En su equipo (Steel City Seals 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

En mi defensa, nadie me advirtió sobre el hoyuelo.

Addy

Miro la hora y hago una mueca. Llego tarde. Debería estar ya en el trabajo. Menos mal que tengo a las jefas más geniales del mundo.

Las cinco mujeres dueñas de Five Fathoms Brewing son las mejores. Antes solían ir por la isla causando estragos, pero ahora están todas felizmente enamoradas.

Se me encoge el corazón. Felizmente enamoradas. Debe de ser agradable haber encontrado al hombre de tus sueños.

Mientras tanto, yo no tengo tiempo para el hombre de mis sueños. Aunque sea alto, tenga una mandíbula esculpida y unos ojos de color marrón chocolate en los que me gustaría ahogarme. O un hoyuelo que me gustaría lamer. O un pelo del que me gustaría tirar.

Aparto esos pensamientos de mi mente. Definitivamente, no tengo tiempo para un hombre que está en la isla de paso.

—¡Penelope! ¡Mila! —grito—. Me voy.

Mila entra corriendo en el pasillo. —¿Por qué gritas? Ya sabemos que te vas.

Sonríe y se me hiela la sangre. Es su sonrisa de «yo no he roto un plato». Un nombre más apropiado sería su sonrisa de «voy a dar guerra».

—¡Mila! ¡Te voy a matar!

Es un asco tener razón siempre. Suspiro antes de dirigirme a su dormitorio. —¿Qué pasa?

Penelope señala a Mila. —Me ha deshecho la cama.

Mila le saca la lengua a Penelope. —No haberle dicho a Jeremy que te gusta.

—Pero si te gusta. Escribiste su nombre en tu cuaderno y dibujaste corazones alrededor.

Hago un gesto tajante con la mano en el aire. —Basta. Tengo que irme a trabajar. Prometedme que no os haréis daño mientras no esté.

—Define «daño».

¿Por qué, por qué mi hermana de catorce años tiene que ser tan precoz? Es lista, mucho más que cualquier otra persona de su edad en la isla, pero no entiende las normas sociales. Como no decirle nunca a un chico que le gusta a tu hermana.

Otis sale tambaleándose de su habitación. —Vete. Yo las vigilaré hasta que se vayan a la escuela de verano.

Mi hermano pequeño nunca se ofrece voluntario para ayudar en casa. Entorno los ojos hacia él. —¿Qué quieres?

No lo duda ni un segundo. —Dinero para la fiesta de pizza del equipo de este fin de semana.

—Una hora vigilando a tus hermanas no vale tanto.

—Las vigilaré todas las mañanas de esta semana antes de que tengan que ir a la escuela de verano.

Levanto las cejas. —¿Vas a salir de la cama antes del mediodía?

—Si me das dinero para la fiesta de la pizza.

Le tiendo la mano. —Hecho.

Vuelvo a mirar la hora. ¡Contrabandistas ahogados! Llego tardísimo. —Me voy. Si tengo que limpiar sangre de las paredes, nuestro trato se anula.

Me despido con la mano mientras salgo corriendo de casa hacia mi bici. La cervecería no está lejos. Puedo llegar en bicicleta en cinco minutos. La ventaja de vivir en un pueblo pequeño en una isla pequeña.

Entro volando por la entrada trasera de Five Fathoms y casi choco con mi jefa, Chloe.

—¿A qué viene tanta prisa? —entorna los ojos—. ¿Te ha contado alguien lo de los jugadores de fútbol americano que vienen a almorzar aquí?

Jugadores de fútbol. Me da un vuelco el corazón. Me pregunto si Gage estará aquí.

Inmediatamente desecho la idea. Aunque tuviera tiempo para un hombre —que no lo tengo—, él no estaría interesado en una chica de pueblo como yo.

—No quiero fichar tarde.

Ella suspira. —¿Qué han hecho tus hermanas ahora?

Abro la boca para responder, pero alguien grita mi nombre. Con un «lo siento» mascullado, me alejo a toda prisa.

Hoy me toca turno de camarera. A veces soy la anfitriona. Y a veces estoy en la barra. Lo que haga falta, puedo hacerlo. Cojo todos los turnos que puedo.

—La mesa cinco necesita atención —dice el camarero mientras me ato el delantal a la cintura y me meto el móvil en uno de los bolsillos.

Cojo unas cartas antes de dirigirme a la mesa. Mis pasos se ralentizan cuando me doy cuenta de quién está sentado allí. Es el mismo grupo de hombres de la otra noche en el Mermaid Karaoke. Gage incluido.

Se fija en mí y sonríe. Su hoyuelo hace acto de presencia y me flaquean las rodillas.

Esto es ridículo. No soy una damisela en apuros. Ordeno a mis rodillas que se comporten y continúo hacia la mesa.

—Hola, Addy.

—Hola, Gage Edwards.

El hombre que está a su lado suelta una carcajada. —De verdad que no sabe quién eres.

Debió de hablarles de nuestra conversación en el Bootlegger.

—Estos son mis compañeros de equipo. Tanner, Nolan, Brock y Corbin.

—¿Jugáis todos en el mismo equipo de fútbol que Gage?

Gage entorna los ojos. —Jugamos al fútbol americano y lo sabes.

—¿Ah, sí? —Me toco la barbilla—. Ah, espera. Se supone que debo saber quién eres.

—No puedes burlarte de mí por sorprenderme de que no sepas quién soy.

Arrugo la nariz. —¿No puedo? ¿Es acaso una ley?

—Me gusta ella —declara Nolan.

—Menos mal. Me preocupaba que no les cayera bien a los compañeros de Gage.

—Es sarcástica —Tanner sonríe—. Me encanta.

Gage le da un puñetazo en el hombro. —Corta el rollo.

—Como ya me he ganado el amor y el afecto de tus compañeros, es hora de pedir. ¿Quién sabe ya lo que quiere?

—Yo tomaré la hamburguesa con queso doble con una ración de alitas picantes, macarrones con queso y una patata asada —dice Brock.

Parpadeo al mirarlo. —¿Quieres que añada media vaca a tu pedido?

—Se me olvidaba la ensalada de col. ¿Y podemos pedir una ronda de aperitivos primero?

Yo bromeaba, pero parece que él no. —¿Cuántos aperitivos?

—Tomaré el plato combinado —cierra su carta y la deja sobre la mesa—. ¿Alguien más quiere aperitivos?

—Ya puedes recoger la mandíbula del suelo —dice Gage.

Me aclaro la garganta. —Lo siento. No esperaba que pidiera toda la carta.

—Tengo hambre —refunfuña Brock.

—¿Qué quieren los demás? Debería tomar nota rápido antes de que el pobre Brock se consuma hasta desaparecer.

Pensaba que Gage era un tipo grande. Pero parece diminuto al lado de sus compañeros. Los cinco necesitan dos mesas de cuatro personas para acomodar sus cuerpos.

Se ríen entre dientes mientras me dicen lo que quieren. Corro a la cocina para marchar su comanda. Cuando me doy la vuelta para volver al restaurante, casi vuelvo a chocar con Gage.

—Tenemos que dejar de encontrarnos así.

Entorno los ojos hacia él. —¿Me estás siguiendo?

—Depende.

—¿De qué?

—De si seguirte es bueno o malo. Yo voto por romántico.

Frunzo el ceño. —¿No te enseñó tu madre que no es romántico seguir a una mujer?

—Nop. Ella no me enseñó nada.

Siento que hay una historia detrás, pero no pregunto. Apenas lo conozco de hace un minuto; no tengo derecho a conocer su historia. Pero tengo curiosidad. Más curiosidad de la que debería.

—Cambiando de tema. ¿Por qué me estás siguiendo?

—Para invitarte a salir.

—¿Para invitarme a salir?

—A una cita.

—¿Una cita?

—Ya sabes. Cena, baile.

Por un momento, me permito imaginar cómo se sentiría tener una cita con Gage. Que me invite a cenar y a beber. Que su atención se centre en mí y solo en mí.

Pero no puede ser. Nada de citas para mí. —Lo siento. No puedo.

—¿Estás con alguien? Cabrón con suerte.

Siento una calidez en el pecho al ver que piensa que cualquier hombre que estuviera conmigo tendría suerte. —No.

—¿Por qué has dicho que no si no tienes novio? —Parece genuinamente confundido.

—¿No estás acostumbrado a oír la palabra «no»?

—Nada de lo que dices o haces es lo que me espero.

—Me alegra poder divertirte.

—Me fascinas.

Me echo el pelo hacia atrás. —Porque soy fascinante.

—Estás bromeando. Pero hablo en serio. Eres fascinante.

Suelto una risita. —No soy fascinante. Soy aburrida.

No llevo las uñas arregladas, ni me hago la pedicura cada semana, ni llevo ropa de marca, ni me voy de vacaciones exóticas. No tengo tiempo para nada de eso.

—No eres aburrida. Sal conmigo en una cita y te lo demostraré.

Me coloco la bandeja de servir bajo el brazo. —¿Vas a demostrarme que no soy aburrida saliendo en una cita conmigo?

—Sep.

—Lo siento, Gage Edwards. No tengo tiempo para citas.

—Lo entiendo. Mi vida también es ajetreada. Tengo entrenamientos, prácticas con el equipo, reuniones, etc. Pero estoy dispuesto a hacer de las citas contigo una prioridad.

—Vaya. Qué detalle por tu parte.

Saca pecho. —Soy muy detallista. Gracias por fijarte.

Pongo los ojos en blanco. —Los hombres y el tamaño.

—Venga —me engatusa—. Sal conmigo en una cita y prometo no hablar de mi tamaño en toda la noche.

Siento la tentación. Más de lo que me gustaría admitir. Pero no me estoy haciendo la difícil. De verdad que no tengo tiempo para añadir una cosa más a mi vida. Ya está llena y a punto de explotar.

—Lo siento, Gage. No estoy jugando. De verdad que estoy... —Hago una pausa cuando mi teléfono pita. Lo saco del delantal y suspiro al leer de quién es el mensaje.

Agito el teléfono ante él. —Tengo que ocuparme de esto.

—Vale. Pero no me rindo.

—Créeme. Lo harás pronto.

Aprendí por las malas cómo te abandonan los hombres que no reciben suficiente atención. Los hombres que se niegan a competir con tus hermanos por tu tiempo. Hombres que no se molestan en quedarse, incluso cuando los necesitas.

—No me rindo si quiero algo. —Se inclina lo suficiente para que note los destellos verdes en sus ojos—. Y te quiero a ti.

Siento calor por todo el cuerpo. Es intenso. Me pregunto qué tan intenso puede llegar a ser. Especialmente cuando estemos los dos desnudos.

Mi teléfono pita de nuevo y me sobresalto. Miro la pantalla y gruño ante el mensaje de Otis. Escribo rápidamente una respuesta.

Prometiste que nada de sangre.

—¡Nos vemos pronto! —grita Gage desde el fondo del pasillo.

Levanto la vista a tiempo de verlo caminar hacia su mesa. Es un espécimen de hombre espectacular.

Ojalá tuviera tiempo para un hombre.

Ojalá pudiera confiar en que un hombre me apoyara.

Ojalá pudiera confiar en que un hombre se quedara.

Ojalá. Ojalá.

Palabras inútiles.

Es seguro que Gage se marchará al final del verano, cuando termine el campo de entrenamiento.