En su equipo (Steel City Seals 1) Capítulo 5
13%

Capítulo 5

Debería añadir el tiempo privado de Addy al gráfico.

Addy

—¡Otis! —grita Penelope—. ¡Es tu turno de llenar el lavavajillas!

—Yo lo llené ayer.

Mila da un pisotón. —¡Lo hice yo ayer!

—No, fui yo —insiste Otis.

Penelope señala el gráfico de la nevera. —Aquí dice que hoy es tu turno.

—Nos lo cambiamos, ¿te acuerdas?

Penelope arruga la nariz. —Si nos lo hubiéramos cambiado, lo habría marcado en el gráfico. Los cambios son el motivo por el que insistí en tener una pizarra blanca.

—Empollona —murmura Otis.

—No soy una empollona.

—Eres una empollona —dice Mila antes de empezar a corear—. ¡Empollona! ¡Empollona! ¡Empollona!

Suelto un gemido y hundo la cara en las manos. Así es mi vida la mayoría de las noches. Peleas por quién tiene que poner la mesa, por quién tiene que llenar el lavavajillas, por quién tiene que limpiar la mesa. Es un suma y sigue.

La cosa está más tranquila cuando mamá está en casa, pero normalmente trabaja en el segundo turno. Lo que me deja a mí aquí para lidiar con mis hermanos, que pueden estar discutiendo sin parar todo el santo día. Estos son los días en que desearía seguir siendo hija única.

—Deja de llamarme empollona.

—¿Qué vas a hacer, empollona? ¿Deshacerme la cama?

Penelope sonríe con suficiencia. —No, tú eres el que deshace las camas. Yo seré más creativa. Tengo mi kit de química.

—¡Addy! —grita Mila—. Penelope ha amenazado con hacerme saltar por los aires.

Me pongo en pie de un salto. —Ya basta.

—Pero...

—He dicho que basta. —Señalo a Otis—. Llena el lavavajillas. —Él abre la boca para quejarse, pero hago un gesto tajante en el aire.

Él gruñe. —Vale.

—Penelope, limpia la mesa.

Ella coge una bayeta y empieza a limpiar la mesa. Es un milagro.

—Mila, saca la basura.

Mila sale corriendo a por la basura. Por razones que aún no he logrado entender, le encanta sacar la basura.

Disfruto del silencio mientras recojo los restos de salsa boloñesa. ¿Por qué no pueden estar así de callados todo el tiempo?

—¿Habéis terminado todos los deberes? —pregunto una vez que la mesa y la cocina están limpias.

—Yo he terminado —dice Penelope.

—Yo también —añade Mila.

Arqueo una ceja hacia ella. A diferencia de Penelope, ella odia los deberes. —¿Ah, sí?

—Hoy no teníamos deberes.

—¿Tengo que llamar a tu profesora y preguntarle?

Se le hunden los hombros. —No. —Se marcha pisando fuerte hacia el dormitorio que comparte con Penelope.

—¿Puedo ir a casa de Steve? —pregunta Otis.

—¿No tienes entrenamiento por la mañana?

—No hasta las diez.

Miro la hora. Aún no son las siete. —Estate en casa a las diez. Es día de diario.

—Mamá me dejaría volver más tarde.

Menudo mentiroso. Como si no me hubiera dado cuenta de su jueguito. Me cruzo de brazos sobre el pecho. —¿Quieres mandarle un mensaje para preguntarle si puedes quedarte fuera hasta tarde un día de diario cuando mañana tienes entrenamiento?

Él frunce el ceño. —No.

Mi hermano nunca lo admitirá, pero soy más permisiva que nuestra madre. Me preocupa ser demasiado estricta y arruinar mi relación con ellos. Mientras que a mamá le preocupa que los niños se conviertan en unos delincuentes y tenga que sacarlos de la cárcel.

—¿Quieres ver una película? —le pregunto a Penelope una vez que Otis se ha ido.

—Hay un documental sobre la minería de diamantes en África.

Suspiro. Por supuesto, quiere ver un documental. Mi superdotada hermana no tiene tiempo para cosas triviales como películas y novelas de ficción.

Nos acomodamos en el salón. Mientras ella ve su documental, yo leo una revista en mi móvil. Veo un artículo sobre Juliet Ash y pulso para leerlo. Me quedo sin aliento al ver lo que cuestan las entradas para el concierto. Espero que Gage encuentre a otra persona para ir.

Se me revuelve el estómago. No quiero que Gage vaya al concierto con otra mujer. Quiero ir yo con él. Si soy sincera conmigo misma —algo que detesto hacer—, quiero pasar tiempo con el jugador de fútbol americano. Tiempo que no tengo.

Hablando de tiempo. Miro mi reloj. Estupendo. Hora de discutir con Mila por el baño.

Una hora después, me desplomo en la cama.

Me duele la cabeza de tanto oír a Mila gritarme.

Y por la bronca entre Mila y Penelope. No entiendo por qué Penelope deja que Mila la saque de quicio.

Es lo bastante lista como para entender que Mila solo la está pinchando.

¿No puede pasar del tema? Al parecer, no.

Mi móvil vibra y suelto un gemido. Si Otis está en problemas, me pongo a gritar.

—Hola, amiga. ¿Qué tal tu día?

Todo mi cuerpo entra en calor al leer el mensaje de Gage. Está pensando en mí. En la insignificante Addy.

—Agotador.

—Cuéntame más. ¿Qué ha pasado?

Vaya. Pensaba que ignoraría mis quejas y cambiaría de tema, pero no ha sido así.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Si no, no preguntaría.

Me doy la vuelta y me pongo boca abajo para teclear mi respuesta.

—Mis hermanos han discutido por la cena, por los platos, por cada maldita cosa.

—A los hermanos les encanta discutir.

—¿Tú tienes hermanos o hermanas?

Espero a que aparezcan los tres puntos que indican que está escribiendo, pero no aparecen. Quizás esté siendo demasiado personal. O tal vez esté ocupado. O aburrido. Mi vida no es emocionante.

Selecciono el mensaje, pero Gage responde antes de que pueda borrar mi pregunta.

—Nop. Ni hermanos ni hermanas.

—Qué suerte tienes.

—Yo siempre quise tener unos cuantos hermanos. Una hermana pequeña a la que proteger. Una familia numerosa.

¿Acaso no tiene familia? Escribo la pregunta, pero vuelvo a borrarla. Quiero saber todo lo que hay que saber sobre Gage. Pero ese conocimiento no servirá de nada. Ya que nunca podremos ser más que amigos.

—Yo también. Hasta que conocí a mi hermano y mis hermanas.

—Cuéntamelo todo sobre ellos.

—Otis es mi hermano. Es el mayor, tiene diecisiete años. Está obsesionado con el fútbol americano.

—Ya me cae bien.

Pongo los ojos en blanco. Los hombres y sus deportes.

—Penelope tiene catorce. Es más lista que yo. Algún día dominará el mundo.

—¿En el buen sentido, espero?

—Sin duda. Hoy ha visto un documental sobre cómo tratan a los mineros en África y ha llorado. Antes de declarar que ella haría las cosas de otra manera.

—Creo que Penelope me va a caer bien.

—Y luego está Mila. Tiene ocho años. Y es un grano en el culo.

—¿Por qué?

—No hace caso. Grita cuando toca bañarse. Tortura a su hermana.

—Definitivamente me va a caer bien Mila.

Siento un cosquilleo en el estómago. ¿Quiere conocer a mi familia? ¿Por qué? Apenas somos amigos. Y de todos modos, no estará en la isla mucho tiempo. Se habrá ido antes de que empiece el colegio en otoño.

Cálmate, estómago. No voy a involucrarme con un marinero de agua dulce. Involucrarse con visitantes no le funcionó muy bien a mamá.

—Deberías comprarle un perro a Mila.

—¿Un perro?

¿Se ha vuelto loco? No consigo que mi hermana pequeña se lave los dientes sin suplicar, pelear y regatear. Un perro es una idea nefasta.

—Le enseñaría a ser responsable.

—Tiene ocho años.

—¿No es lo que hacen las familias? ¿Comprar un perro para los niños?

—¿Y quién en esta familia va a cuidar del perro? ¿Sacarlo tres veces al día? ¿Limpiar lo que ensucie cuando tenga un accidente? ¿Bañarlo? ¿Llevarlo al veterinario? Yo, esa seré yo. Como si me sobrara el tiempo para añadir el cuidado de un perro a mi agenda.

—Lo siento. No he pensado en el trabajo que daría un perro. Nada de perros.

Me quedo boquiabierta. Me ha dado la razón. Sin discutir. Y se ha disculpado. ¿Quién es este hombre unicornio?

—Gracias por entenderlo.

—Soy muy comprensivo. Deberías preguntarles a mis compañeros de equipo.

—¿Tus compañeros dirán que eres comprensivo?

—Olvídalo. No les preguntes.

—¿Qué dirán de ti?

—Que estoy obsesionado con una cantante pelirroja que conocí en el Mermaid Karaoke.

El corazón me late con fuerza contra las costillas.

¿Está obsesionado conmigo? Solo soy Addy.

No hay nada exótico ni interesante por aquí.

Mientras que él es un famoso jugador de fútbol americano que ha sido fotografiado con modelos del brazo.

Puede que lo haya buscado en Google mientras Penelope veía su documental.

—¿Obsesionado?

—Obsesionado. Intrigado. Elige tu palabra favorita.

—Solo somos amigos.

Lo escribo tanto para mí como para él. Necesito recordarlo. De esta amistad no puede salir nada.

—Bueno, amiga. Es hora de que me vaya a dormir.

Miro el reloj y me doy cuenta de que se está haciendo tarde.

—Buenas noches, Gage.

—Buenas noches, amiga.

Dejo el móvil en la mesita de noche y me acurruco en la cama. Ojalá tuviera tiempo para tener citas. Gage probablemente sea un experto en las citas. Y en otras cosas.

Suspiro. Lo que daría por ponerle las manos encima a su cuerpo. Por sentir sus manos grandes sobre mí.

Pero no va a suceder.