En manos del CEO (En tus manos nº 2) UNA ENTRE UN MILLÓN
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UNA ENTRE UN MILLÓN

MARIA ROSA

Había tomado la decisión antes de llamar al timbre.

Eso importa.

El viernes no fui al apartamento de Gustavo para comprobar si se había portado lo bastante bien y premiarlo luego con mi coño como una medalla al mérito.

No era un premio.

No era el perdón en forma de penetración.

Era deseo.

Mío.

Había deseado acostarme con él del todo mucho antes de volver a confiar. Había elegido esperar porque ese límite me importaba; luego elegí mantenerlo mientras la confianza estaba rota y, aquella noche, elegí cambiarlo.

Sencillo.

Bueno, sencillo hasta que se abrió la puerta y apareció Gustavo con una camiseta blanca, el pelo aún húmedo, con el aspecto de un hombre creado por Dios en uno de esos días en los que le apetecía humillar al resto de la población masculina.

—Hola —dijo.

—Quiero acostarme contigo.

Gustavo se quedó inmóvil.

—Buenas noches a ti también.

—Estoy siendo objetiva.

—Ya me he dado cuenta.

Entré.

Él cerró la puerta.

—Maria Rosa.

—No pongas cara de reunión.

—Tengo que preguntártelo.

Crucé los brazos.

—Pregunta.

—¿Quieres esto porque lo deseas o porque crees que tienes que demostrar que me has perdonado?

Mis ganas de arrancarle la camiseta aumentaron un veinte por ciento, más o menos.

—Porque lo deseo.

—¿Esto no cambia nada de lo que pasó?

—Cambia el hecho de que esta noche quiero tu polla dentro de mí. Todo lo demás se sigue construyendo fuera de la cama.

Cerró los ojos medio segundo.

—Hablas así a propósito.

—Sí.

—Lo sé.

—¿Y bien?

Gustavo se acercó.

Se detuvo sin tocarme.

—Entonces yo también lo quiero.

—Gracias a Dios. Habría sido terriblemente vergonzoso volver a casa después de semejante entrada.

Se rio.

Fue el último momento realmente civilizado en bastante rato.

Antes de que cayera una sola prenda, lo señalé con el dedo.

—Condón.

—Tengo.

—Y usas uno de principio a fin.

—Sí.

—Nada de intentar negociar porque estamos enamorados.

—Ni se me ocurriría.

—Bien.

Gustavo abrió un cajón del dormitorio y me enseñó la caja precintada.

—No están caducados —dijo.

—Muy sexy.

—Tú has exigido una auditoría.

—Soy una profesional.

Volvió a acercarse.

—¿Algo más que quieras acordar?

Me lo pensé.

—Si te digo que pares, paras.

—Siempre.

—Si te pido más fuerte, no pongas cara de preocupación, como si fuera a romperme.

—Depende de lo que me pidas.

—Aceptable.

—Y tú me dices también si algo no te gusta.

—Nunca he tenido problemas para decir lo que pienso.

—Puede que sea lo más cierto que has dicho en tu vida.

Agarré el bajo de su camiseta.

—Bien. Se levanta la sesión.

Le quité la camiseta.

Mi iniciativa.

Mi decisión.

Mi delicioso problema.

Ya conocía casi todo el cuerpo de Gustavo.

Casi.

Lo había tocado, lamido y mordido; le había hecho perder la compostura y había sido una feliz víctima de su boca en circunstancias que harían que mi madre llamara a un sacerdote solo para que se diera por vencido en la puerta.

Aun así, aquella noche era diferente.

Tal vez porque ya no había ninguna regla que mantuviera cerrada la última puerta.

Tal vez porque sabía exactamente lo que sentía.

Tal vez porque, cuando la confianza vuelve a empezar, todo se vuelve más aterrador y más excitante al mismo tiempo.

Empujé a Gustavo sobre la cama.

—Túmbate.

Levantó una ceja.

—Qué mandona.

—Te encanta.

—Muchísimo.

Aquella palabra seguía haciéndome algo en el pecho.

Lo ignoré por motivos operativos.

Me subí encima de él y lo besé despacio al principio, solo para ver cuánto aguantaba.

No mucho.

Me puso las manos en la cintura.

—¿Puedo?

—Puedes.

Me subió el vestido.

Lo ayudé a quitármelo.

Cuando me quedé ahí de pie, solo con la lencería puesta, Gustavo me miró como si fuera lo único que había en la habitación.

—No empieces con miradas emotivas en medio de tanta guarrada.

—No he dicho nada.

—Tu cara habla.

—He aprendido de tu familia.

Le mordí la boca para que se callara.

Bajé por su cuerpo, sentí sus manos en mis caderas, me detuve a provocarlo justo donde sabía que funcionaba y oí mi nombre salir de su boca con un tono que le subió tres tallas a mi ego.

—¿Sigues pensando que soy una mala influencia? —pregunté.

—Nunca he dicho que fueras mala.

—Dijiste que era un problema.

—Lo eres.

—Y te gusta.

—Maria Rosa…

—Responde.

Me sujetó la barbilla.

—Me encanta.

La respuesta me desarmó durante medio segundo.

Entonces Gustavo nos cambió de posición, con mi permiso, y se aseguró de recuperar la ventaja.

Me besó el cuello, los pechos, el estómago. Me quitó las bragas con una lentitud exasperante, solo porque sabía que odiaba esperar.

—Cabrón.

—¿Quieres que pare?

—Si paras, te demando.

—Base jurídica débil.

—Tengo contactos.

Se rio contra mi muslo.

Después dejó de permitirme formar frases completas.

Cuando su boca encontró mi clítoris, mi cerebro presentó su dimisión.

Lo agarré del pelo.

—No pares.

No paró.

La primera oleada llegó rápida y brutal, y mis piernas se cerraron involuntariamente alrededor de sus hombros.

Gustavo esperó a que mi cuerpo se calmara antes de volver a subir.

—¿Aún lo quieres?

Yo jadeaba.

—¿Me estás preguntando si todavía quiero sexo después de acabar de hacerme correr?

—Lo estoy preguntando.

—Sí. Muchísimo.

Alargó la mano y cogió un condón.

Abrió el envoltorio sin ceremonias.

Lo miré mientras se lo ponía.

El corazón se me aceleró de una forma que no era solo deseo.

Gustavo se dio cuenta.

—Podemos parar.

—No quiero parar.

—Podemos esperar.

Le cogí la cara entre las manos.

—Lo sé. Por eso no hace falta.

Me besó.

Abrí las piernas.

—Despacio al principio.

—Tú mandas.

—Esta noche, sí.

Entró en mí poco a poco.

La presión era distinta de todo lo que habíamos hecho antes, más plena, más intensa, y mi cuerpo necesitó unos segundos para adaptarse.

Respiré contra su boca.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí. Espera.

Se quedó quieto.

Moví las caderas despacio.

La sensación cambió.

La incomodidad inicial dio paso al placer y a una cantidad ofensiva de satisfacción emocional que me negué a narrar en ese momento.

—Ahora.

Gustavo empezó a moverse.

Despacio al principio.

Después, al ritmo que le pedí.

Había imaginado aquella escena tantas veces que daba por hecho que lo reconocería todo.

No fue así.

La realidad tenía peso, respiración, sudor, su boca sobre mi hombro y ese irritante cuidado suyo de preguntarme con la mirada incluso después de que le hubiera dicho que sí de todas las formas posibles.

—Más fuerte —pedí.

Obedeció.

—¿Así?

—Así.

El cabecero golpeó la pared una vez.

Me eché a reír.

Gustavo se detuvo, alarmado.

—¿Qué?

—Nada. Sigue.

—¿Te estás riendo de mí?

—De la situación. Meses de negociación legal para que por fin pudiéramos acostarnos, y ahora tus muebles le están contando todo al edificio.

Se rio sin salir de mí.

—Eres imposible.

—Y tú te has parado.

—Cierto.

Volvió a moverse.

Esta vez no pude seguir hablando mucho rato.

Cambié de postura porque quise. Me coloqué encima. Controlé la profundidad y el ritmo hasta que Gustavo cerró los ojos y me apretó la cintura con las manos.

—Maria Rosa.

—Aguántate.

—¿Te estás vengando?

—Con consentimiento.

—Una distinción excelente.

Me incliné y lo besé.

Cuando empezaron a cansárseme las piernas, Gustavo me preguntó si podía volver a darnos la vuelta.

—Puedes.

Terminamos con él encima de mí, una mano entre nuestros cuerpos y el ritmo cada vez menos controlado mientras yo volvía a acercarme al orgasmo.

—No pares —dije.

—No pararé.

El orgasmo me golpeó con tanta fuerza que me borró cualquier comentario inteligente que tuviera preparado.

Mi cuerpo se contrajo alrededor de él.

Gustavo gimió mi nombre y llegó poco después, con la cara hundida en mi cuello.

Nos quedamos quietos.

Sudorosos.

Sin aliento.

Exhaustos.

El cabecero, por fin, en paz.

—Agua —dijo Gustavo al cabo de un minuto.

—No quiero moverme.

—Voy yo.

—Tú también estás muerto.

—Soy más alto. Reservas estratégicas.

—Eso no existe.

Se rio, salió de la cama, se deshizo del preservativo con cuidado y volvió con agua.

Me bebí media botella.

Después fuimos al baño, nos limpiamos, discutimos sobre la temperatura de la ducha y volvimos a la cama con la mínima ropa posible y sin una pizca de dignidad.

Me tumbé boca arriba.

—Llevabas mucho tiempo esperando esto.

Gustavo giró la cabeza.

—Tú también.

—Yo tenía alternativas.

—Lo sé.

—No te pongas celoso ahora.

—Solo constato un hecho.

—Mmm.

Nos tapó con la sábana.

—¿Ha merecido la pena la espera?

Sonreí.

—Puede.

—Maria.

—¿Me estás pidiendo una evaluación de rendimiento?

—He cometido un error.

—Cuatro estrellas. Has perdido una por el cabecero.

Gustavo me atrajo por la cintura.

—Desagradecida.

—Mucho.

Me besó la frente.

Estaba a punto de quejarme de aquel sentimentalismo cuando reparé en su expresión.

Completamente abierta.

Feliz.

Indefensa.

Eso me dejó callada.

Error.

Porque Gustavo interpretó mi silencio como vía libre para una idea.

—Cásate conmigo.

Giré la cabeza despacio.

—¿Qué?

Hablaba en serio.

Con el torso desnudo, el pelo revuelto, todavía sonrojado por el sexo y hablando en serio.

—Cásate conmigo.

Me quedé mirándolo.

—¿Me estás pidiendo matrimonio ahora mismo?

—Sí.

—Sin anillo.

—No lo había planeado.

—Sin ropa.

—Técnicamente, llevo ropa interior.

—Justo después de la primera vez que practicamos sexo con penetración.

—Puede que el momento no sea el más adecuado.

Empecé a reírme.

No fue una risa delicada.

Fue una carcajada en toda regla.

Gustavo pareció ofendido.

—Hablo en serio.

—¡Lo sé! ¡Por eso es todavía peor!

—Maria Rosa.

—Dios mío.

Me incorporé en la cama, intentando respirar.

—Has pasado de «usemos un preservativo» a «fusionemos nuestros bienes» en menos de una hora.

—No he dicho nada de bienes.

—Eres abogado. Se sobreentiende.

—Te quiero.

Se me apagó un poco la risa.

—Yo también te quiero.

—Entonces…

—No.

Asintió de inmediato.

—Vale.

Lo fácil que resultó todo me hizo reír otra vez.

—Estás como una cabra.

—Probablemente.

Miré el cabecero.

Luego a él.

—¿Te has dado un golpe en la cabeza con el cabecero?