JAQUE MATE
MARIA ROSA
Felipe llegó el primero, con una camisa nueva y la ansiedad disfrazada de broma.
—Si lloro, es por alergia a la moqueta.
—La moqueta no es nueva —le recordó Caio.
—Alergia retardada.
Lívia llevaba una carpeta vacía porque necesitaba tener algo entre las manos.
Breno había comprobado la hora de la reunión tres veces.
Yo la había comprobado cuatro, pero jamás lo admitiría.
Lígia entró con Leonardo y dos profesionales del equipo responsable del programa. Gustavo no estaba con ellos.
Sabía por qué.
No había participado en la evaluación.
Aun así, una parte ridícula de mí buscó su pelo rubio rojizo en la puerta.
Nunca apareció.
Lígia empezó sin grandes discursos.
Habló del propósito del programa, del trabajo de los últimos meses, de las obligaciones de confidencialidad que continuaban después de las prácticas y de los siguientes pasos académicos y profesionales de cada uno.
No convirtió la ceremonia en la coronación de una sola persona.
Felipe recibió un reconocimiento por sus dotes de comunicación, su rapidez para leer el ambiente de una sala y su capacidad para colaborar con equipos diferentes.
Lívia fue reconocida por el rigor y la constancia de sus investigaciones.
Caio, por su evolución en la redacción técnica y su atención a la estructura.
Breno, por su organización y fiabilidad en el control documental.
Cada uno tenía sus propios puntos fuertes.
Y cosas que mejorar.
Y al mirarlos, me di cuenta de que la competencia del primer día había cambiado.
Seguía gustándome ganar.
No seamos hipócritas.
Pero también quería que ellos ganaran.
Felipe me apretó la mano por debajo de la mesa.
—Si quedas primera, diré que siempre te apoyé.
—Hace tres meses me amenazaste con matarme por la clasificación.
—Crecimiento personal.
Lígia pronunció mi nombre.
Me puse de pie.
El corazón me latía con fuerza.
No por miedo.
Por los recuerdos.
El primer día.
El conjunto elegido con cuidado.
El Superviviente, que amenazaba con dejarme tirada.
La recepción.
La sensación de que tenía que entrar en aquel despacho y demostrar, antes siquiera de abrir la boca, que no era demasiado pequeña para aquel espacio.
Ahora caminaba hacia el frente de la sala sabiendo exactamente lo que había hecho allí.
Lígia me entregó el documento de mi evaluación final.
—La evaluación más alta de la promoción —dijo.
La sala aplaudió.
Sonreí.
Sin agachar la cabeza.
Sin decir «oh, parad».
Sin fingir que había sido cuestión de suerte.
Me lo había trabajado.
También recibí la copia formal de la carta de intenciones que ya habíamos comentado dos días antes.
Nada mágico.
Nada conseguido por un romance.
La graduación.
El examen de la OAB.
Los requisitos objetivos.
El proceso interno.
Y un despacho que decía: queremos hablar contigo cuando estés preparada para ejercer la abogacía.
Eso valía más que una promesa vacía.
Cuando me senté, Felipe susurró:
—Siempre creí en ti.
—Vete a la mierda.
—Yo también te quiero.
Después de la ceremonia, Lígia me pidió que me quedara dos minutos.
La sala se vació.
—Quiero zanjar un último asunto —dijo.
Supe el nombre antes de que lo pronunciara.
—Fernando.
—El proceso interno ha terminado. No volverá a M&MD.
Solté el aire.
—De acuerdo.
—El despacho también ha reforzado los canales de denuncia, la documentación de incidentes y la supervisión en situaciones que impliquen conflictos jerárquicos. No como un gesto de relaciones públicas. Hubo un fallo institucional antes de que tú tuvieras que llegar al extremo al que llegaste.
Asentí.
—¿Y lo demás?
—Cualquier asunto penal o civil continuará fuera del despacho, con las autoridades y los abogados responsables. No tienes que gestionar eso a través de la oficina.
—Bien.
Lígia me observó.
—¿Estás bien?
Lo pensé.
—Sí.
No porque Fernando no importara.
Sí que importaba.
Lo que hizo dejó huella.
Pero no quería concederle más páginas en mi cabeza de las que ya se había llevado.
—No quiero terminar estas prácticas pensando en él —dije.
—Pues no lo hagas.
Salí de la sala.
Y no miré atrás.
La pequeña celebración, a última hora de la tarde, reunió a suficiente gente para convertir la zona común en un caos elegante.
Antonella apareció.
Leonardo también.
Renata trajo dulces.
Felipe ya le había contado a la mitad del edificio que había sobrevivido al programa «contra todo pronóstico».
Gustavo apareció por fin, después de una reunión fuera.
Vino directo hacia mí.
—Enhorabuena otra vez.
—Ya lo has dicho.
—Lo repito.
—Permitido.
Un compañero pasó a nuestro lado y bromeó sobre si celebraba más el cierre del caso o el final de las prácticas.
Gustavo me puso una mano en la espalda.
—Celebro el primer puesto de mi futura esposa.
El mundo se detuvo.
Giré la cabeza.
—¿Tu qué?
A unos metros, Antonella se echó a reír a carcajadas al instante.
Leonardo se cubrió la cara con una mano.
—Dios mío —murmuró—. Es genético.
—Futura esposa —repitió Gustavo, ya con la sonrisa de un hombre que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—No hay ninguna futura esposa.
—Todavía.
—No hay ningún «todavía» autorizado.
—Hipótesis a largo plazo.
—¿Quieres morir delante de tus empleados?
Antonella estaba casi sin aliento.
—Me encanta —consiguió decir.
Leonardo señaló a su hijo.
—Te advertí que la insistencia sin autorización termina en litigio.
—Tú no eres ningún ejemplo —replicó Antonella.
—Precisamente por eso tengo experiencia.
La sala entera se sumió en el caos.
Levanté un dedo hacia Gustavo.
—A efectos públicos y privados: no estoy comprometida.
—Queda registrado.
—Ni prometida.
—Queda registrado.
—Ni en fase de precompromiso, compromiso beta, intención matrimonial, lista de espera ni ninguna otra categoría que invente tu cerebro jurídico.
—Entendido.
—Bien.
Me besó en la sien.
—Mi futura posible esposa.
—¡Gustavo!
Antonella estuvo a punto de caerse sobre el sofá.
Más tarde, cuando la celebración se calmó, me quedé unos minutos junto a una ventana del decimoquinto piso.
Abajo, el Açude Velho.
La ciudad seguía adelante.
Mi último día como becaria de aquel programa.
Pensé en el plan con el que había entrado en M&MD el primer día.
Trabajo.
Casa.
Libertad.
Lo seguía queriendo todo.
Quizá más que antes.
Querer a Gustavo no sustituía mi propio sueldo, mi carrera, mi nombre en una puerta ni mi capacidad de decidir dónde vivía.
No quería que su vida me absorbiera.
Quería construir la mía y hacerle un hueco dentro.
Había una diferencia.
Durante mucho tiempo había confundido independencia con no necesitar nunca a nadie.
Como si aceptar ayuda restara mérito.
Como si querer a alguien creara una deuda.
Como si confiar significara entregar el volante y bajarse del coche.
Pues no.
Podía seguir llevando yo el rumbo y tener compañía.
—¿Pensando? —preguntó Gustavo a mi espalda.
—Peligroso, ya lo sé.
Se puso a mi lado.
—¿Lista para irnos?
—Lo estoy.
Gustavo me tendió la mano.
La miré.
Él esperó.
Dos segundos.
Dejé que pasaran a propósito.
—Eres cruel —dijo.
—Si no he hecho nada.
—Exacto.
Sonreí.
Y entonces le cogí la mano.
Nos marchamos juntos, discutiendo sobre si la comida de una celebración familiar contaba como cena o si Murilo acabaría pidiendo pizza, inevitablemente, dos horas después.
Yo seguía al mando de mi propia vida.
Gustavo seguía discutiendo conmigo.
Y, en ese momento, aquello me pareció un final excelente para el principio.