Capítulo 18
Adiós a una huida discreta.
Addy
Mi móvil suena con un mensaje y suelto un gemido. La última vez que un mensaje me despertó, acabé en una pelea de sirenas tirándome del pelo con Gage.
Gage. El brazo que rodea mi cintura se aprieta y él presiona su dura erección contra mi trasero.
Siento un hormigueo en el estómago al sentir cómo me rodea. Amigos, le recuerdo a mi estómago. Solo somos amigos.
Quizá no debería haberme acostado con él, pero ya me había cansado de resistirme a lo que deseo. Podemos seguir siendo amigos. Siempre y cuando no deje que los sentimientos se involucren.
Mi móvil vuelve a sonar.
—Ignora el teléfono —ordena Gage con esa voz ronca de recién levantado. No sé cómo una voz matutina puede sonar tan sexy, pero la suya lo consigue. No hay mucho en Gage que no me parezca sexy.
—Tengo que irme de todos modos. —Me desplazo poco a poco hacia el borde de la cama, pero Gage aprieta el brazo que me rodea.
—¿A dónde vas? Tu turno en Five Fathoms Brewing no empieza hasta dentro de tres horas.
—Tengo que ver cómo están los chicos y asegurarme de que Penelope y Mila vayan a la escuela de verano, y de que Otis llegue al entrenamiento de fútbol.
—Pensé que tu madre estaba en casa esta mañana.
Gruño. —¿Es que te has aprendido todo mi horario de memoria?
Me hace girar para que le mire a la cara. —Me intereso por tu vida. ¿Es eso un crimen?
Frunzo el ceño porque no puedo discutirle eso. —No.
Me aparta el pelo de la frente. —Empecemos la mañana de nuevo. Buenos días, pajarcillo. ¿Cómo has dormido?
—He dormido bien.
Se ríe por lo gruñona que sueno.
—Me tengo que ir.
—Hace apenas unos minutos acabamos de comentar que no tienes que ir a ninguna parte hasta dentro de unas horas.
No lo entiende. No puedo acostumbrarme a despertarme en sus brazos. No cuando él se marchará pronto y yo volveré a estar exactamente donde estaba cuando empezó el verano. Tiene que volver al friend zone y quedarse allí.
—Esto no es el comienzo de algo nuestro.
Él gruñe. —¿Por qué no?
—Porque lo acordamos. Era solo por una noche.
—Yo nunca acepté eso.
Salgo de la cama. No puedo tener esta discusión tumbada en sus brazos. —Dije literalmente que no soy tuya y tú aceptaste que era solo por una noche.
Él se levanta y se acerca a mí con paso felino. Me siento tentada a retroceder, pero no voy a permitir que ningún hombre me acorrale. Me mantendré firme.
Me rodea el cuello con la palma de la mano y me atrae hacia él. —Acepté que eras mía por anoche. No acepté que fuera la única noche.
—Semántica.
Me aprieta el cuello suavemente. —Estoy intentando ir despacio.
Señalo la cama. —«Despacio» no figura en tu vocabulario.
Él sonríe con sorna. —Puedo enseñarte ahora mismo lo que es ir despacio.
Mis pezones hormiguean. Mi cuerpo está más que dispuesto para otro asalto con Gage. Pero mi mente es más sensata. Otra ronda me atará más fuerte a él. Y luego se marchará. Y acabaré con el corazón roto. Estoy demasiado ocupada para gestionar un desamor.
—Tengo que irme.
Me estudia el rostro un momento antes de soltarme y dar un paso atrás. —Puedes irte, pero lo que hay entre nosotros no se ha acabado.
—No hay nada entre nosotros. A excepción de amistad. Somos amigos.
Sus ojos se oscurecen. —Los amigos no hacen las cosas que te hice anoche.
—Razón por la cual lo de anoche no se repetirá.
—Eres terca, pajarcillo.
Sonrío. —Y orgullosa de ello.
Se ríe entre dientes. —Vete. Hablaremos luego. —Me apresuro hacia la puerta, pero me da un grito desde atrás—. Quizá quieras ponerte algo más que mi camiseta antes de salir a la calle.
Me miro. Efectivamente. Llevo su camiseta puesta. Me cubre todas las partes importantes, ya que me llega casi hasta las rodillas. Pero entrar en mi casa con la camiseta de Gage es una mala idea en tantos sentidos que ni siquiera puedo empezar a enumerarlos.
Regreso a pisotones al dormitorio y recojo mi ropa. Corro al baño para vestirme. Cuando termino y salgo a la zona de estar de la suite, Gage está preparando un café en la cafetera.
—Toma. —Me tiende un café para llevar.
—Gracias —murmuro antes de dar un sorbo a la bebida. El calor me reconforta y suspiro. Lo necesitaba. Le ofrezco su camiseta—. Ten.
—Quédatela. Quiero que duermas con mi camiseta.
—¿Quieres que duerma con tu camiseta?
—Y que sueñes conmigo mientras duermes.
—Eres incorregible.
—Estoy comprometido con mi causa.
Es tentador ceder y disfrutar los dos hasta que acabe el verano. Pero ser amigos con derecho a roce es una receta para el desastre. Una noche y puedo mantener mi corazón a salvo. Más noches juntos harán que me enamore de este hombre que no se parece a ninguno de los que he conocido antes.
Mi móvil suena con otro mensaje y suelto un taco entre dientes.
Gage coge mi café. —Mejor compruébalo. No para de sonar como loco.
Leo el mensaje y casi se me saltan los ojos de las órbitas. —De verdad que me tengo que ir.
—¿Qué pasa?
—Cosas de familia.
Gage me bloquea la salida. —Puedo ayudar. Quiero ayudar.
Suelto un suspiro. —¿Eres policía? —Él niega con la cabeza—. Entonces no puedes ayudar.
Intento rodearlo pero me sujeta la muñeca. —¿Qué ocurre?
Aprieto los dientes. No es asunto suyo. Pero conozco esa mirada terca en sus ojos. No va a ceder pronto. Y necesito irme de verdad. Ahora.
—No lo sé exactamente. Penelope me ha enviado un mensaje diciendo que Otis no está.
Ya no estaba esta mañana cuando ella se ha despertado a las cinco para revisar su experimento.
—Lo cual es otro problema en el que no quiero pensar ahora.
Hay una razón por la que mi hermana tiene prohibido realizar experimentos en la casa o cerca de ella.
Gage se calza los zapatos. —Vamos.
—No hace falta que vengas conmigo.
—Ya sé que no hace falta. Sé que puedes encargarte de esto tú sola. Puedes hacer cualquier cosa que te propongas por tu cuenta. Pero no estás sola.
Casi me derrito como un charquito en el suelo ante esas palabras. He estado sola durante muchísimo tiempo. Nadie me echa una mano. Ni mamá. Ni mis hermanos. Yo soy la persona que ayuda a todos los demás.
—Yo…
Por suerte para mí, el teléfono suena antes de que logre hablar. ¿Quién sabe qué estupidez habría soltado?
—Pon el altavoz —exige Gage y yo asiento.
—Esta es la cárcel de Smuggler’s Hideaway. ¿Acepta una llamada a cobro revertido?
—¡Sí! —prácticamente grito.
—¿Addy? —Otis suena asustado. Me tiemblan las rodillas, pero Gage me sostiene con una mano en la espalda antes de que pueda desplomarme.
—¿Qué está pasando, Otis? ¿Estás bien?
—Estoy bien, pero necesito que alguien pague mi fianza.
—Voy para allá.
—No se lo digas a mamá.
—Ya conoces el trato, Otis-bug. Mientras no estén involucrados la policía, los bomberos o abogados, queda entre nosotros. En todos los demás casos, mamá tiene que saberlo.
—Lo sé, pero… —Gruñe—. Da igual. Te veo pronto.
—Te quiero, Otis —respondo, pero ya ha colgado.
Me guardo el móvil en el bolsillo y me oculto la cara entre las manos. No puedo creer que esto esté pasando. ¿Otis en la cárcel? ¿Qué ha hecho? Esto es Smuggler’s Hideaway; tienes que ser un auténtico imbécil para acabar en la cárcel aquí.
La mayoría de las transgresiones se pasan por alto entre risas como parte de la vida al estilo contrabandista. Pero esta vez no. ¿Por qué esta vez no? ¿Qué ha pasado?
Gage me aparta las manos de la cara. —Tú puedes con esto. Y yo estaré allí contigo. Juntos lo solucionaremos.
—Tiene diecisiete años. Es casi un adulto. ¿Y si lo juzgan como a un adulto?
Me aprieta el cuello. —Aún no sabemos qué ha hecho Otis. Vamos a averiguar qué ha pasado. Y luego ya nos ocuparemos.
—Deberías quedarte aquí. Tienes que entrenar. No quiero que te busques un lío por faltar al entrenamiento.
Un músculo de su mandíbula se tensa. —Me importa una mierda buscarme un lío por faltar al entrenamiento. Esto es la familia. Es más importante.
Le miro fijamente. La familia es más importante. Él lo entiende. Entiende por qué no puedo marcharme de esta isla. Por qué me desvivo cuidando de mis hermanos.
El corazón me da un vuelco en el pecho. Adiós a eso de mantener mi corazón a salvo.