POSICIONES
GUSTAVO
Me desperté el sábado con tres certezas.
Primera: Maria Rosa dormía atravesada en mi cama y ocupaba espacio suficiente para contradecir cualquier cálculo basado en su estatura.
Segunda: tenía el hombro izquierdo dormido porque ella lo había usado como almohada durante horas.
Tercera: casarme con ella seguía pareciéndome una idea excelente.
Sabía que la tercera certeza debía quedarse dentro de mi cabeza.
Eso duró aproximadamente ocho minutos.
Maria abrió los ojos, me miró parpadeando y dijo:
—Buenos días.
—Buenos días.
Volvió a cerrar los ojos.
—Sigo sin querer casarme contigo.
Me quedé callado.
Abrió un ojo.
—Lo estabas pensando.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—Esa acusación es hereditaria en tu familia.
Se tumbó boca arriba.
—Quiero dejar una cosa clara antes de que tu cerebro poscoital planee un banquete, una iglesia y la sociedad de gananciales.
—No estaba pensando en una iglesia.
—Gustavo.
—Vale.
Maria me señaló.
—No me lo sigas preguntando.
—Lo sé.
—El sexo con penetración no fue una aceptación tácita del matrimonio.
—Lo sé.
—El amor tampoco.
—Lo sé.
—Y no quiero estar respondiendo a una propuesta cada semana hasta que ceda por agotamiento.
Eso me puso serio.
—No lo haré.
Me estudió con la mirada.
—Lo de anoche fue un impulso. Acepto tu no.
—Bien.
—Pero, a efectos semánticos…
—No.
—Ni siquiera había terminado.
—Sé cómo son los abogados.
—Tú vas a ser uno de ellos.
—Y por eso mismo reconozco las maniobras argumentativas.
Me reí.
—De acuerdo. Semántica suspendida.
Maria se relajó sobre la almohada.
—Gracias.
—Solo necesito saber una cosa.
Entrecerró los ojos.
—¿Qué?
—¿Es «ahora no» o «nunca»?
—Gustavo.
—No te estoy presionando. Es una investigación de horizontes.
Cogió una almohada y me dio con ella en la cara.
—Eso no es una respuesta.
—Exacto.
—Vale. Retiro la pregunta.
Maria se incorporó y se subió la sábana hasta el pecho.
—Hablo en serio.
—Yo también.
—Porque hay una cosa que no quiero que se repita con otro nombre.
Lo entendí antes de que terminara.
—La presión.
—Sí. Has respetado mis límites sexuales desde el principio. Quiero lo mismo fuera de la cama.
—Lo tendrás.
—Aunque me pase dos años diciendo que no.
—Sí.
—Diez.
—Maria Rosa.
Entrecerró los ojos.
—Sí. Incluso diez.
—Mejor.
Había una ironía que no se me escapaba: el hombre que había necesitado aprender, de la peor manera posible, que la exclusividad no podía romperse por miedo estaba recibiendo ahora una lección sobre el compromiso basada en el mismo principio.
El consentimiento no era una categoría que perteneciera únicamente al sexo.
A nadie se le debía empujar al matrimonio con insistencia envuelta en papel de regalo.
—Puedo querer casarme contigo sin convertirlo en una obligación tuya —dije.
Maria se relajó un poco.
—Exacto.
—Entendido.
—Bien. Ahora dame café.
—Esa transición ha sido brusca.
—Tengo hambre.
Fui a preparar café porque había formas de obediencia extremadamente agradables.
Se le curvó la boca.
A mí también.
La tensión cambió de categoría.
Maria me dio un empujón en el hombro.
—Túmbate.
—¿Otra vez?
—Te quejas demasiado para ser un hombre desnudo.
—Llevo ropa interior.
—Tecnicismo recurrente.
Me tumbé.
Se subió encima de mí con una expresión que conocía lo bastante bien como para desconfiar.
—¿Qué estás planeando?
—Venganza.
—Ayer dijiste que la venganza tenía que ser consentida.
—Y lo es. ¿Consientes?
—Depende.
—Que hoy lleve yo un poco más las riendas.
Mi cuerpo respondió antes que mi boca.
Maria bajó la mirada.
—Lo consideraré una manifestación preliminar.
—Consiento.
—Excelente.
Me besó despacio, sin prisa, con el ritmo exacto que sabía que me volvía más impaciente.
Intenté atraerla hacia mí.
Maria me sujetó las muñecas por encima de la cabeza.
No con la fuerza suficiente para inmovilizarme de verdad.
Sí con la intención suficiente para dejar claro el juego.
—Quédate quieto.
—Te gusta mucho esa frase.
—Y a ti te gusta mucho obedecer cuando te apetece.
Tenía razón.
De eso se trataba.
Al principio había confundido el control con el poder. Me excitaba ganar la discusión, devolverle la provocación y conseguir que Maria perdiera la capacidad de hablar.
Y seguía excitándome.
Pero había algo aún mejor en verla elegir exactamente lo que quería y decirlo.
Más despacio.
Ahora.
Ahí.
Para.
Sigue.
Nada dependía de adivinar.
Nada dependía de la posesión.
Cuando nos quitamos el resto de la ropa y ella cogió otro preservativo, Maria fue quien me lo puso.
Casi perdí toda capacidad de hacer bromas en el proceso.
—Estás muy callado —observó.
—Estrategia de supervivencia.
Se rio y se dejó caer despacio sobre mí, controlando la penetración y el ritmo.
Le puse la mano en la cadera.
—Puedes —dijo antes de que preguntara.
La sujeté.
Maria empezó despacio solo para torturarme.
Luego aceleró cuando quiso.
Cuando el ritmo se endureció, dije su nombre.
Se inclinó hacia mí.
—Dime qué quieres.
La frase me golpeó de una forma inesperada.
No solo en el terreno sexual.
—Te quiero así.
—Mejor.
Más tarde invertí las posturas, después de pedírselo. Ella tiró de mi cara hacia abajo para besarme y me dijo exactamente cómo quería que me moviera.
Obedecí.
Sin juegos de adivinanzas.
Sin convertir sus preferencias en una prueba.
Cuando llegó al orgasmo, me clavó las uñas en la espalda y el sonido que hizo estuvo a punto de acabar conmigo también.
Maria abrió los ojos y sonrió.
—¿Sigues vivo?
—A duras penas.
—Excelente.
Me corrí poco después.
Se desplomó sobre mi pecho, satisfecha y agradablemente pesada.
—Venganza completada —murmuró.
—Si eso es venganza, apoyo la reincidencia.
—No abuses.
Unos minutos después, la respiración se le fue calmando.
Se quedó dormida.
Más tarde, cuando Maria ya estaba profundamente dormida, recogí del suelo el envoltorio vacío del preservativo y lo tiré, llevé agua a la mesilla y cerré a medias las cortinas, porque sabía que la luz directa la despertaba de mal humor.
Pequeños hábitos.
Meses antes, fijarme en cosas así me había asustado. Ahora ya no me parecía una pérdida de control. Me parecía atención.
No necesitaba convertir cada detalle en una promesa para que tuviera valor.
Me quedé despierto.
No porque estuviera inquieto.
Por primera vez en mucho tiempo, no lo estaba.
Pasé suavemente una mano por la espalda de Maria y pensé en el hombre que había sido al principio.
Quería ganar.
Ganar las discusiones.
Ganar las provocaciones.
Ganar acceso.
Aun respetando sus negativas, seguía tratando una parte de la relación como un deporte cuyo placer consistía en darle la vuelta al juego.
Ahora lo que más me tranquilizaba era precisamente saber que no podía controlar a Maria.
Podía quererme y decir que no.
Podía querer sexo y rechazar el matrimonio.
Podía decidir quedarse hoy y exigir espacio mañana.
Podía labrarse una carrera en el mismo bufete sin deberme ninguna gratitud profesional.
Eso era lo que había intentado destruir cuando fui al club: la vulnerabilidad de depender de una decisión que no me correspondía tomar.
Ahora entendía que no había alternativa sana.
Amar a alguien era eso.
No control.
Una elección renovada.
Maria se removió contra mi pecho.
—Deja de pensar tan fuerte —murmuró entre sueños.
Sonreí.
No le volvería a pedir matrimonio en mucho tiempo.
No iba a convertir la insistencia en presión.
Quizá algún día volviera a pedírselo.
Quizá ella siguiera diciendo que no.
Y aquella mañana, la incertidumbre no me hizo entrar en pánico.
Por primera vez me sentí en paz sin saber cómo acabaría todo.