En manos del CEO (En tus manos nº 2) Epílogo
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Epílogo

EL FIN DEL PRINCIPIO

MARIA ROSA

Tres años después, me casé con Gustavo Marins DeLuca.

Lo más importante de esa frase es que tardé tres años.

No porque él pasara tres años persiguiéndome con anillos, serenatas y chantaje emocional.

Habría enterrado el cadáver.

Tardé tres años porque yo quise.

Elegí la fecha.

Elegí el lugar.

Elegí el vestido.

Elegí al hombre.

Y, la mañana del último sábado de octubre, estaba en Sítio Pedra Clara, en las afueras de Campina Grande, intentando contestar el mensaje de un cliente mientras Miguel amenazaba con arrancarme el móvil de la mano.

—Te casas dentro de dos horas.

—La vista fue ayer, pero me ha mandado una duda sobre la ejecución.

—Y hay todo un bufete lleno de abogados.

—Yo soy una de esas abogadas.

Miguel apareció detrás de mí en el espejo.

—Hoy eres una de esas novias.

—Odio los argumentos válidos.

Extendió la mano.

Le di el móvil.

—Si suena, no contestas.

—Tengo un equipo.

—Díselo a tu mano, que estaba escribiendo a escondidas.

Le saqué la lengua.

A los veintiséis años ya tenía mi habilitación de la OAB, mis propios clientes dentro de mi área, suficientes vistas a mis espaldas para no sentir que el corazón se me iba a salir por la boca en cada una, y una agenda que exigía una organización casi militar.

Seguía trabajando en litigios empresariales.

Y me seguía encantando la sensación de desmontar una cronología, encontrar una incoherencia y entrar en una sala sabiendo exactamente dónde estaba el problema.

Y seguía habiendo días en los que llamaba a mamá después de una buena vista solo para oírle decir que ella siempre lo había sabido.

Mi carrera no se había convertido en un apéndice del apellido de Gustavo.

Era mía.

Tal y como yo lo había querido desde el principio.

El vestido también era mío, aunque Miguel parecía creerse con poderes notariales en materia estética sobre él.

—No te toques el pelo —ordenó.

—No me lo he tocado.

—Lo has pensado.

—En esta familia os estáis pasando con el tema de leer la mente.

La puerta se abrió.

Mamá entró llorando.

—Ay, no —dije—. No empieces.

—Ni siquiera he empezado.

—Tu cara ha empezado.

Se rio y lloró al mismo tiempo.

Ya estaba.

Yo estaba perdida.

En menos de quince minutos, el vestidor se convirtió en una operación Monteiro.

Mamá revisó detalles que nadie le había pedido que revisara.

Papá entró dos veces y salió las dos alegando que tenía polvo en el ojo.

—¿Dentro de una habitación cerrada? —pregunté la segunda vez.

—En las fincas hay polvo.

—Claro.

Marcelo apareció con un traje que Miguel había aprobado a regañadientes.

Renata entró justo detrás de él.

Llevaban casi dos años juntos y seguían sosteniendo, con un descaro admirable, que «no les gustaban las etiquetas».

—Entonces, ¿qué sois? —pregunté por centésima vez.

Renata le rodeó la cintura con un brazo.

—Dos personas que comparten cuentas de streaming y un cajón.

—Dos cajones —corrigió Marcelo.

—¿Lo ves? Prácticamente casados.

Marcelo hizo una mueca.

—No empieces en tu propia boda.

Murilo entró detrás de ellos.

—Puede empezar donde quiera. Hoy tiene inmunidad.

—Tengo inmunidad todos los días.

—Eso también es verdad.

Miguel dio una palmada.

—Callaos todos. Tengo que repasarle el conjunto.

—Ya lo has repasado tres veces.

—Y las tres veces has intentado cambiar algo.

Papá volvió a aparecer en la puerta.

Esta vez no disimuló con el polvo.

Me miró y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Mi princesa.

Tomé aire.

—No me hagas esto antes de que se fije el maquillaje.

Abrió los brazos.

Fui.

Ari me abrazó con cuidado, como si todavía tuviera cinco años y, a la vez, supiera de sobra que no los tenía.

—¿Estás segura? —preguntó en voz baja.

Sonreí.

—Lo estoy.

Era la única pregunta que importaba.

Me besó la frente.

—Entonces vamos.

No vi a Gustavo arreglarse.

Pero lo conocía lo bastante para imaginármelo.

Leonardo seguramente intentaba parecer tranquilo sin conseguirlo.

Antonella probablemente le había dicho a su hijo que dejara de tocarse la corbata.

Y Gustavo, con treinta y un años, seguía siendo un CEO, un abogado y un hombre capaz de afrontar una negociación de varios millones de reales sin pestañear, pero completamente incapaz de disimular los nervios cuando se trataba de mí.

Más tarde me enteré de que Leonardo le había puesto una mano en el hombro y le había dicho solo esto:

—Ella ha elegido estar aquí. Confía en eso.

Ni un discurso épico.

Ni consejos mágicos.

Solo eso.

Cuando llegué a la entrada de la ceremonia y miré hacia delante, vi a Gustavo esperando.

Estaba impecable.

Traje oscuro.

El pelo peinado con un esmero que no sobreviviría a la recepción.

Los ojos azules clavados en mí.

Y completamente deshecho.

Abrió un poco la boca.

Cerró la mano sobre la pechera de la chaqueta.

Empecé a sonreír.

Papá me ofreció el brazo.

—¿Lista?

—Siempre.

Mentira.

Pero aun así eché a andar.

La ceremonia fue sencilla porque había amenazado con abandonar el evento si alguien intentaba convertir nuestros votos en una charla TED sobre almas gemelas.

Cuando llegué hasta él, Gustavo me tomó de las manos.

—Hola.

—Hola.

—Estás…

—Si vas a decir guapísima, puedes seguir.

Se rio, nervioso.

—Estás increíble.

—Aceptado.

Nuestros votos no hablaron del destino.

Gustavo prometió seguir diciéndome la verdad incluso cuando resultara incómoda. Prometió respetar mis noes sin convertirlos en negociaciones y recordar que ser pareja no significaba posesión.

Yo prometí no utilizar el silencio como prueba cuando pudiera hacer una pregunta. Prometí elegir la conversación antes de construir un caso entero en mi cabeza y seguir diciendo exactamente lo que quería, incluso cuando eso fuera estar sola una hora.

También prometí no abandonar al Superviviente por culpa de influencias elitistas.

—Eso no estaba en el borrador —murmuró Gustavo.

—Ahora sí.

La gente se rio.

Cuando llegó el momento, dije que sí.

No porque llevara tres años pidiéndomelo.

No porque mi familia lo aprobara.

No porque el amor lo hubiera conquistado todo mágicamente.

Lo dije porque, después de tres años de elegirnos una y otra vez, era lo que yo quería.

Gustavo también dijo que sí.

Y cuando nos besamos, oí a mis hermanos protestar detrás de mí por puro compromiso histórico.

Casados.

Por fin.

En la recepción, Antonella apareció con una copa en una mano y una sonrisa criminal.

—Así que has cedido.

—He elegido.

—Tres años.

—Quería asegurarme de que tu hijo sobreviviera al periodo de prueba.

—Aprobó por los pelos.

Gustavo, a mi lado, protestó:

—Mamá.

—Cállate. Hoy soy la suegra.

Leonardo llegó detrás de ella.

—Técnicamente, yo también soy el suegro.

Miré a los dos.

Después, la mano de Antonella, con el anillo de compromiso que parecía ya parte permanente de su anatomía.

—Ahora una pregunta importante. ¿Cuándo vas a casarte por fin con Leonardo?

Antonella dio un sorbo.

—Nunca.

Leonardo ni siquiera pestañeó.

—Sigo intentándolo.

—Desde hace décadas —dijo ella.

—La perseverancia es una virtud.

—Cuando no resulta irritante.

—Te gusta.

Antonella se volvió hacia mí.

—¿Ves de dónde lo ha sacado tu marido?

—Por desgracia.

Gustavo me rodeó la cintura con un brazo.

—Tengo mis propias cualidades.

—Las tienes —dije—. Algunas.

—Qué generosa.

Leonardo besó a Antonella en la sien.

—Volveré a preguntártelo en nuestro aniversario.

—Ya lo sé.

—¿Y la respuesta?

—Nunca.

—Genial. Así nos ahorramos el suspense.

Se rio y lo atrajo por la corbata para besarlo.

Tres décadas de dinámica resumidas en diez segundos.

Sonreí.

No era una relación que me correspondiera corregir.

Eran felices con la forma que habían elegido.

Yo había elegido otra.

Me volví de nuevo hacia Gustavo.

La fiesta continuó.

Mamá bailó con papá.

Murilo comió como si el bufé estuviera a punto de cerrar por orden judicial.

Miguel corrigió las corbatas de tres personas sin previo consentimiento estético.

Renata y Marcelo desaparecieron juntos durante veinte minutos y volvieron diciendo que habían estado «hablando».

Felipe, invitado por derecho adquirido, intentó convencer a Breno de que el matrimonio era una institución burguesa mientras lloraba en la pista de baile.

Me reí de todo aquello.

En algún momento, Gustavo me apartó a un rincón más tranquilo, junto al jardín.

—¿Señora Marins DeLuca? —bromeó.

—No empieces. Mi nombre profesional sigue siendo Maria Rosa Monteiro.

—Lo sé.

—Y socialmente también, si quiero.

—Lo sé.

—Solo me aseguraba.

Sonrió.

—Entonces, señora Monteiro.

—Mejor.

Apoyé la cabeza en su pecho.

Pensé en los títulos de los dos libros de nuestra historia, aunque nadie más que yo ordenara la vida de ese modo.

Me había pasado años diciendo que nunca estaría en manos de ningún hombre.

Gustavo se había pasado años actuando como si el control fuera lo mismo que la seguridad.

Los dos nos habíamos equivocado.

Yo nunca estuve en sus manos como una propiedad.

Él nunca estuvo en las mías como un proyecto.

Simplemente habíamos aprendido a entregar las partes vulnerables sin entregar la autonomía.

A elegir.

Una y otra vez.

—Le estás dando demasiadas vueltas —murmuró Gustavo.

—Soy abogada. Enfermedad profesional.

—¿Te arrepientes de algo?

Levanté la cara.

—¿Del matrimonio?

—Sí.

—Han pasado aproximadamente tres horas. Dame un plazo razonable de análisis.

Se rio.

—Qué cruel.

—Sabías con quién te casabas.

—Lo sabía.

—Y aun así elegiste.

—Mañana te elegiría otra vez.

Mi corazón hizo esa cosa ridícula que, tres años antes, habría intentado barrer con escoba y limpiador multiusos.

Ahora dejé que lo hiciera.

—Mañana decidiré si yo también te elijo.

—Maria Rosa.

Sonreí y besé a mi marido.

Por supuesto que lo haría.

Seguía siendo bajita, escandalosa, ambiciosa, competitiva, vulgar cuando me daba la gana y absolutamente incapaz de obedecer solo para hacerle la vida más fácil a nadie.

Seguía siendo yo.

Y cada día seguía eligiendo a Gustavo.