Capítulo 4
Lo bueno se hace esperar para quien no se abalanza.
Gage
Tarareo mientras salgo de mi SUV al llegar a Five Fathoms Brewing. Me doy una palmadita en el bolsillo. Las entradas para el concierto están bien guardadas.
A Addy le va a encantar esto. Con lo mucho que le gusta cantar, seguro que le pierden los conciertos.
Entro tranquilamente en el restaurante. Hoy está muy concurrido. No me sorprende. La hamburguesa que me comí ayer fue una de las mejores que he probado en mi vida. Y eso que soy muy tiquismiquis con la comida.
No siempre lo he sido. Antes era feliz con tal de que no me rugiera el estómago de hambre. Pero desde que he empezado a ganar mi propio dinero, me he vuelto exigente. Es el lujo definitivo. Ni áticos, ni coches deportivos de lujo.
Le hago un gesto a la anfitriona para que no se moleste y me dirijo a un asiento en la barra.
—¿Qué te pongo? —pregunta el camarero.
Examino los grifos de cerveza. —Tomaré una Backwater Blonde, ¿y podrías decirle a Addy que estoy aquí?
Él entrecierra los ojos. —¿A Addy?
—La camarera.
—Sé quién es Addy. La pregunta es: ¿tú de qué la conoces? Ella no sale con nadie.
Ya lo hará en cuanto le eche un vistazo a estas entradas.
—Somos amigos. —No es mentira. Seremos amigos. Amantes, amigos, compañeros. Todo lo anterior.
—Tú mismo, tío. Es tu funeral. —Me pone la cerveza delante antes de marcharse a hablar con otra camarera. Ella cruza su mirada con la mía y abre mucho los ojos. Al contrario que Addy, parece que sabe quién soy. Le asiente al camarero antes de alejarse. Espero que vaya a buscar a Addy.
Doy un sorbo a mi cerveza mientras la espero. Una bandeja golpea la barra junto a mí y doy un salto. ¿Qué demonios? Me giro a mi izquierda. Addy me fulmina con la mirada.
—¿Qué parte del «no» es la que no entiendes?
Vaya. No es el saludo que me esperaba. Pero no me ha ignorado. Puedo trabajar con esto. Además, Addy está magnífica cuando se enfada. Se le oscurecen los ojos y arruga la nariz. Me dan ganas de besársela.
—¿Podemos hablar de esto en privado?
Ella suelta un bufido. —¿En privado? Eso no existe en esta isla. Pueblo pequeño, isla pequeña. Cotilleos grandes.
—Podríamos usar el despacho.
—Chloe probablemente tenga micrófonos instalados en su despacho.
—No los tengo —dice una mujer alta desde el otro lado de la barra—. Lucas ha dicho que es ilegal escuchar a escondidas a la gente. Aunque seas la dueña del negocio y ellos tus empleados. —Pone los ojos en blanco antes de lanzarle un juego de llaves a Addy—. Adelante, usa el despacho.
—Venga. Acabemos con esto de una vez.
Se aleja pisoteando fuerte y yo me apresuro a seguirla por el pasillo hasta una sala con el cartel de «Despacho». Cierro la puerta tras de mí.
Le sonrío a Addy, pero ella se cruza de brazos y me mira con dureza. No es exactamente el recibimiento que esperaba. Ya cambiará de opinión.
—Permíteme que repita mi pregunta. ¿Qué parte del «no» es la que no entiendes?
Saco las entradas del bolsillo y las agito con un gesto teatral. —Quiero darte una sorpresa.
Ella suspira. —¿Es esta una de esas situaciones que tú crees que son románticas pero no lo son?
Le agito las entradas. —¿No quieres saber qué son?
—Está bien. ¿Qué son?
—Entradas para ver a Juliet Ash. La gira de Taylor Swift ha terminado, pero he pensado que te gustaría ver a Juliet. Es una estrella del pop casi tan grande como Taylor.
Se queda con la boca abierta. —¿Hablas en serio? Esas entradas cuestan un dineral. Y no va a tocar en ningún sitio cerca de Smuggler’s Hideaway.
Addy debe de ser muy fan si sabe que Juliet Ash no actúa por aquí cerca. Bien. Más tentación para que se resista.
—Toca en Nueva York. Había pensado que podríamos pasar allí la noche.
—A ver si lo he entendido bien. Te he dicho que no tengo tiempo para salir con nadie y tu respuesta ha sido comprar entradas para un concierto en Nueva York y sugerir «pasar allí la noche».
—No tienes que preocuparte por nada. Yo pagaré los vuelos y las habitaciones de hotel.
Parpadea al mirarme. —¿Es esto lo que haces? ¿Comprar regalos caros a las mujeres para que hagan tu voluntad?
—¿Mi voluntad?
—Tus órdenes y mandatos.
Gruño. —Sé lo que significa «voluntad».
—La pregunta sigue en el aire. ¿Es esto lo que haces?
—No.
No voy persiguiendo a las mujeres. Normalmente no me hace falta. Con decir mi nombre suele ser suficiente para la mayoría. No tardan nada en abalanzarse sobre mí.
Pero con Addy no es así. A ella no le importa mi fama. Y, a juzgar por el ceño fruncido de su cara cuando le he ofrecido las entradas, tampoco le importa mi fortuna. Es refrescante.
E intoxicante. Quiero conocer a esta mujer. De todas las formas posibles.
Se le arruga la frente. —No lo entiendo. ¿Por qué tiras la casa por la ventana conmigo?
—Porque lo vales.
—No me conoces. No sabes si lo valgo.
—Sé que cantas de maravilla. Sé que eres una camarera excelente. Sé que no tienes ni idea de fútbol americano.
Levanta un dedo. —No es que no tenga ni idea. Mi hermano juega. Entiendo las reglas. Lo que pasa es que no sigo a ningún equipo. No tengo...
—Tiempo —termino la frase por ella—. Todo el mundo tiene tiempo para lo que ama. He imaginado que, con lo que te gusta actuar, te gustaría ir a un concierto.
—¿Cómo sabes que me encanta actuar?
—Se te veía claramente en la cara cuando cantabas. Y por la forma en que involucraste al público. Todo el mundo en el local estaba enamorado de ti al acabar la primera canción.
Ella se ríe por lo bajo. —No sabía que los grandes jugadores de fútbol fuerais propensos a la exageración.
—Porque no lo somos. —Le retiro un pelo de la frente—. ¿Qué me dices, Addy? Déjame llevarte al concierto de tus sueños.
Retrocede un paso, pero no antes de que me dé cuenta de cómo se le abre la boca y se le dilatan las pupilas. Le intereso, pero está luchando contra ello. ¿Por qué?
—Odio sonar como un disco rayado, pero no tengo tiempo. Me parece genial que quisieras hacer algo diferente. Pero no puedo levantar el vuelo e irme a Nueva York así como así. Deberías haber preguntado antes de gastarte el dinero.
—No me importa el dinero.
—Qué suerte —murmura ella.
Es una suerte, sí. Crecí sin nada. Siempre yéndome a la cama con hambre. Teniendo que aceptar la caridad de gente que me miraba por encima del hombro. No voy a volver a eso. Y no voy a pedir perdón por ser feliz por tener dinero ahora.
—No voy a disculparme por tener dinero.
Ella resta importancia a mi no-disculpa con un gesto. —No importa. De todas formas, no tengo tiempo para salir contigo.
Necesito un nuevo enfoque. Este no está funcionando. —¿Y como amigos? ¿Tienes tiempo para un amigo?
—En realidad, no. Tengo una vida increíblemente ocupada.
Me apoyo en la puerta y me meto las manos en los bolsillos. —Explícame esa vida tan increíblemente ocupada.
—¿Para qué molestarse?
Sonrío. —Porque somos amigos.
—Yo nunca he aceptado ser tu amiga.
—Pero habrías terminado haciéndolo. Me encuentras irresistible.
—«Pesado» es más exacto.
—Venga ya. Háblame de tu ajetreada vida.
—Está bien —dice con fastidio—. ¿Quieres que te hable de mi aburrida y ajetreada vida?
Allá vamos. Trabajo a tiempo completo aquí en Five Fathoms Brewing.
Más que a tiempo completo si puedo pillar turnos extra.
Cuando no estoy aquí, estoy criando a mis tres hermanos.
Y si por casualidad logro encontrar un momento para mí, escribo música.
—¿Quieres ser cantante?
—Escribir canciones es mi sueño. Un sueño tonto.
—Te he oído cantar. No es nada tonto.
Sus mejillas se oscurecen y desvía la mirada. Es todavía más hermosa cuando se avergüenza. —Lo que tú digas.
—¿Y estás criando a tus hermanos? ¿Por qué? ¿Dónde están tu madre y tu padre?
—No es que sea de tu incumbencia, amigo , pero mi padre se largó cuando yo tenía dos años. No lo recuerdo. Y mi madre está aquí. Ser madre soltera es duro. Yo ayudo.
No creía que fuera posible estar más interesado en Addy, pero lo estoy. Ayuda a criar a sus hermanos cuando podría irse de esta isla y perseguir su sueño de ser compositora. Una mujer capaz de sacrificarse por sus seres queridos es la clase de mujer que anhelo.
—Siento no tener tiempo para divertirme contigo. —Mira su reloj—. Debería volver ahí fuera. El jaleo del almuerzo está en pleno apogeo.
—Por supuesto. —Abro la puerta y le hago un gesto para que salga.
Ella sale apresurada por el pasillo hacia la barra y yo la sigo.
—Mesa nueve —dice el camarero mientras le empuja una bandeja llena de cervezas.
—Ya la llevo yo. —Levanto la bandeja antes de que Addy tenga oportunidad de hacerlo.
Ella me mira de mal humor. —Este es mi trabajo.
—Y yo solo estoy ayudando. No es para tanto.
La bandeja pesa una tonelada. No tengo ni idea de cómo puede ella levantarla. Es una cosita tan menuda.
Llego a un grupo reunido alrededor de la televisión y levanto la bandeja en el aire para poder pasar.
—La mesa nueve es hacia el otro lado —dice Addy.
Me vuelvo a mirarla. Ella suelta una risita y le brillan los ojos. Me quedo hipnotizado. Quizá sea una bruja además de camarera, canguro y compositora.
Me empiezan a temblar los brazos. El entrenamiento de esta mañana ha sido todo de brazos.
Probablemente debería entregar estas bebidas antes de quedar en ridículo.
Me giro rápidamente para buscar la mesa nueve.
Mi pie tropieza con una silla y, antes de que me dé cuenta de lo que está pasando, la bandeja de bebidas se estrella contra el suelo.
—Mierda. —Me arrodillo para recoger el desastre.
—Puede romper vasos en mi casa cuando quiera —dice la mujer de la mesa de al lado.
—A lo mejor deberíamos pedirle que se agache.
Addy cruza la barra corriendo hacia mí. —Dakota, Blossom, que sois mujeres felizmente casadas.
—Eso no significa que no pueda mirar. Tu nuevo hombre es guapo.
A Addy se le ensanchan las fosas nasales. —No es mi hombre. Es un amigo.
Se arrodilla para ayudarme a recoger el cristal, pero la aparto con suavidad. —Yo me encargo.
—Es literalmente mi trabajo.
—Yo lo he derramado. Yo recojo el desaguisado.
Ella abre mucho los ojos. —Deberías explicarle lo que es la responsabilidad a mi hermano.
¿Una oportunidad para conocer a su familia? Acepto de inmediato. —De acuerdo.
—Doy mi aprobación —dice una de las mujeres de la mesa.
Addy pone los ojos en blanco. —Las cotillas ya estarán hablando de nosotros esta misma noche.
—Oh, no te preocupes. Ya están dándole a la lengua —dice la mujer.
Addy gime. —Lo siento.
—Yo no.
No parece creerme, pero el camarero grita su nombre y ella sale corriendo.
Tengo mucho trabajo por delante para convencerla de que seamos algo más que amigos, pero no me importa. Siempre he sido un trabajador incansable. Especialmente cuando sé lo que quiero. Y yo quiero a Addy.