En su equipo (Steel City Seals 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Esto es un deporte de equipo.

Gage

Conduzco hacia Smuggler’s Rest ya que Addy no está en condiciones de concentrarse en la carretera. Le tiemblan las rodillas y se está mordiendo las uñas.

Le pongo una mano en el muslo. —Lo solucionaremos.

—No has dicho que todo saldrá bien.

—No puedo garantizar que todo vaya a salir bien. Lo que sí puedo garantizar es que, sea lo que sea a lo que nos enfrentemos, lo solucionaremos.

—De acuerdo. —Suelta un suspiro y baja las manos para dejar de morderse las uñas. Que acepte mi consuelo significa un mundo para mí. Me cree. Es un comienzo.

Llegamos a Smuggler’s Rest. —¿Adónde voy?

—Al juzgado. —Señala un edificio grande cerca de la plaza.

Encuentro un sitio para aparcar frente al edificio. En cuanto apago el motor, Addy echa mano de la manivela. La detengo.

—Espérame. Vamos a entrar ahí como un equipo.

Abre la boca, probablemente para discutir conmigo, pero la cierra de golpe y asiente. Bien. Estoy logrando algo con ella. Con ella son dos pasos adelante y uno atrás. Pero no me importa. Estoy acostumbrado a trabajar duro para conseguir lo que quiero.

Rodeo rápidamente la parte delantera del coche y le abro la puerta. No duda en tomar mi mano y la ayudo a salir.

Entramos juntos en el edificio. Como un equipo. Quiero estar en el equipo de Addy para siempre. Es donde pertenezco.

Avanzamos por el edificio hasta llegar a la comisaría de policía.

—Hola, Jennifer —saluda Addy a la recepcionista—. Quiero visitar a Otis.

—Por supuesto. —Se aparta de la mesa y se levanta—. Te acompañaré atrás.

Cuando voy a seguirla, Jennifer se detiene. —¿Quién es usted?

—Soy Gage. Estoy en su equipo.

La mano de Addy tiene un espasmo en la mía. No está acostumbrada a que alguien esté en su equipo. Está acostumbrada a actuar en solitario. Las cosas han cambiado, pajarcillo.

Jennifer se encoge de hombros. —Está bien.

La seguimos por la comisaría, que es mucho más grande de lo que esperaba para una isla tan pequeña, hasta un pasillo trasero. Abre la puerta y nos indica que entremos.

—Otis está en la primera celda.

Addy corre hacia delante. —Otis-bug, ¿estás bien?

Otis se levanta y se acerca tranquilamente a los barrotes. Parece estar bien. Cabreado, pero bien.

—Estoy bien y esto es una gilipollez.

—Ese lenguaje —gruñe Addy.

—Lo siento, hermanita, pero esto es una gilipollez.

Addy abre la boca para responder, pero le aprieto la cadera para detenerla. Discutir por el vocabulario de Otis no nos llevará a ninguna parte. —¿Qué ha pasado, Otis?

—Ayer, después de que te fueras de las Carreras de la Laguna de las Sirenas, me quedé vigilando a Penelope y a Mila como me pediste.

Me fijé en que unos chavales le estaban haciendo pasar un mal rato a Penelope.

Intenté pararlos pero Vincent no la dejaba en paz.

La llamó zorra estirada. —Pone mala cara—.

Penelope insistió en que nos fuéramos y lo hicimos.

Pero más tarde, en la cena, le pregunté por Vincent y su grupo de capullos.

Resulta que llevan acosándola desde que empezó el instituto el año pasado.

—¿Acosándola cómo? —pregunto.

—Le ponen bombas fétidas en la taquilla. Le dan empujones. Le ponen la zancadilla. Le roban los libros. Las mierdas de siempre.

Addy baja la barbilla hacia el pecho. —Le he fallado.

—No le has fallado —insiste Otis—. ¿Cómo ibas a saberlo? Yo no lo sabía, y voy al mismo instituto que ella. Ni siquiera Mila lo sabía, y comparten habitación.

Se me enternece el corazón. Este chico es el mejor. Antes se estaba escaqueando, dejando que su hermana mayor se encargara de todo, pero ahora está dando un paso al frente. Bien por él.

—¿Qué hiciste? —pregunto antes de que Addy pueda hablar. Conociéndola, se pondrá a dar vueltas y vueltas sobre cómo debería haber sabido por arte de magia que Penelope sufría acoso. Ya me ocuparé de ella y de su culpa más tarde.

Otis sonríe con suficiencia. —Fui a casa de Vincent y le di una lección.

Addy suelta un quejido. —Una lección que ha acabado contigo en el calabozo.

—Lo del calabozo es una gilipollez. No habrían arrestado a nadie más por volcar un cubo de cebo de pescado podrido en el porche de alguien.

Levanto una ceja. —¿Cebo de pescado podrido?

Él sonríe de oreja a oreja. —Ha sido épico. Vincent salió fuera porque el olor es tan repulsivo que no te lo puedes perder. Las gaviotas ya estaban sobrevolando el cebo y una se cagó justo en su cabeza.

Suelto una carcajada. —Me acordaré de eso.

Addy se pone las manos en las caderas. —Me alegra que los dos os estéis divirtiendo. ¿Habéis olvidado que Otis está en la cárcel?

Su hermano señala los barrotes que tiene delante. —Es un poco difícil de olvidar.

La puerta se abre y un oficial de policía entra. Addy marcha hacia él. —Lucas, ¿cómo has podido arrestar a mi hermano pequeño?

Otis bufa. —En realidad, me alegro de estar entre rejas. Addy cuando se pone furiosa da miedo.

—Yo me encargo.

—Gracias, Gage.

—Cuando quieras, Otis. Cuando quieras.

Me uno a Addy y Lucas. El oficial de policía tiene los brazos cruzados sobre el pecho. Intenta parecer intimidante, pero mi pajarcillo no se deja impresionar. Está tan cabreada como un entrenador en un cuarto y gol sin tiempos muertos.

—¿Por qué no lo dejaste ir con una advertencia? —le pregunta Addy a Lucas.

—Esta es su primera falta. Quiero que sea la última.

Me hierve la sangre. ¿Falta? El chaval estaba acosando a Penelope. —Tienes que estar tomándome el pelo.

Lucas pone mala cara. —Ser un jugador de fútbol famoso no te otorga favores en Smuggler’s Hideaway.

—Vincent estaba acosando a la hermana de Otis. Él dio la cara por ella y la protegió. No debería ser castigado. El otro chico es el que debería recibir un castigo por el acoso.

Lucas arruga el entrecejo. —¿Vincent estaba acosando a Mila?

—No, a Penelope —corrige Addy.

Lucas se pasa una mano por la nuca. —¿Qué hizo Vincent?

—Al parecer, lleva acosando a Penelope desde que entró en el instituto el año pasado.

—Ayer la llamó zorra estirada —añado yo.

Lucas gruñe. —Si alguien llama a Natalia zorra estirada, haré algo peor que tirar cebo de pescado en su porche.

—No me importa Natalia —mascullo. No sé quién es—. Me importa Penelope.

Addy me da unas palmaditas en el pecho. —Natalia es su hija adolescente.

—Lo siento, Addy —se disculpa Lucas—. No conocía el contexto.

Ella frunce el ceño. —¿Otis no te lo explicó?

—Estaba demasiado ocupado gritándole obscenidades a Vincent como para que yo pudiera sacar algo en claro de la situación.

Ella suelta un suspiro. —¿De verdad se le puede lavar a alguien la boca con jabón?

—Hay cosas peores que decir palabrotas —le recuerdo.

—Lo sé. Es... —se interrumpe con un encogimiento de hombros.

—Lo único que puedes controlar ahora.

Comprendo su necesidad de control. Yo soy igual. Especialmente cuando se trata de proteger a las personas que me importan.

Ella asiente. —Sí. Exactamente.

—¿Qué pasa ahora? —le pregunto a Lucas—. ¿Tenemos que pagar fianza?

Estoy perdido. Nunca he tenido problemas con la ley. Entre el fútbol y sobrevivir, no tuve tiempo de andar haciendo tonterías de niño. Tanner es el miembro del equipo que siempre está en líos y sabe cómo manejar estas situaciones.

—Qué va. —Lucas niega con la cabeza—. Creo que ya ha tenido suficiente castigo.

Camina hacia la celda donde está Otis y lo seguimos.

—Ya era maldita la hora —dice Otis al salir del calabozo.

—Deja de decir palabrotas —ordena Addy—. Y sé agradecido y respetuoso con Lucas por dejarte ir con una advertencia.

A Otis se le enrojecen las mejillas. —Lo siento, Addy. Gracias, Lucas, por comprender la situación.

Lucas le aprieta los hombros. —Lo siento, chaval. Debería haberte preguntado antes por qué harías de repente una gamberrada así. Nunca te habías metido en líos.

Llegamos al final del pasillo y le tiendo la mano a Lucas. —Gracias por tu ayuda.

—Siento haberte hablado mal.

—Puedes llamarme jugador de fútbol famoso cuando quieras. —Le guiño un ojo y él se ríe.

Acompaño a Otis y a Addy fuera de la comisaría, a través del juzgado, hasta mi SUV. Addy se detiene en la acera.

—No necesitamos que nos lleves. Podemos ir andando desde aquí.

Otis pone los ojos en blanco mientras se sube al asiento trasero. —No tienes por qué pelearte con cada persona que quiere ayudarte.

—No lo hago...

Le planto un beso en los labios antes de que pueda terminar su mentira. Se apoya en mí un segundo antes de separar sus labios de los míos.

—Gage Edwards, ni se te ocurra darme un beso delante de todo el pueblo de Smuggler’s Rest.

—¿Por qué no? —grita Otis desde el asiento de atrás—. Es obvio que estáis saliendo. Lleváis la misma ropa de ayer y no os habéis peinado.

A Addy se le enciende la cara y baja la barbilla. La ayudo a subir al asiento delantero del coche. Tengo que morderme el labio para evitar que se me escape una sonrisa.

Otis está de mi parte. Excelente. Ya que no hay forma de que lo de anoche fuera cosa de una sola vez. Quiero a Addy en mi cama. Permanentemente.