —¿Qué? Es la verdad.

—Eres incorregible.

—Estoy bien segura de que te demostré que puedo cambiar —dice Nora. Me pregunto a qué se refiere. Ahí hay una historia.

—Y, sin embargo, hay cosas que nunca cambian.

—Quiero que encuentres el amor. No es un delito que una madre quiera que su hija siente la cabeza.

Me gusta la madre de Addy. No tiene miedo a decir lo que piensa. Y no tiene miedo a recriminarles cosas a sus hijos cuando meten la pata. No de mala manera. Es amable y dulce. Como debería ser una madre.

Addy pone los ojos en blanco. —Soy feliz con mi vida.

—Yo lo he intentado, Gage.

Le guiño un ojo a la madre de Addy. —Gracias, compañera de ligue.

—¿No tienes que irte ya, Yard-Getter?

Addy lleva intentando echarme desde que llegué. ¿Es que no se ha dado cuenta todavía de que no es fácil librarse de mí? Incluso con mi teléfono echando humo por los mensajes y las llamadas de mi entrenador y mis compañeros.

Le agarro la mano. —Acompáñame a la salida.

No le doy oportunidad de protestar. Tiro de ella hacia fuera de la casa. Nora cierra la puerta tras nosotros, pero por el rabillo del ojo veo a sus hermanos de pie frente a la ventana, espiándonos. Suelto una risita. Sus hermanos son la caña.

—Gracias por una mañana y una comida maravillosas.

Llegamos a mi SUV y me apoyo en él antes de estrecharla entre mis brazos. Ella forcejea para que la suelte, pero aprieto el agarre. Siempre la mantendré pegada a mí. Porque no voy a dejar marchar a esta mujer. Es mía.

—¿Maravillosas? —bufa ella—. Hemos ido a la cárcel a sacar a mi hermano.

—Para empezar, nunca debería haber estado en la cárcel —gruño. Odio a los matones.

—Y luego mis hermanos han estado discutiendo durante casi toda la comida.

—También se han tomado el pelo y se han reído —le recuerdo.

—¡Es un milagro!

Le sonrío desde mi altura. —Tienes suerte de tenerlos.

Pone los ojos en blanco. —¿Quieres que traiga el diccionario de Penelope para que busques la palabra «suerte»?

Le aparto el pelo de la frente. —Tienes suerte. Hay gente que mataría por una familia como la tuya.

Frunce el ceño mientras me estudia. —¿Alguien como tú?

Considero la opción de huir. De no hablarle de mi pasado. No se lo cuento a nadie. Nunca hablo de ello, punto. Ni siquiera lo trato en terapia. He metido todos los recuerdos en una caja que nunca abro.

Pero no puedo estar con Addy y mantener mi pasado oculto. No es forma de que avancemos. Y, que no quepa duda alguna, vamos a avanzar. Quizá a paso de caracol. Pero lo estamos haciendo.

—Sí.

Me acaricia las mejillas con las palmas de las manos. —No tienes por qué decírmelo.

La adoro por darme una salida. Pero no voy a aceptarla.

—Crecí bajo tutela estatal.

—¿En casas de acogida?

Asiento. —Nunca conocí a mi madre ni a mi padre. Me abandonaron.

Se queda sin aliento. —¿Por qué iba alguien a abandonar a un niño inocente?

Me encojo de hombros. —No lo sé. —Nunca me ha interesado buscar a mis padres biológicos. ¿Para qué molestarse? Ellos no se molestaron por mí.

—¿Y no te adoptaron?

Sacudo la cabeza. —Al parecer, era un niño enfermizo. Nadie quiere hacerse cargo de un niño enfermo. Especialmente cuando el historial médico es un misterio.

—No puedo creer que fueras un niño enfermizo. Eres el hombre más fuerte y en forma que conozco.

Le beso la nariz. —Gracias.

—No hay por qué dar las gracias. Simplemente constato un hecho.

—Para cuando fui adolescente, ya había saltado de casa en casa. Nadie estaba interesado en adoptar a un chaval mayor.

—Lo siento. No debería haberme quejado de mis hermanos.

—No hace falta que te disculpes. Es obvio que te preocupas profundamente por ellos. Prácticamente los has criado tú.

—Mamá no se centró hasta que Mila cumplió los dos años. No era capaz de mantener un trabajo. No había comida en la mesa a menos que yo la pagara. —Sacude la cabeza—. Perdona. Me estoy quejando de mi vida cuando estábamos hablando de la tuya.

—No pasa nada, pajarcillo. No hay mucho que discutir sobre mi vida.

Arruga la nariz. —¿Eran malas? ¿Las casas de acogida? He oído historias.

—Una vez que empecé a ganar volumen para jugar al fútbol americano, no tuve problemas.

Sus ojos castaños claros se llenan de dolor. —¿Pero los tuviste antes?

—Vamos, no. —Le aprieto la cintura—. No empieces a sentir lástima por mí.

—No siento lástima por ti, pero puedo empatizar con un niño pequeño que no creció con una familia cariñosa.

—Al final todo salió bien para mí.

—Desde luego que sí, señor Jugador de Fútbol Famoso.

—No me importa la fama. Es lo que menos me gusta de mi vida. Odio tener que publicar contenido en las redes sociales. Odio cómo las mujeres se nos acercan en manada a mis compañeros y a mí en el bar porque jugamos al fútbol.

—Pero amas el juego.

—El fútbol es la vida.

Suelta una carcajada. —Me recuerdas a Otis.

—Es bueno, ¿sabes? Podría conseguir una beca deportiva para la universidad.

—¿Hablas en serio? ¿Es lo bastante bueno para conseguir una beca?

—Todo lo que tenemos que hacer es conseguir que un ojeador venga a uno de sus partidos.

—¿Tenemos?

Le doy un toquecito en la nariz. —Sí, tenemos. Somos un equipo. Tú y yo.

—No somos un equipo. Somos amigos.

Arqueo una ceja. —¿Amigos? Después de lo de anoche, somos algo más.

Suelta un largo suspiro. —No lo sé, Gage. Te vas al final del verano.

—Lo que significa que tenemos el verano para explorar lo que sea que hay entre nosotros.

Se muerde el labio inferior. Quiero ser yo quien le muerda el labio, pero me contengo para darle tiempo a pensar.

—Venga ya. —Supongo que después de todo no me estoy conteniendo—. Tu familia me adora.

Entorna los ojos. —¿Cocinaste y ayudaste a recoger para ganártelos?

—Cociné porque estaba muerto de hambre. Y ayudé a recoger porque tengo modales.

—¿Cómo has acabado teniendo modales después de tu infancia?

—No todas las familias con las que viví eran malas. Algunas eran bastante amables. No es culpa suya que estuvieran demasiado ocupados cuidando de varios niños como para prestarme una atención especial.

—Lo siento. Prometo que dejaré de sacar el tema de tu pasado.

—No pasa nada. Si tienes preguntas, pregunta. Quiero conocerte. Es justo que tú también me conozcas a mí.

Se le agrandan los ojos. —¿Cómo es que estás soltero?

—¿Qué?

—Eres amable, tienes modales, tienes tendencia a decir lo correcto en el momento adecuado.

—Además, tengo un cuerpo sexy.

Se ríe. —Y tienes un cuerpo sexy. Y aun así, estás soltero. —Entorna los ojos—. No estarás escondiendo a una mujer e hijos en algún sitio, ¿verdad?

—Una cosa que aprenderás sobre mí es lo imposible que es tener secretos cuando eres un jugador de la NFL en un equipo ganador.

—¿Quieres que lo nuestro sea un secreto?

Le beso la frente. —Todo lo contrario. Quiero publicar en las redes sociales que he conocido a la mujer más increíble, que sabe cantar y escribir canciones y cuida de sus hermanos y le importa un bledo mi fama.

Arruga la nariz. —¿Conozco a esa mujer? ¿Es mi competencia?

—Tú eres la única para mí, pajarcillo. Hay una razón por la que no he tenido ninguna relación a largo plazo en el pasado.

—¿La hay?

—No había encontrado a nadie por quien valiera la pena el esfuerzo hasta ahora. Tú vales todo el esfuerzo.

Se relaja entre mis brazos y la acerco más a mí. —¿Qué me dices, pajarcillo? ¿Quieres tener una cita conmigo? Prometo ser romántico y cortejarte.

Apoya la cabeza en mi hombro. —¿Vas a cortejarme?

—Sí. Ya le he pedido prestado el diccionario a Penelope para averiguar qué significa cortejar.

Suelta una risita. —Vale.

Se me entrecorta la respiración. —¿Vale? —Le sujeto la barbilla y le levanto la cara para que me mire—. ¿Saldrás en una cita conmigo?

—No hagas que me arrepienta de esto, Run It Gage.

—No lo harás. Te lo prometo.

Presiono mis labios contra los suyos. Sus labios son suaves y dulces, pero quiero más. —Ábrete para mí —exijo.

Ella suspira y hundo mi lengua en su dulce boca. Anhelo su sabor. Nunca dejaré de anhelarlo. Addy es lo que busco. La zona de anotación. El objetivo final. Todo.

—¡Deja de besar a mi hermana! —grita Otis y aparto mi boca bruscamente de la de Addy.

Escondo la cara en su hombro. —¿He dicho que me gusta tu familia? Me equivocaba.

Ella estalla en carcajadas. Puede reírse de mí cada día por toda la eternidad. No me importa. Mientras la tenga bien agarrada.

Mi teléfono vibra en el bolsillo. Por mucho que quiera quedarme exactamente donde estoy, tengo que irme.

Beso la frente de Addy antes de subirme a mi SUV y marcharme. En cuanto la casa de Addy queda fuera de la vista, acepto la llamada.

—¿Dónde demonios estás, Gage? —pregunta el entrenador Knox antes de que tenga oportunidad de decir hola.

—Le dije que tenía una emergencia familiar.

—Me importa un bledo qué clase de emergencia tuvieras. Trae tu culo al entrenamiento ahora mismo o te vas al banquillo. Y no solo por hoy.

—Usted no me mandaría al banquillo por faltar a un entrenamiento por una emergencia. Tanner está en líos todo el tiempo y nunca lo mandan al banquillo.

—No estamos hablando de Tanner. Estamos hablando de ti. Saca la cabeza del culo o esta temporada no empezará como crees.

Cuelga antes de que pueda pedirle que se explique.

Mierda. No pensé que faltar a un entrenamiento fuera para tanto. El fútbol es mi vida. No pueden echarme del equipo. Piso el acelerador y salgo disparado hacia el entrenamiento.